A Santa Eulalia se le atribuye la niebla que cubre la ciudad en diciembre y que no deja ver a tres pasos. Uno de los trece martirios de la santa la obligaba a pasear desnuda por la ciudad. Pero claro, el Altísimo no podía permitirlo y cubrió la ciudad con un espeso manto. Aunque si le preguntas a un meteorólogo probablemente te cuente otra cosa.
El circo romano de Mérida es uno de los pocos en los que podemos apreciar toda la planta. Quintuplicaba el aforo del teatro y los espectáculos eran financiados, con frecuencia, por el político de turno que aprovechaba los espacios entre carrera y carrera de cuadrigas para introducir sus mensajes electorales. Otros espacios que merece la pena visitar son el mosaico de las Medusas en la Asamablea de Extremadura y la casa del Mitreo, que conserva un espectacular mosaico cosmológico.

Aunque la diversión formara una parte esencial de la vida romana, también tuvieron que hacer de Mérida una ciudad de provecho. Los pantanos de Proserpina y Cornalvo, aún en funcionamiento, traían el agua a través del acueducto de los Milagros. La mayoría de piezas importantes de la época romana encontradas en Mérida y alrededores, tienen un digno espacio donde lucirse en el Museo Nacional de Arte Romano, un edifico obra de Rafael Moneo. En el interior, la luz va cambiando a lo largo del día.

Hay visitantes que destacan la arquitectura, otros que buscan un lugar donde hablar del último (otro más) partido del siglo y al salir no saben muy bien dónde han estado, otros que necesitan apoyarse en columnas para hacerse una foto o meter sus manazas en lo alto de un friso. Los vigilantes les llaman la atención y bien llamada. Ya se sabe la destreza que tenemos en cargarnos obras milenarias en apenas un segundo. La cabeza de Augusto, una de las joyas del museo hecha en mármol del bueno, tiene las orejas de soplillo bajo la percepción de un visitante anónimo.

El museo consta de varias plantas, con protagonismo destacado para los galácticos de la época en lo que al culto se refiere, la conocida como triada capitolina: Júpiter, Juno y Minerva. Pero también hay sitio para el culto imperial y, a escondidas, un poco de sincretismo con Diana, Marte o Mercurio.
Si hay saturación de Roma, podemos dar un paseo por lo que dejaron visigodos y árabes: el museo de Arte Visigodo, en la antigua iglesia del convento de Santa Clara, y la Alcazaba árabe. Desde la parte alta de la muralla se tiene una de las mejores vistas del puente romano y del de Lusitania, obra de un Calatrava que también derramó ego por estas tierras. Tras el esplendor, vino la época en que Mérida no fue más que un puente por el que cruzar el Guadiana, hasta que llegó el ferrocarril para devolverle el papel de nudo de comunicaciones que había tenido con los romanos. De Mérida partía la Vía de la Plata, que conectaba las dos Augustas: Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga), también salían rutas hacia Córdoba, Lisboa, Zaragoza y Valencia.

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El teatro de Mérida es el único de los espacios romanos que ha recuperado su función primigenia. En su momento abandonó las representaciones porque el cristianismo, que fue ganando adeptos, consideraba las representaciones inmorales. De aquellos polvos estos lodos, así que en esas estamos. No hay más que ver el cristo que se montó el pasado verano con la foto de un cartel del Festival de Teatro Clásico, foto que puso en marcha el contador de las horas que le quedaban a Blanca Portillo al frente del evento. Junto al teatro, acabado pocos años más tarde, se encuentra el anfiteatro. Éste sí, de mayoritaria aceptación por el pueblo. Las luchas entre gladiadores, entre animales o de los unos con los otros, tenían mucho más morbo que los que recitaban a Ovidio. Y en esas seguimos estando.

Una de las habitaciones del anfiteatro pudo estar dedicada a la diosa Némesis, a la que los gladiadores, cual toreros, se encomendaban antes de saltar a la arena. Hoy las preferencias han cambiado y es Santa Eulalia la que genera más simpatías entre los emeritenses. A la santa le levantaron capilla, con la sorpresa añadida de la cripta que se encontraron al hacer las últimas reformas. Santa Eulalia también tiene romería y la principal calle de la ciudad.

La calle Santa Eulalia coincide en trazado con el Decumanus e incluso conserva un pedazo de la antigua calzada romana y los restos de las correspondientes tabernae, visitables en el interior de la sala Decumanus hecha con aportaciones del proyecto Mecenas, que implica a los ciudadanos en la conservación del patrimonio a cambio de entradas a los monumentos o descuentos en viajes entre otras ventajas. Si comercial fue el uso de esta calle en época romana, en eso se ha quedado.

