¿Has dormido alguna vez en un palacio? ¿Sabes qué se siente al pisar adoquines que cargan con el peso de la Historia? ¿Te has escaqueado alguna vez marchándote por los cerros más famosos de España?
Si miras bien, en la provincia de Jaén, tras la alargada sombra de la Catedral-Mezquita de Córdoba, de la Alhambra de Granada o de la Giralda sevillana, aparecen las ciudades de Úbeda y Baeza. Las dos se codean con los monumentos mencionados en la excelsa lista de los bienes considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Son reina y rey del ajedrez renacentista que forman junto a otras localidades, como Canena, Sabiote o Villacarrillo. Si tomamos como eje común la arquitectura de Andrés de Vandelvira no podemos olvidar tampoco la capital de la provincia y su catedral.
En Úbeda conocí a Juan Tito, un alfarero Premio Nacional de Artesanía que me enseñó que en un azumbre caben ocho medios litros, que no es lo mismo que cuatro litros. En Úbeda me encontré con el último constructor bueno, Fernando Crespo, que supo anteponer cualquier interés (hablo de sacrificios de verdad) para mostrar al mundo la Sinagoga del Agua. Fernando logró emocionarme al contarme el desarrollo de las obras y cómo se dio cuenta del valor de lo que había encontrado y decidió que no fuera un vulgar apartamento privando así al resto del mundo de una joya así.
En Úbeda conocí a Andrea Pezzini, que ejerció de cicerone en la visita a las dos ciudades, contando con pasión los entresijos que llevaron a Francisco de los Cobos a tener panteón propio en la Sacra Capilla de El Salvador. Francisco de los Cobos fue el mecenas de Vandelvira, que gracias a sus aportaciones pudo dar rienda suelta a su arte y llenar los edificios de cariátides, atlantes y eternos dilemas entre lo dórico, lo jónico y lo corintio. También en Úbeda me planté ante el lugar donde murió San Juan de la Cruz, uno de los grandes de la literatura, para sacar del contexto religioso una estrofa de sus cánticos: “Estaba tan embebido / tan absorto y ajenado / que se quedó mi sentido / de todo sentir privado / y el espíritu dotado / de un entender no entendiendo / toda ciencia trascendiendo”. Y aún faltaba Baeza.
En Baeza fui tras los pasos del gobernante dual, el que naciera de una mala digestión. Carlos I para nosotros, V para los teutones, también se dio un paseo por estos lares. Incluso se le cogió cariño, como así lo constata el arco que conmemora su victoria contra los comuneros. En Baeza me asomé a un balcón para ver los campos que ocupaban los sueños de Machado, que fue profesor de gramática francesa entre 1912 y 1919.
Al caer la noche en Baeza me fui a doblar esquinas. Eran horas en que las ciudades adquieren el sentido de pertenencia, cuando buscas tu sombra por toda compañía. Horas en que la artificialidad de los faroles apenas es comparable a la luz del candil, pero esas cálidas dominantes hacían el apaño para darle a Úbeda el aspecto de las películas, como la del capitán Alatriste. No ha sido la única película que ha buscado escenarios en las dos ciudades. En Baeza pude ver cómo la tapa ha dejado de ser un bocado grasiento que acompaña al vino y el ingrediente de alta calidad se acompaña de una sofisticada presentación. En Baeza me acosté en una habitación del Palacio de los Salcedo, como los caballeros que siempre tenían duelos pendientes por el honor de una dama. Por la mañana, ni duelo ni dama. Pero queda el recuerdo de las visitas, porque yo estuve en Úbeda y Baeza.

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


