
Llegué a Kittilä por la tarde, tras una rápida escala en Helsinki -anotad que hay wifi gratuito e ilimitado en los aeropuertos finlandeses, además de estaciones de carga en cafeterías y otros puntos- que me hizo comprobar lo que temía: los finlandeses hablan como en las películas de Kaurismäki. Pero no es para preocuparse, aunque suelten un “Te quiero” que suena a carraspera de camionero: “Minä rakastan sinua”. Jim Jarmusch (otro genio) dice que el cine de Kaurismäki es lo bastante triste como para que te haga reír y lo suficientemente divertido como para no hacerte llorar. En Laponia el frío no es tan fiero como lo pintan. O como lo pintaban. La semana anterior a mi llegada se registraron temperaturas de 34 grados bajo cero. Durante los días que estuve cazando auroras boreales disfruté de temperaturas más cálidas, en ningún caso por debajo de los 21 bajo cero. Sorprende que, con esos registros del mercurio, en Finlandia funcione todo. Más, viniendo de un país que cierra cada vez que caen dos copos de nieve. Aeropuertos, carreteras, escuelas, todo en orden. Levi, más una estación de esquí que un pueblo, era el lugar donde iba a pasar la primera y la última noche del viaje, en un establecimiento de la cadena hotelera y restauración Hullu Poro. En España, un establecimiento llamado El reno loco no tendría más pretensiones que la de ser un bar de carretera al que la nueva autovía condenó al ostracismo, pero en Finlandia es trendy. Con la mente pendiente de lo que pudiera suceder por la noche en el cielo, apenas salí de un triste delicioso para describir el salmón, los arenques y la carne de reno que comí en la cena. La copiosa nevada que caía sobre el lugar y el cielo cubierto insistían en mandarme a la cama. Hice caso, pero me acosté con un ojo abierto y ese estado de alerta que activas ante las grandes ocasiones. Por la mañana seguía nevando. Tras el desayuno, tocaba trasladarse a Harriniva para iniciar un safari de dos días viajando en trineos tirados por perros.


Belleza, aullidos y el inconfundible olor a rancho canino, potenciado por el agua caliente que añadían a la papilla. Los perros sabían que les tocaba salir y se comportaban de manera nerviosa. Antes de partir te dan unas sencillas instrucciones para el manejo del trineo que se resumen en una sola: nunca quites el pie del freno cuando el trineo esté parado, a menos que hayas puesto el ancla. Tendría ocasión, un par de veces, de comprobar las razones de esa norma en la que tanto hincapié hizo el guía. Tras conocer a los perros que iban a tirar de mí y del equipo fotográfico, estaba listo para salir.


Tenía por delante dos jornadas en trineo en las que iba a recorrer casi cuarenta kilómetros diarios. El mal tiempo seguía siendo protagonista y la nieve hacía que, más allá de una docena de metros, empezara a costar distinguir los trineos que llevaba delante: la épica de las expediciones a los polos en formato para todos los públicos. Con ese panorama, se agradeció la parada a comer en una típica cabaña sami, con el techo abierto para la salida del humo. Una pequeña fogata hizo de calefacción y de cocina. Cuatro troncos después tenía en mi mano un par de rollos de salmón con salsa tártara. No estaban mal.

Tras otro par de horas de recorrido, empezaron a aparecer algunas cabañas de vivos colores que rompían con la monotonía cromática del paisaje. En una de ellas tocaba hacer noche. Todo muy idílico. Una chimenea encendida, el cocinero preparando durante horas un estofado de reno que serviría acompañado de puré de patatas, grosellas y pepinillos, un suelo de una madera que crujía a cada paso… Continuará.


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