Nos habíamos quedado en la anterior entrada, dando un repaso a los edificios de la plaza del Obradoiro. Por si fuera poca piedra, la plaza tiene la Catedral, exceso barroco con resaca después de las últimas celebraciones. Tras los dos años pasados con ajetreo, ahora le toca barbecho; el 2011 la dejó extenuada por los fastos del octavo centenario de la consagración y en el 2010 tuvo su Puerta del Perdón abierta debido al Año Santo. Ahora se han dado una necesaria tregua de once años para, entre otras cosas, avanzar en los trabajos de restauración de esa obra cumbre del románico que es el Pórtico de la Gloria. Unas inoportunas goteras estaban dañando la obra del maestro Mateo. A los tradicionales croques a la cabeza del maestro hace varios años que le pusieron una valla. ¿Acabará la sonrisa del profeta Daniel encerrada tras una aséptica capa de cristal blindado?


Años antes de la consagración, en 1075, se iniciaron las obras del templo dedicado al apóstol y a sus restos, encontrados a principios del siglo IX. Luego vino un periodo de incertidumbre, cuando por miedo al pirata Francis Drake escondieron los restos del apóstol. Y cuando un gallego esconde algo, lo esconde bien. Tan bien que los perdieron durante dos siglos. En el siglo XIX aparecen de nuevo fruto de unas excavaciones en la propia Catedral, donde no se les había ocurrido buscar antes. Santiago recuperaba su papel de joya del cristianismo, de meta de la fe trashumante. Hoy en día ha trascendido ese papel y las peregrinaciones tienen un aire mucho más laico, de búsqueda interior más que espiritual.

El vuelo del botafumeiro se ha convertido en un espectáculo, relegando a un segundo plano la función de ambientador ante los malos olores de los peregrinos que llegaban mucho más pendientes de alcanzar el perdón divino que de echarse un agua de vez en cuando. Sin ser de las más espectaculares en su interior, otra cosa es el exterior, la Catedral tiene algunos rincones escondidos tras el obvio abrazo al apóstol, como las pinturas románicas de la capilla de Nuestra Señora de la Azucena o la capilla de la Corticela, anexa a la Catedral. En el interior hay una curiosa figura de Jesús en el Huerto de los Olivos, conocido popularmente como el Cristo de los Papeles. Entre sus manos, los estudiantes depositan sus plegarias. Deben fiarse poco de su capacidad de estudio porque hubo que poner una cesta a los pies para dar cabida al enorme número de peticiones para la intervención divina. (Continuará…)

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Seguimos con la serie de Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España

Dicen que todos los caminos conducen a Roma, pero muchos de ellos llevan a Santiago de Compostela. El del Norte, el Francés, la Vía de la Plata, también llega hasta allí el entrañable Transcantábrico, esos vagones de nostalgia convertida en lujo. Todos ellos conducen, ampollas mediante en la mayoría de los casos, a la plaza del Obradoiro, el ombligo de ese gran Narciso de piedra al que tan bien le sienta el orvallo.

Santiago con sol no es Santiago, es otra cosa distinta. El tono y brillo de las piedras, el musgo asomando por las junturas, los reflejos en los adoquines, el olor de las calles mojadas; son todos rasgos indisolubles de la personalidad y del paisaje santiagués. Camilo José Cela decía que en España había dos ciudades, Santiago de Compostela y Salamanca, que el resto eran campamentos. Sin ser tan radical -ahí están por ejemplo el resto de Ciudades Patrimonio de la Humanidad y también la de cada cual- puede ser cierto que sean las dos más monumentales. Eso sí, poder eclesial mediante.

