En Cantabria, los pueblos tienen nombres para ser tomados en serio: Cabezón de la Sal, Los Corrales de Buelna, Alfoz de Lloredo, Ucieda de Arriba, Santa Cruz de Bezana. No aptos para urbanitas adictos al asfalto. Los nombres más conocidos, no por el hecho de serlo dejan de sonar a asunto importante. De Santillana del Mar dijo Jean Paul Sartre que era la aldea más bella de España. Aunque luego vino Bukowski para decir que el existencialismo eran pedos de Sartre. También la revista Viajar, en un concurso realizado entre sus lectores cuando el que esto escribe soñaba con publicar en sus páginas, coronó a Santillana del Mar como el pueblo más bonito de España.
El primer tópico que intentarán contarte -siempre puedes escaquearte diciendo que vas a comprar anchoas y sobaos- es el de las tres mentiras. ¿Santa? Hombre, alguna flaqueza, algún desliz tiene en el haber. ¿Llana? A sus cuestas me remito. ¿Mar? Aires del Cantábrico como mucho.
La verdad es que sí tiene números para ocupar plaza privilegiada en todas esas listas, aunque en ocasiones parezca más un museo que un espacio habitable. Recuerdo una anécdota de mi infancia. En una escapada desde Asturias, a una hora concreta, las vacas pasaban junto al abrevadero cerca de la colegiata. Al momento, los pequeños negocios de alrededor empezaban a ofrecer pura leche de vaca. Uno, que ya tenía esa vena curiosa del viajero, toca narices dirían otros, vio como llenaban vasos y vasos de pura leche pasteurizada, con su Tetra Brik y todo.
Pero vamos con los ingredientes originales: calles adoquinadas a las que les sienta bien el calabobos, esa lluvia fina que sus vecinos llaman orbayu o chirimiri; contraventanas de madera, cortinas de encaje, adobe en fachadas, una colegiata con ínfulas y uno de los establecimientos más interesantes de la red de Paradores. También un Museo de la Tortura.
En la cercana localidad de San Vicente de la Barquera andan de celebración. La concesión del fuero en el año 1210 es el motivo. Las cuentas no acaban de cuadrar, estamos en el 2011, pero es que la ocasión merece el que hayan prolongado en el calendario los festejos del 8º centenario. Mil veces visto, mil veces sorprendido. Nunca dejará de maravillarme el efecto de la marea en el Cantábrico. Mi indolencia mediterránea de adopción contribuye bastante a ese entusiasmo marinero. Dos veces al día, las barcas embarrancan y en las playas se forman pequeñas pozas con sus peces y todo.
La carretera que lleva a Comillas, uno de los pocos lugares donde Gaudí jugó fuera de casa, es uno de esos milagros que todavía se dan en nuestro litoral. Apenas un puñado de casas pre-ley de costas. En la playa de Oyambre quedan las huellas de uno de aquellos episodios de tintes épicos tan del gusto de los antiguos cronistas. El aterrizaje forzoso del Pájaro Amarillo, uno de los primeros aviones en cruzar el Atlántico, fue motivo para que en Comillas organizaran una gran fiesta a los tres pilotos y al polizón culpable de que el destino final fuera la playa cántabra y no París, como se había previsto. El tema del sobrepeso no era cuestión baladí en una época en que las aventuras aéreas eran asuntos a ser tratados en el diván.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


