El teatro de Mérida es el único de los espacios romanos que ha recuperado su función primigenia. En su momento abandonó las representaciones porque el cristianismo, que fue ganando adeptos, consideraba las representaciones inmorales. De aquellos polvos estos lodos, así que en esas estamos. No hay más que ver el cristo que se montó el pasado verano con la foto de un cartel del Festival de Teatro Clásico, foto que puso en marcha el contador de las horas que le quedaban a Blanca Portillo al frente del evento. Junto al teatro, acabado pocos años más tarde, se encuentra el anfiteatro. Éste sí, de mayoritaria aceptación por el pueblo. Las luchas entre gladiadores, entre animales o de los unos con los otros, tenían mucho más morbo que los que recitaban a Ovidio. Y en esas seguimos estando.
Una de las habitaciones del anfiteatro pudo estar dedicada a la diosa Némesis, a la que los gladiadores, cual toreros, se encomendaban antes de saltar a la arena. Hoy las preferencias han cambiado y es Santa Eulalia la que genera más simpatías entre los emeritenses. A la santa le levantaron capilla, con la sorpresa añadida de la cripta que se encontraron al hacer las últimas reformas. Santa Eulalia también tiene romería y la principal calle de la ciudad.
La calle Santa Eulalia coincide en trazado con el Decumanus e incluso conserva un pedazo de la antigua calzada romana y los restos de las correspondientes tabernae, visitables en el interior de la sala Decumanus hecha con aportaciones del proyecto Mecenas, que implica a los ciudadanos en la conservación del patrimonio a cambio de entradas a los monumentos o descuentos en viajes entre otras ventajas. Si comercial fue el uso de esta calle en época romana, en eso se ha quedado.
Por la calle Santa Eulalia bajaban las mujeres vestidas de domingo para que les tiraran los tejos. El piropo, como el comercio tradicional, tiende a su desaparición con la proliferación de las franquicias que se empeñan en hacer de nuestras vidas fotocopias. Aunque si se rasca un poco todavía nos encontramos con la heladería Los Valencianos o con Feliciano Becerra e hijos, que fue la antigua tienda de ultramarinos Zancada y aún conserva mosaicos de marcas comerciales en la fachada.
Metidos ya en la plaza de España, escondida bajo unos pequeños soportales, está la confitería Gutiérrez. Desde el año 1827 envuelven los caramelos a mano y preparan tartas, sin aditivos ni conservantes me insiste la dependienta. Hay tradiciones que no deberían perderse. Santiago Carrasco, el último de la peña del Tutú, se empeña en mantener viva la de pinchar la pitarra. Antiguamente, una rama de olivo señalaba el lugar donde servían vino con alguna cosa para picar. El día de la patrona vuelven a servir ese vino clarete con algún que otro grado de más, acompañado de todas las cosas que prohíben los médicos. Pese a que Santiago sólo invita al alcalde, sea del partido que sea, cada año se acercan hasta su propiedad más de doscientas personas.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Linda pagina si queres pasate por el mio. Saludos http://turismoarteymusica.blogspot.com/
Muchas gracias, Juan.
¿Y qué me dices de la Taberna Benito? La penúltima foto. Un clásico.
Se como de cine en la taberna Benito. Y es un lugar ideal para charlar con buenos amigos