A Santiago le vino muy bien para su esplendor toda la historia del apóstol y su supuesto sepulcro. Apóstol que diera a las tropas españolas, también al Capitán Trueno, su heroico grito: Santiago y cierra, España. Con el tiempo, la expresión ha perdido la coma y su significado guerrero. También Valle-Inclán, cómo no don Ramón, hacia referencia a la ciudad en La lámpara maravillosa: “De todas las rancias ciudades españolas, la que parece inmovilizada en un sueño de granito, inmutable y eterno, es Santiago de Compostela. (…) En esta ciudad petrificada huye la idea del tiempo. No parece antigua, sino eterna. (…) Allí las horas son una misma hora, eternamente repetida bajo el cielo lluvioso”. No le faltaba razón. La ciudad se encuentra cómoda ofreciendo el mismo cuadro inmarcesible desde hace siglos, sin apenas cambios en el callejero del meollo que recorre el peregrino. Otra cosa muy diferente son las ampliaciones que toda expansión demográfica demanda. O los edificios con firma crecidos en época de bienes y que tanto cuesta llenar luego. Los gallegos empiezan a mirar, todavía de reojo, a la cima del monte Gaiás, donde Peter Eisenman ha plantado su Ciudad de la Cultura.

Abajo, en el conjunto que forma parte de la lista de la Unesco, es donde todo sigue igual. Al escenario sólo le cambian los actores, siempre de paso. Excepto Zapatones, armado de zurrón y bordón con vieira, que con su larga barba blanca, su capa de peregrino y esas grandes barcas que tiene por zapatos, es inquilino habitual de la plaza del Obradoiro. Zapatones siempre tiene tiempo para el que quiera escuchar las historias salidas de su voz ronca. Otro de los fijos en la plaza es el chaval que toca la gaita bajo el arco del palacio de Gelmírez. La imagen que devuelve la plaza desde el arco sería suficiente para adjetivar con cierta tendencia a la hipérbole. Se alcanza a ver el palacio de Rajoy como sede del politiqueo local y regional, el colegio de San Jerónimo que pasó de residencia de estudiantes sin recursos a sede del rectorado y el Hostal de los Reyes Católicos que hoy acoge a los peregrinos con posibles bajo el sello de Paradores. Interesante upgrade el que le ha dado el tiempo al uso de esos edificios que bastarían para dar lustre al mapa de cualquier ciudad. (Continuará…)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Y como no es romano todo lo que reluce, vamos con la otra Tarragona, la ciudad que albergará los Juegos del Mediterráneo del 2017. Si te asomas al Balcón del Mediterráneo, ese idílico final de paseo con tendencia a promesas que se lleva el viento y que les dio a los tarraconenses la expresión A tocar ferro, te das cuenta de que Tarragona tiene muchas de las virtudes de las ciudades de orilla mediterránea y, a su vez, carece de los vicios que acarrea el sol y playa. La línea del tren, lejos de ser un feo chirlo en el paisaje, separa sus playas del Pantagruel urbanístico, dejando el mar para la gente y evitando esa fea costumbre que tenemos de bañar el ladrillo en el agua.

Igual que los romanos dejaron su huella, la dejarán los comercios tradicionales, esos que se aferran a su local aguantando el empuje del ogro de las franquicias: una copa en El Cau, reserva para las diez en el Pulvinar, las joyas de Blázquez y su entrada modernista, una botella de vino en Licores Jové, el público del Metropol, las floristerías de La Rambla.

Todo ello forma la identidad de una ciudad con las cosas muy claras, de personalidad muy marcada. Y para muestra el Serrallo. El barrio de pescadores, que nutre de pescado a una buena parte de la provincia, tiene ínfulas de pueblo que vive casi ajeno a la metrópoli. Desde el barrio hay un agradable paseo de retorno a la parte alta de la ciudad, entrando por el paseo de Las Palmeras y llegando a La Rambla, una arteria peatonal convertida en escaparate de vanidades.

