Me gusta viajar. Siempre me ha gustado. Muchas de las veces que emprendemos camino, la verdadera aventura surge durante el trayecto. O por lo menos así lo recuerdo en los interminables viajes a Asturias cuando era pequeño. Para que esos viajes tuvieran lugar, tuvo que haber un primero. Fue en 1974. Las azafatas del avión de Iberia vestían igual que las muñecas de Famosa que se dirigían a un portal. Las faldas de esas azafatas empezaban a acortarse tras un periodo en el que habían sido demasiado largas. No es que me acuerde, pero una vez me enseñaron una muñeca. A partir de esa fecha, los viajes anuales a Asturias los hicimos en un Seat 124, que era una berlina de la época, como cuenta una web dedicada al modelo. Aunque pareciera que no, el maletero siempre cerraba. Y mejor que cerrara, porque si poníamos las cosas en la baca las perdíamos por el camino. Salíamos a las seis de la mañana y la ruta era la del Camino de Santiago. Luego, los mayores discutían sobre cual era la mejor alternativa o en que pueblo se comía mejor, pero todos se alegraban mucho de verse. Como cabe suponer, eran viajes repletos de anécdotas. Viajes de Tablero deportivo con goles en Las Gaunas y, a la hora del parte meteorológico, noticias de Radio Nacional. Convenía saber el estado del Puerto de La Pedraja, en Burgos. Más tarde, cuando cambiamos el Seat por un flamante Ford Orion, poníamos a Sabina pero seguía estando prohibido comer dentro del coche. Me dio pena. Lo de Sabina no, lo del coche. El Seat me gustaba incluso cuando patinaba contra el quitamiedos y luego me dolía la muela del golpe. ¿Por qué lo llaman así? Quitamiedos, ya. Si el aspecto de mole de hierro acojona. A mi me daba la impresión de pasar siempre por Valladolid y el Pisuerga, pero debió de ser una vez que nos equivocamos, aunque los mayores nunca lo reconocían. Y una vez, también pasando por Valladolid, vi a Jesús, el de los panes y los peces, en el cielo. Pero como lo de Valladolid, debía ser mentira, porque se parecía mucho al Jesús que mi abuela tenía colgado en su casa, con cruz y todo. Cuando no dormía, miraba por la ventana sin preguntar cuanto faltaba. Al principio decidía yo cuando quería mirar por la ventana, pero luego vino mi hermana y para que hubiera sitio me tenía que asomar por la ventanilla que se bajaba sólo hasta la mitad y tenía una al lado con forma de triángulo. Cuando el paisaje se ponía verde era Pajares, el puerto, no el gracioso. Entonces sabía que estábamos en Asturias. El olor era diferente, el color por supuesto y el sabor era de higos. Mis abuelos tenían una higuera en un huerto que todavía hoy recuerdo como olía. Yo me pasaba largos ratos en la higuera. Cuando mi madre me decía, muchos años más tarde, que estaba en la higuera, yo pensaba que era porque tenía nostalgia de Asturias, pero cuando se lo contaba a los mayores se reían. Luego supe que la frase tenía otro significado y no he vuelto a comer higos. Volviendo a la carretera, recuerdo las largas rectas castellanas y que en los sitios donde había muchos camiones parados se comía muy bien o era un bar de copas caras y señoritas que fumaban. Y como los viajes de regreso eran más tristes yo quería parar a ver Mazinger Z que siempre luchaba por la paz. Hoy ya no se come tan bien en la carretera, las rotondas se han convertido en lupanares de asfalto pobladas por meretrices del este y han partido las rectas de la ancha Castilla. Pero hay una cosa que no ha cambiado y es que sigo teniendo ganas de volver a Asturias. Y mientras eso pase, seguiré teniendo ganas de viajar.

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