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En la anterior entrada comentaba que el punto fuerte de este camino de peregrinación es el paisaje. Hay otro: el paisanaje, la gente que te vas encontrando a cada paso. La tranquilidad y poca afluencia de peregrinos hace que la gente esté encantada de echarte una mano, gente entrañable que dejará tanta huella como el propio camino. En esta etapa iba a tener ocasión de empezar a comprobarlo.
El día comenzó fuerte, con una ascenso de más de 300 metros desnivel en apenas cuatro kilómetros transcurridos entre frondoso bosque de castaños, hasta llegar a una ermita. Unos centenares de metros después me encontré con Rosario. Ay, se quejaba, el motor ya no tira pero la cabeza aún quiere echar una mano con «les vaques». Tras ordeñarlas por la mañana las llevan al pasto y por la tarde las encierran. Me cuenta que ha trabajado mucho, pasado penurias, pero tuvo oportunidades. Peor lo tienen los jóvenes que tienen que arrear y tirar, pero no llegan.

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El paisaje cambia para adentrarse en un fresco bosque de ribera. El río Narcea me guía hasta entrar en Cornellana. Esta pequeña localidad conoció tiempos mejores a nivel turístico cuando a Franco le ataban los salmones a la caña en la orilla del Narcea, aunque luego fuera él mismo el responsable de la construcción del embalse de la Barca o de Calabazos, que redujo drásticamente la población de salmones en el río. Cuando se sale de Cornellana nos encontramos con la colegiata de San Salvador, que pide a gritos que lo cuiden. Cuando la decadencia deja de ser bella, es el momento de que entren en juego los restauradores.

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Tras un pronunciado ascenso por asfalto, nos volvemos a adentrar en bosques de sendero estrecho y piedras cubiertas de espeso musgo, bosques en los que resulta fácil creer en xanas y cuélebres, personajes de la mitología asturiana. Llegué a Salas, punto final de la etapa, con un par de ampollas que ya no me iban a dejar durante el resto del viaje, pero con los cuidados necesarios no fueron obstáculo para que siguiera caminando. Al pasar junto a la colegiata de Santa María la Mayor, vi que estaba abierta la puerta lateral y no dudé en entrar. Magnífico el retablo del siglo XVII pero sobre todo el mausoleo del inquisidor Valdés-Salas, obra de Pompeyo Leoni, escultor italiano que trabajó en El Escorial.
Algunas de las personas que iban siguiendo mi viaje por Asturias, a través de las redes sociales, me iban recomendando dónde parar a comer. En el caso de esta etapa la coincidencia fue unánime: tenía que comer en Casa Pachón. Es una sencilla casa de comidas fundada en la década de los 40 del siglo pasado. Como menú del día tenían sopa de pescado, pote asturiano, ensaladilla, arroz a la cubana y pescadillas, con helado de postre y un café para rematar. Sin posibilidad de escoger, te va pone las bandejas y las ollas para que te sirvas lo que quieras de cada uno de los platos. ¿La cuenta? 9 euros.

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3 Comentarios a “Camino Primitivo por Asturias (2 de 5)”

  1. Muy bueno reporte y muy buenas fotos! Parece ser un lugar hermoso de verdad!

  2. Me encanto,que fotos tan buenas te lo dice una Salense,gracias por este reportaje tan guapo.Un abrazo.

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