Cada tarde se dan cita toda clase de personas, que montan su itinerario por la ciudad obligándose a pasar por allí, desde la plaza Imperial Tarraco hasta el balcón que marca los límites de la ciudad frente al mar nuestro. Límites que no fueron suficiente para los romanos, que extendieron sus dominios hasta el Arco de Bará, entrada triunfal a la ciudad imperial. También llegaron hasta la localidad de Altafulla para construir la villa de Els Munts, donde se alojó Adriano durante su estancia en Tarraco. Una segunda residencia de lujo que demuestra lo bien que se vivía, ya entonces, en esta orilla del Mediterráneo.

A partir de esta tarde, y durante todo el fin de semana, estaré fotografiando el festival Tarraco Viva. Podéis seguirlo en vivo a través de mi cuenta de Instagram y de Twitter.

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De todos los recintos romanos, los más populares eran sin duda el anfiteatro y el circo. Sólo hay que recordar las necesidades, el opio de un pueblo feliz: panem et circenses. El anfiteatro era gratuito para todos y, en proporción con el número de habitantes, el de Tarraco fue el más grande de todo el imperio. Eso sí, había zonas separadas para las distintas clases sociales. Por la puerta triumphalis salía el ganador, considerado casi un héroe. La puerta libitinensis estaba reservada para la salida de los perdedores, no necesariamente vivos.

Hay constancia de que hubo un mural dedicado a Némesis, donde se encomendaban los gladiadores antes de salir a la arena. El emperador Heliogábalo, el de los festines, restauró el recinto del Ave Caesar, morituri te salutant. Pese a que algunos historiadores dudan de la veracidad del saludo, eso poco importa cuando ha sido la filmografía clásica la encargada de meter la frase en todos los hogares. Quién no recuerda alguna que otra tarde semanasantera viendo pelis de romanos… Pero las luchas de gladiadores eran tan solo uno de los espectáculos que tenían lugar en los espacios lúdicos. En las venerationes entraban en juego los animales capturados en cualquier parte de los dominios romanos: elefantes, rinocerontes o tigres que luego se merendaban a los prisioneros en los noxii. El plato fuerte eran las munera o luchas de gladiadores. Prisioneros de guerra o esclavos adiestrados en las diferentes clases de lucha se batían a muerte en la arena en busca del preciado rudis o sable de madera, símbolo que daba la libertad al gladiador. Gladiadores los había tracios con rodela y puñal, retiari con red y tridente, samnitas con escudo y espada, murmilones con el casco decorado con un pez e incluso había meridiani, una suerte de teloneros que aparecían en los descansos. No hay constancia, pese a la cercanía del mar, de que celebraran naumaquiae, unas batallas navales para las que se precisaba inundar la arena.

Los juegos adquirían una dimensión política y religiosa importante, amén de social. Coincidían con fiestas en el calendario, los había anuales y con fecha fija (ludi stati). La popularidad del emperador dependía en buena medida del éxito de los juegos. Viendo hoy a la gente visitar esos lugares, me pregunto si realmente adquieren conciencia de lo que allí tuvo lugar. Deberíamos tratar por un momento de imaginar el bullicio de la gente cuando caminamos sobre las gradas, escuchar el rugido de un león cuando bajamos a pisar la arena, para salir luego por la puerta grande y ser el centro de las conversaciones en los corrillos que se forman en las tabernas.

Otra de las piezas claves de las ciudades romanas eran los alojamientos y las casas particulares. Stabula y hospitia, el equivalente a posadas y hoteles, daban cobijo al que iba de paso. Las domus, ejemplo de segunda declinación en el instituto, se componían de diferentes estancias. En el atrio se recibía a las visitas alrededor de una fuente, dejando a la vista de todos la vajilla de plata como carta de presentación de la familia. En el triclinium se daban esas imágenes que conocemos de los banquetes romanos, con las personas tumbadas en un sofá comiendo grandes racimos de uva y bebiendo vino de una jarra. En el tablinum se despachaban los asuntos de negocios y la cubicula o dormitorio quedaba para las visitas menos importantes, como ese cuñado pesado. Si con todas estas visitas nos falta Roma, siempre tendremos el Museo Nacional Arqueológico de Tarragona (MNAT), que va coleccionando todo lo que los romanos se dejaron en la ciudad. Hay que saber que cada vez que se hace un agujero en Tarragona aparecen restos de la época. A veces se echa tierra encima, sin más complicaciones. Otras, dan comienzo complejas excavaciones que nos siguen dando pistas de cómo se vivía hace dos milenios. En el museo está expuesto el que fue el primer felpudo de la historia; un mosaico que se encontró en la entrada de una casa con la inscripción Ave Salve. (Continuará…)