Por la calle Santa Eulalia bajaban las mujeres vestidas de domingo para que les tiraran los tejos. El piropo, como el comercio tradicional, tiende a su desaparición con la proliferación de las franquicias que se empeñan en hacer de nuestras vidas fotocopias. Aunque si se rasca un poco todavía nos encontramos con la heladería Los Valencianos o con Feliciano Becerra e hijos, que fue la antigua tienda de ultramarinos Zancada y aún conserva mosaicos de marcas comerciales en la fachada.

Metidos ya en la plaza de España, escondida bajo unos pequeños soportales, está la confitería Gutiérrez. Desde el año 1827 envuelven los caramelos a mano y preparan tartas, sin aditivos ni conservantes me insiste la dependienta. Hay tradiciones que no deberían perderse. Santiago Carrasco, el último de la peña del Tutú, se empeña en mantener viva la de pinchar la pitarra. Antiguamente, una rama de olivo señalaba el lugar donde servían vino con alguna cosa para picar. El día de la patrona vuelven a servir ese vino clarete con algún que otro grado de más, acompañado de todas las cosas que prohíben los médicos. Pese a que Santiago sólo invita al alcalde, sea del partido que sea, cada año se acercan hasta su propiedad más de doscientas personas.

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Antes, mucho antes de que se inventaran nuestras costas como soleado asilo para jubilados de media Europa, Mérida acogió a los soldados eméritos que habían contribuido a hacer grande la Hispania romana. Eran tiempos en que ubérrimas tierras podían más que promesas de sol, playa y espetos de sardinas. Los distintos escenarios romanos hacen que hoy sea posible darse un paseo por Roma sin salir de Extremadura.
Fundada en el año 25 a.C. por el emperador Augusto, la ciudad, como otras romanas, se planteó como un damero. La idea del Ensanche barcelonés de Cerdà no es invento reciente y ya lo romanos construían sus colonias como quien dibuja una cuadrícula, creciendo alrededor de sus dos calles principales: el Decumanus Maximus y el Cardo Maximus. Si Mérida no hubiera sabido conservar el patrimonio que le legaron los romanos, sería una ciudad insulsa, incluso tirando a fea.

Pese a que los visigodos y los musulmanes también dejaron su huella, las generaciones sucesivas se encargaron de ir desmontando lo que hacían las anteriores hasta que la ciudad se puso a crecer descontroladamente. Los restos de otras culturas no eran sino material para edificar las nuevas, hasta que llegó el sentido común y la Unesco para ponerles freno. Mérida es una ciudad que se visita de salto en salto en el mapa, pero pasear por uno solo de los escenarios donde se vivieron tragedias, comedias, luchas y pasiones, ya hace que merezca la pena acercarse hasta la capital extremeña. Y luego está el Museo Nacional de Arte Romano, al que poca gente le dedica el tiempo que merece, y que por sí solo compensa con creces una visita a la ciudad.

Pero vayamos por partes. Cuando encargan la fundación de la colonia a la avanzadilla de pensionistas, buscaron el mejor lugar para ello, al abrigo de dos ríos como barreras naturales: el Guadiana y el Albarregas. Lo siguiente fue la construcción de una muralla, que los sucesivos pobladores se encargaron de adaptar a sus necesidades. Una vez instalados, eran necesarios todos los espacios que daban sentido a una ciudad romana en condiciones: había que darle al pueblo el pan y el circo que hiciera más llevadero su día a día.


Menéndez Pidal, el arquitecto que dirigió la reconstrucción del teatro, lo llamaba “Príncipe de los monumentos emeritenses”. Bajando las escaleras que se dirigen hacia la escena es complicado hacerse una idea precisa de la época de esplendor. Ya no llegan los aplausos desde la cavea de miles de almas entregadas a la propaganda y el autobombo del gobernante de turno. El graderío, con capacidad para 6000 personas, estaba dividido en tres zonas en función de la clase social, aunque la plebe era más de circo y anfiteatro. El frente de la escena es la parte más espectacular y mejor conservada, con todos los elementos necesarios para la facilitar la verborrea de los guías: sillares recubiertos de mármol, columnas de perfecto corintio, capiteles, arquitrabes, friso y cornisa rematando. Las esculturas que podemos ver hoy en día son réplicas de las originales que se pueden ver en el MNAR. Representan a Proserpina, Plutón y Ceres, que llevaba asuntos tan dispares como la agricultura y la fecundidad.

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