
En mi reciente viaje a Marruecos ha habido lugar para todo: incluso para un buen puñado de curiosidades.
La llegada al país tuvo lugar en plenas celebraciones. La afluencia de turistas a la ciudad de Marrakech dejó lugar a curiosas anécdotas. Una mujer llamaba a casa para contar que el vuelo de un euro desde Sevilla había ido bien pero que la ciudad era una mierda porque era la Fiesta del cordero y estaban las tiendas cerradas. No pude ir de compras pero viví, junto a una familia, las celebraciones. Que se le va a hacer. Por la tarde, la versión árabe de Robinson retransmitía el Barça-Madrid.
Al día siguiente tocaba ponerse serio. Sin saber muy bien cómo me encontraba en un entierro. No, no era el mío. Siento las falsas esperanzas que haya podido dar a algunos y espero que alguno se haya alegrado de que así fuera. Azaona oua Azaokum wahed. Vuestro dolor es el mío. La cámara tuve que guardarla y las caras cambiaron al instante. Tal es así que, tras llevar el cuerpo a la mezquita, pude seguir al masculino cortejo fúnebre hasta el cementerio. Las mujeres se quedan en casa por escandalosas. Por la mortaja se puede saber si el fallecido es hombre o mujer. Hombre era en este caso.
Ya en Essaouira llegó la hora del merecido té a la menta. En la tetería, el humo del hachís, que como en el caso del sepelio tampoco era mío, hacía cada vez más denso el ambiente. Una abuela que parecía la de la película Tapas parece cortar el bacalao. Todo el mundo se acerca a saludarla y a continuación comienza a ejercitar los dedos. Un hombre está tan colocado que se le cae el porro. Tras hacer levantar a toda la concurrencia cae en la cuenta que está dentro de su vaso. De su vaso de té lleno. A partir de entonces la conversación gira en torno a mí. El único guiri. Además con cámara y un bloc de notas. Peligro. La conversación probablemente no tenía trascendencia. Probablemente no tenía desperdicio.
Malawi mojado en miel. En eso consiste mi desayuno diario. En una tetería que utilizaba pancartas del Ministerio de la Modernización de los Sectores Públicos para hacer manteles me sirven el plato con miel. Tras escrutar al personal y estar más que acostumbrado a mi alopecia llego a la conclusión de que el pelo que hay en la miel es de la abeja.
Uno de los placeres de viajar a Marruecos es la visita al barbero. Por apenas dos euros dejo que una certera navaja rasure barba y cabeza. La vista se para ora en un póster de La Meca con brillantina fosforita ora en una tele con tapete y DVD marca Genial. Por la noche un pequeño susto. Una chica guapísima entra corriendo en el restaurante donde ceno. Tras un buen rato, ya más calmado, lo primero que me viene a la cabeza cuando vuelve a salir es: “Joder, tan guapa y cagándose”. Al día siguiente soy yo el que hago parar al bus en un peaje y tiro los pantalones en la cuneta. Los conductores van pagando en las cabinas y el chófer del bus no para de pitar: “Así no hay quien lea”. Y como el pelo de la barba sí crece, poco pero crece, toca otra vez barbero. Me cuenta las maldades que la droga causa en la juventud y al rato se merienda galletas, caseras, con las que hace una pasta con el aceite resultante de trabajar el hachís. ¿Conocerá la Nocilla?
Después de cenar sienta bien la infusión. En la tele del café en el que la gente ve pasar la vida televisan fútbol sala de la Liga húngara. Luego cambian a noticias de la Liga rumana y después a los documentales de la Geographic. Ni siquiera el vendedor de crucigramas fotocopiados consigue distraerles del apareamiento de la foca monje. Otro día más. Hay piedras más blandas que la cama de la pensión de Meknés. Por la mañana sirven el té en un local homenaje a la Pantera rosa, con las paredes pintadas del color del añorado pastelito. En la radio suena algo parecido a Camela fusionado con una folclórica árabe. Fuera llueve y yo sin babuchas de agua. Llega el norte. Chaouen, la ciudad azul. Azul o amarilla o roja; depende de lo que se fume. Junto a un puesto de caracoles una chica comenta (poner voz de yonqui para leer su comentario): “Yo es que a los caracoles les tengo mucho cariño. Si es que cuando piso uno…”
Muchos gatos, demasiados. Gatos gordos. Pero ningún ratón. El cocinero mira embobado la televisión. Normalmente ven series y películas en V.O. subtituladas. Pero algunas series les vienen dobladas de otros países que comparten idioma. Salam Aleikum, Frijolito, acierto a escuchar. Bendito Dios. O Alá. Faltaba el viaje en tren de regreso al sur. Por la mañana hago equilibrios en un baño con la taza a punto de desbordarse. De hecho ya ha llegado antes hasta el pasillo. Adelante, atrás, salto. Como cuando eres niño y saltas las olas del mar. Después de la cena llega el desayuno. Otra vez pensando en comer. Acaba primero un entrañable anciano que se sienta al lado. Se levanta a lavarse las manos y le echa un agua también a la dentadura. Se la coloca en su sitio, limpia la comisura de los labios. Besalama. Adiós.
Mientras tanto, hacer caso a las señales (foto).
En el fondo de una tienda de babuchas cuelga un antiguo póster del Manchester United en el Teatro de los sueños. A nadie (a casi nadie) se le puede escapar que la Djemaa el Fna es un teatro. Un teatro donde flotan los sueños.
Podría utilizar ese tópico tan rancio, tan utilizado por los que hablamos de Marruecos; el de poner en juego los sentidos al visitar la plaza más conocida del país. Pero no lo haré. O sí.
Es temprano, mucho. El vicio que tengo por madrugar, por salir antes de que pongan las calles me lleva a saltar de la cama con la primera llamada a la oración. Ha estado lloviendo toda la noche y desde el callejón donde duermo -no en el callejón, en una pensión- llega el olor de cloaca desbordada, la única que se puede permitir decir basta al hartazgo de turistas. También huele a naranja exprimida, a especias, a hígado y a la menta que llevará el té de mi desayuno. Según transcurra el día se incorporarán los aromas de harira, esa sopa que me apasiona, de los caracoles que tan mal me sientan, del sudor del almuédano y de un hachís fumado por los jóvenes en exceso. Respecto a los sabores, ¿para qué contar los de lo tangible?, lo que nos comeremos. Quedan definidos por los olores que los preceden. Pero flotan otros en el aire que no se ven pero se notan. Sabores tristes, de amargura, de añoranza de los que se fueron y llegaron. También de los que no llegaron. Sabor a timo, a trileros bereberes que venden peonzas fosforitas y escupen muy lejos.
Mirando, que no viendo, aparecen monos encadenados, serpientes desdentadas o con la boca cosida y vendedores de todo. En el café de ínfulas francesas de la época del protectorado un sucio fluorescente exhala sus últimos suspiros mientras el ventilador reparte porquería por todo el local. Un silbido del árbitro y comienza a rodar el balón en el Barça-Madrid. Gritos, discusiones y pasión en un clásico que todos sueñan que acaba con billete en una patera.
En cuanto a los sonidos, ¿a qué suena la Djemaa el Fna? A mí me suena a monedas. Según la cadencia del sonido conoceréis a sus dueños. Hay monedas que suenan en la mano del vendedor de cigarrillos, otras a una cabina en conferencia con Europa y las peores; las que reciben niños analfabetos. Niños que sólo saben leer en los dirhams que les entrega el turista en su buena acción del día.
Queda el tacto. El tacto para el regreso. Pese a todo, gracias a todo, necesito pisar de nuevo esa plaza. Volver a tocarla.

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