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Durante estos días se está celebrando el festival Tarraco Viva. El próximo fin de semana estaré allí fotografiando los diversos actos de la mejor recreación del periodo romano que existe en Europa, pese a que a Quim Monzó le parezca un pesebre. Os iré enviando las primeras fotos del festival por Instagram y Twitter. Más tarde habrá crónica en el blog. Mientras, os dejo con una aproximación a la ciudad mediterránea.

En el año 218 a.C. romanos y cartagineses andaban a palos por la hegemonía del Mediterráneo. Aquel derbi bélico les llevó a entrar en la antaño Hispania por la actual Ampurias, pero los romanos enseguida vieron las posibilidades de Tarraco para establecer allí una de las bases más importantes de su Imperio.
¿Qué sabemos de Tarraco? Nuestra memoria visual suele alimentarse de las películas que hemos consumido sobre el género. Esa mirada atrás es una mirada viciada por el celuloide. Visitando los recintos arqueológicos de Tarraco recordamos las clásicas escenas: carreras de cuadrigas, luchas de gladiadores, reuniones en el senado, traiciones, bullicio en el foro, un pulgar que sentencia. También es un cruel memento mori; dos mil años después el mundo sigue y seguirá, si se lo permitimos, dentro de otro par de milenios. Aunque en algunos aspectos apenas hayamos cambiado. La diferencia está en el matiz: el circo ahora se llama fútbol, las hipotecas las pagamos en euros en lugar de sestercios, los romanos horneaban un pan tan duro como una baguette por la tarde; y procónsules convertidos en amos de su provincia enarbolaban la bandera de la corrupción y rara vez eran juzgados.

Mediante esos tópicos cinematográficos, vamos a intentar desgranar la realidad de la que fue una de las grandes ciudades de aquel periodo. Durante los tres años de estancia de Cesar Augusto en la ciudad (27 al 25 a.C.), el emperador dividió Hispania en tres provincias: Lusitania, Bética y Tarraconense. Con el traslado del emperador a Tarraco la ciudad fue, a todos los efectos, capital imperial.
Habíamos quedado en que los romanos le echaron el ojo muy pronto a Tarraco. En la Unesco tardaron un poco más y hasta el año 2000 no incluyeron a la ciudad catalana en la lista del Patrimonio de la Humanidad.

Para los romanos, Tarraco era una excelente localización para su puerto con vistas a un mar amable, clima benigno para su base de invierno. No en vano, Adriano se refirió a ella como Civitas ubi ver aeternum est (la ciudad donde la primavera es eterna). Alrededor de Tarraco encontraron numerosas canteras de las que extrajeron gran parte de la piedra que necesitaban para edificar una pieza más de su imperio. Con la característica piedra caliza de tono dorado fueron construyendo el sota, caballo, rey de lo que debía ser una ciudad romana que se preciara: un circo, el anfiteatro y el forum. De todas las canteras, la más accesible es la del Médol, donde una columna marca la magnitud del sangrado que hicieron para levantar Tarraco.

Más tarde hubo muchas edificaciones, la propia catedral de Santa María es un ejemplo, que se nutrieron de piedra de la época romana. La época medieval jugó con esa piedra al Exin Castillos, aquel juego de construcción en el que las construcciones te duraban en pie el tiempo que tardabas en tener otra idea. (Continuará…)

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