He estado de visita por los mercados navideños de Bruselas y Lieja. A la capital oficiosa de Europa le dedicaremos el tiempo y el espacio que merece un poco más adelante. Eso no quita que os deje algunas imágenes de la Navidad bruselense acompañando al paseo que hice ayer por Lieja.
A las 7 de la mañana, una copiosa nevada cae sobre las calles de Lieja y el río Mosa. Todavía falta un rato para que amanezca -finalmente el sol tan solo se va a intuir durante casi todo el día- y desde la habitación del hotel puedes especular sobre los grados del exterior. Hace frío. Las temperaturas flirtean con el termómetro por debajo del cero y como es muy temprano para un glühwein, habrá que abrigarse un poco más. La nieve ha llegado para formar parte del atrezo navideño que no estaría completo sin la alfombra blanca que lleva hasta la Plaza del Mercado. Las casetas empiezan a abrir sus puertas, los jamones dan vueltas en el asador y llega el aroma de las especias que añaden al vino caliente: canela, jengibre, piel de limón y el librillo de cada maestrillo.

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Las bajas temperaturas, lejos de asustar a la gente, hacen que se arremolinen junto a las estufas de las casetas y facilitan el acercamiento y el diálogo. En el mercado navideño de Lieja hay algunas casetas dedicadas a la artesanía, llegada de lugares como Bielorrusia, pero son mayoría las que ofrecen algo para comer y alguna bebida como el peket, un licor tradicional de la región destilado a base de hierbas y disfrazado de coco, frambuesa o fruta de la pasión para los menos valientes. Aunque el peket triunfe como aperitivo, lo que realmente apetece es coger una taza de glühwein entre las manos y soplar dejando que el vapor roce tu cara. El jamón asado, los diferentes tipos de setas y, sobre todo, unas patatas con tocino y camembert fundido incitan a que me convierta en un vulgar heliogábalo, pero decido dejar de darle motivos al gimnasio para que me siga enviando ofertas para matricularme en enero y paso de largo.
Todos conocemos la cara más comercial de la Navidad, esa artesanía rendida al molde y a la fabricación en lejanos países de Oriente. Un periodo de anuncios de grandes almacenes y perfumes con la garantía de un buen polvo incluida. En Lieja parece distinto o por lo menos hay barreras que no te dejan ver toda esa parte. Supongo que ayuda bastante escuchar villancicos en vivo y no en distorsionados altavoces, ver patinar a la gente en una pista de hielo con árbol y sus luces en lugar del partido de liga con sesión publicitaria en Canal +, o el hecho de poder mandar una postal con un sello creado para la ocasión en lugar de un PowerPoint con un Papá Noel bailando.
La nieve ha caído intermitentemente durante todo el día y el cielo ha estado pesado, gris. Camino del aeropuerto de Bruselas, mientras repaso las notas, sale la famosa luz de Murphy. Con media sonrisa leo una de esas perlas escuchadas durante el viaje y que no puedes evitar guardar en la Moleskine: “¿A los flamencos les llaman así porque les gusta bailar flamenco?” Teniendo en cuenta que Valonia es la región francófona de Bélgica, doble salida de tono. Pues eso. Feliz Navidad a todos.

El mercadillo de Navidad de Bruselas estará abierto hasta el día 9 de enero y el de Lieja hasta el día 2 de enero. Más información sobre Valonia y Bruselas aquí.

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Estos días en Estocolmo se empieza a confundir la comida con la cena. Justo cuando van a traer el postre se acaba eso que se parece al día. La ropa de abrigo, la de verdad, hace días que ha salido de cajones y armarios. La primera de las cuatro velas del candelabro de Adviento se ha encendido ya (una por cada domingo previo al 25 de diciembre) y los mercadillos de Navidad buscan su sitio entre las 14 islas que forman la ciudad.
Con un poco de suerte, habrá nieve en abundancia (yo la tuve pero tímida) en la plaza Stortorget de Gamla Stan, el casco viejo de la ciudad. Las casetas rojas han abierto sus puertas y ofrecen galletas de jengibre (pepparkakor), ese delicioso vino caliente con especias (glögg) cuya receta guarda cada familia cual fórmula de Coca-Cola, y también hay embutidos de reno y alce. Y cuando digo ofrecen es porque te da la sensación de que la parte comercial no exista. El Made in China no tiene espacio entre las artesanías y productos locales.
Te puede gustar más o menos el periodo navideño, verlo desde un punto de vista bíblico o de ciencia ficción, pero creo que cada uno puede modelar esos días a su gusto o disgusto. Un paseo por estos mercadillos, pisoteando la nieve con el vaso de glögg en las manos como queriendo calentarlas mientras se sopla y se bebe a pequeños sorbos un poco ruidosos, el sonido de algún coro, todo formando parte de un escenario que inevitablemente te traslada al Cuento de Navidad de Dickens y aunque quieras ser Mr. Scrooge, al final te acaba gustando un poquito.
En el mercado instalado en Skansen, el Museo al Aire Libre, te acabas trasladando a otra época, a la Suecia más rural donde se puede ver como preparan la cerveza navideña, se da forma a las velas y maceran el bacalao. La parte más comercial también existe. En los escaparates de NK, El Corte Sueco, los niños se pegan como lapas al cristal para ver una especie de ciudad de los juguetes, mientras los padres silban mirando para otro lado y agarran fuerte la cartera en el bolsillo.

 

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