
Lo mejor que he hecho en esta vida fue involuntario: nacer en Avilés. Algo tan simple, ha significado en mi vida algo tan complejo como el tener un lugar donde volver. Recuerdo perfectamente aquellos viajes en un moderno 124, que ya no necesitaba refrigerarse tras subir el puerto de La Pedraja. Un poco antes de llegar a Pajares yo ya intuía Asturias, haciendo caso omiso a las recomendaciones de mis padres para que me durmiera, que venían curvas. Nunca preguntaba cuándo llegábamos, yo sabía perfectamente que ese color verde era Asturias. Además, dormía con un ojo abierto. Cuando aparecía Avilés, tras una nube de humo, se me escapaba media sonrisa.



Atrás empezaban a quedar los kilómetros que ocupaba la planta de Ensidesa, con sus toneladas de acero. Los adultos manejaban esas cifras como parte de un fondo cultural que no se discutía: el año de llegada a la luna, el gol de Zarra, el puesto de Massiel en Eurovisión. Cuando el coche aparcaba junto a la casa en Bustiello, ahí estaba todo lo que para mí representaba Avilés. El olor a tierra mojada, que años más tarde reconocería como una de esas obsesiones crónicas del urbanita; las tardes subido a la higuera como representación de la felicidad (inocencia) infantil, rodar por el prao de Manolín, perseguir a los gorriones con la escopeta de perdigones, e ir tras las niñas, con los primeros nudos en el estómago.



Años más tarde, convertí mi ruta por el Avilés histórico en un ritual: subir por Rivero, un pastel en la confitería Polledo -siguen regentándola las mismas mujeres-, parada a comprar la prensa en el quiosco de plaza España, continuación por Galiana, un vino con su tapa en la plaza Carbayedo, y sesión en el cine Marta, Quijote de las filmotecas que todavía saca la lengua a los grandes centros comerciales. Luego vinieron los años en que la ciudad quiso y pudo ser mayor. Un poco de desodorante aquí, ropa nueva por allá.



Cada año, al regresar, encontraba una ciudad más coqueta y segura de sí misma. Estos últimos años, Avilés decidió ir con todo a buscar plaza entre las mejores ciudades de tamaño perfecto. Primero en España, y luego se atrevió con el mundo al mostrar como cara la que siempre había sido la puerta de atrás, aquella sucia ría a la que nunca te acercabas. Había llegado el Niemeyer. Pero no vino solo. Como teloneros tuvo a una rehabilitación del casco histórico que concluyó con sus principales arterias convertidas en peatonales, los de NH le dieron al palacio de la marquesa de Ferrera la dignidad que merecía, y jóvenes cocineros como Fran Heras, en su restaurante Llamber, se empeñaron en demostrar al mundo que no sólo de fabada vive el asturiano.



Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


