En mi reciente viaje a la región de Los Cabos (México), tuve la oportunidad de nadar con delfines. No fue en mar abierto, sino en un recinto controlado. Pero, al ser la primera vez que realizaba esta actividad, las sensaciones fueron muy especiales. Lo primero que sorprende, antes incluso que la inteligencia de los animales, es el tacto de la piel. En apariencia, la piel del delfín es dura. Aunque en seguida recibes la suavidad que ese primer contacto te devuelve. Es una piel muy sensible, tanto que no puedes entrar a la piscina con ninguna clase de anillo, pulsera o abalorio que pueda dañar a los delfines. Para realizar la actividad conviene tener claras un par de premisas: hay que mantener las piernas estiradas hacia el fondo. El chaleco salvavidas facilita la posición de las piernas, evitando así que puedas darles una patada cuando tratas de mantenerte a flote. Lo siguiente, y muy evidente, es que no puedes taparles el espiráculo ni los ojos. A partir de aquí a disfrutar.

Los delfines nadarán alrededor tuyo, bailarán contigo, se acercarán a darte un beso y esperarán a que se lo devuelvas. También podrás nadar por la piscina cogido a su aleta dorsal. La actividad la realicé con la empresa Cabo Adventures, y el coste de la misma es de 139 dólares. Es apta para los niños a partir de 5 años, pero no está permitida a mujeres embarazadas.
Lo único que no me gustó de la actividad es que no permitan realizar fotografías. Dicen que por motivos de seguridad, pero la verdad es que hay un negocio enorme montado alrededor de las fotografías que el propio personal realiza. Tras el baño, una batería de máquinas te muestra las fotos y, si las quieres, pagas 89 dólares por 8 fotos en un CD o 249 dólares si quieres todas las que te han hecho. No obstante, volvería a repetir el baño con los delfines sin dudarlo.

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