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Había caminado antes por Asturias, por la ruta del Cares, por Picos de Europa, por la senda del Oso, por parques como Redes y Somiedo, pero nunca había sido peregrino en mi tierra. A la hora de escoger lo tuve bastante claro. ¿Por qué el Camino Primitivo? Porque en esta época del año, bien entrado el verano, ofrece temperaturas más frescas y una menor afluencia que el más clásico de los itinerarios a Santiago, el Camino Francés. También tiene mucho menos asfalto y mucho más verde que el del Norte. El calor y el asfalto producen un peligroso cóctel que favorece la aparición de ampollas. Y el paisaje es verde, muy verde, verde con avaricia. Viajé a mi tierra con la idea de recorrer las etapas del Camino Primitivo que pasan por Asturias, ya que sólo disponía de cinco días, por lo que la llegada a Santiago quedaba aplazada. Además, dicen que quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado pero no al señor. Con esta presuntuosa frase me puse en marcha. El refrán de marras tiene, cómo no, un origen histórico. Las reliquias eran un must en la Edad Media, estar en posesión de alguna era el modo de garantizarse un alto share en los asuntos santos. Esa búsqueda de peregrinos llevó a que empezaran a aparecer reliquias por todas partes y media Europa se llenó de sudarios, cruces, dedos y hasta prepucios. Así que tras darme el preceptivo garbeo por la Cámara Santa, me puse a caminar en dirección al Escamplero. En este primer tramo ya te das cuenta de que el Primitivo va en serio, que esperan una serie de jornadas rompepiernas compensadas por la gran belleza de los paisajes que nos vamos encontrando.

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Entre mis olores de infancia hay un buen puñado de clásicos, de esos que suelen convertirse en obsesiones para el habitante de la jungla de asfalto: hierba recién cortada, heno, tierra húmeda y revuelta, higos, una lechera en la puerta y el olor a la nata de la leche, gallinas en el corral, el pan que ha dejado el repartidor en una bolsa colgada de un clavo y también olor a estiércol, claro que sí, entre todos aquellos olores se colaba el estiércol. En la primera etapa ya había visto y olido todo eso. Anduve casi en soledad, con la única compañía de vacas y caballos, todavía iba a tardar un par de días en encontrarme con el primer peregrino.

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Tras cruzar el puente sobre el río Nalón en Peñaflor, el lugar donde se plantó cara a los muchachos de Napoleón, un llano paseo lleva hasta Grado, final de la primera etapa. Allí me esperaba el concejal de turismo para enseñarme algunas de las casas de indianos mejor conservadas de la localidad, la plaza del Mercado y la iglesia, de cuyo lateral dale la calle del Infierno, donde estuvo situada la una famosa sidrería, altar con más parroquianos que el sacralizado. A los habitantes de Grado, o Grau, les llaman moscones. Al acabar la visita me nombraron Moscón 4 one day, colocándome una divertida camiseta.

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Como alternativa a los albergues, decidí hacer el Camino Primitivo alojándome en hoteles, para que los únicos ronquidos de la habitación fueran los míos. En Grado me recogió un vehículo de Taxi Camino para llevarme hasta el hotel. Taxi Camino también se iba a encargar de llevar mi equipaje entre etapa y etapa, lo que no quita que cada día cargara con varios kilos entre el equipo fotográfico, calzado de repuesto, algo de comida y agua. El hotel para esa primera noche fue uno de los de la red de Casonas Asturianas, el hotel Palacio de Fernández-Heres. Marta, su propietaria, me contó que no le interesaba que hablara de su hotel, que había que enseñar el territorio. Una filosofía magnífica de la que deberían aprender muchos alojamientos, si al viajero le enganchan los atractivos de tu comarca va a acabar tapado con tus sábanas. Por cierto, apuntad ese privilegio, el de dormir tapados las noches de julio. Yo le digo a Marta que sí, pero que a las cuevas, a los magníficos senderos, a la Prehistoria y a las brañas, hay que ponerle buena cama y cuchara. La lechuga y la cebolla de la ensalada hacía media hora estaban plantadas, el queso afuega’l pitu estaba hecho con todo el cariño de un pequeño productor, la cecina mandada a secar a León, que la vaca la ponen ellos pero que para curar le sienta mejor el aire de allí; que el solomillo de ternera asturiana para qué quiere salsa… Y a ver quién camina mañana.

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Una Respuesta a “Camino Primitivo por Asturias (1 de 5)”

  1. Muy interesante esta comunidad de España, guarda muchos secretos y lugares con historia que bien vale mucho la pena hacer un viaje y conocer estos sitios. Y claro disfrutar de su gastronomía.

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