Exégesis (o intento) de un día cualquiera en una ciudad mediterránea cualquiera. O no, que cojones, de una día en Benidorm.
Contaba mi querido Stefan Zweig que en el interior de las personas reside un secreto anhelo por disolverse en la colectividad, por formar parte de un grupo. Yo, liberal de mí, creía que se equivocaba. Hasta que llegué a Benidorm.
Mi último encargo profesional me ha llevado a pasar más tiempo del que quisiera en esa suerte de ergástulas mediterráneas que son algunas ciudades de nuestro litoral. Seguro que todos conocéis alguna. Cito unas claves para reconocerlas:
1. Los apartamentos del 1, 2, 3 crecen como setas disimulando todo indicio de parque natural, salida, puesta del sol o cualquier otra clase de banal distracción que se encuentre a sus espaldas. Apartamentos que podrían pasar por colmenas sin reina y donde las vistas desde la ventana dan a otras colmenas.
2. La característica borreguil de arrendatarios e inquilinos de las citadas colmenas o la coincidencia en tiempo, espacio y dirección de esas personas. Sin concertación previa, pero con puntualidad suiza, se dirigen a primera hora de la mañana hacia la playa y con la misma diligencia regresan al caer la tarde. Lo mismo ocurre si hay mal tiempo, pero el destino final es el supermercado. Para este último trayecto o viaje no necesitan alforjas, pero sí una bolsa del Mercadona, complemento perfecto para el bañador y que les sirve para proteger la cabeza de los chuzos de punta.
3. Los mismos individuos entran en sus vehículos a final del mes de vacaciones (quincena en año de crisis) para desandar el camino recorrido desde sus puntos de residencia. Vehículos con suegra, niños, flotador y, por suerte, A/A en el interior. Todavía queda alguno con el ventilador conectado al mechero y el resto del full equip compuesto por perro de cuello basculante, respaldo de bolas y marco con el mensaje «No corras papá».
4. Algunos de esos individuos mascullan en extraños dialectos y llevan tatuajes hechos por y con los rotuladores de sus hijos. Cuando llega la hora del regreso se embuten en el avión de una compañía low cost sin importarles el hecho de necesitar más tiempo para recorrer el espacio entre el aeropuerto de origen-destino y sus casas que entre la Ciudad de vacaciones y dicho aeropuerto. El vuelo 1 céntimo de euro, el taxi 200 euros.
«Pero como nos lo habemos pasao (sic)».
Puestos ya en lugar, paso a relatar los hechos. Ante la playa me hallaba, con varias horas por delante hasta que volviera a dar certeros disparos con mi Nikon. Y por alguna extraña razón decidí hacerme con un par de metros cuadrados en la playa. Bueno, por alguna extraña razón y porque otra de las características comunes a estos espacios es la total ausencia de oferta cultural, a parte de la actuación de María Jesús y su acordeón en un hotel cercano. Por cierto, sólo ha envejecido el acordeón, milagros de algún doctor.
Como contaba, allí estaba yo. No había hecho más que sacar la toalla de la mochila cuando uno de los oligarcas que manejan el cotarro de las tumbonas estaba pasándome el preceptivo recibo. ¿Qué me llevó a estar allí tumbado? ¿Qué nos lleva a tener esa necesidad? Tan pronto hablas de tal o cual director de cine coreano como asistes al estreno de El increíble Hulk o la última de Richard Gere. Se amontonan en tu mesita de noche títulos como Los ensayos de Montaigne, o Todo fluye de Grossman pero en el lavabo tienes delicuescentes páginas como las de El código da Vinci o Los hombres que no amaban a las mujeres. Aunque quizá no haya mejor sitio que el excusado para ese tipo de literatura. En fin, en una descripción circular os puedo contar que allí había orondas mujeres que llevan a preguntarme por qué se empeñan en hacer top-less. Me viene a la cabeza uno de aquellos versos de rima malsonante en los pares (o en los bares) que aprendimos de pequeños: Teta que la mano no cubre no es teta sino ubre.
Un poco más allá guiris de rojo carabinero opositando a paciente de oncología, jubiladas empapando de sudor su bikini de leopardo, un vendedor de fantas y recuerdos al que los ojos le hacen chirieuros y en mitad de tan luctuosa escena: yo.
Por un momento se hace el silencio. No puede ser. Paz, tranquilidad, el sonido de las olas… «Coca-cola, fanta, bier…!!! Kevin, Jennifer… salir del agua que no han pasao dos horas y sos va cortá la digestión… (también sic)»
Decido huir, corro, vuelo. Para completar, reflexión en torno a un kebab en uno de esos proliferantes restaurantes, versión otomana de los fast-food. En la tele, asentada en un tapete de terciopelo rojo que eleva a fashion el español arte del ganchillo, proyectan vídeos musicales de Bollywood. Las paredes cubiertas por fotos de cascadas, paisajes supuestamente oníricos y un ventilador que esparce las pelusas de sus aspas por toda la sala. ¿Puede ser peor? Siempre. Enfrente, en la taberna española, una pareja abre un benjamín de cava, a tropomil la botella, mientras comen un pincho de tortilla, como no española, y una de bravas que un día estuvieron recién hechas. Acaban mojando la salsa con la fruición de un oso hormiguero, slurp, slurp… ¿Spain is different? Ellos la hacen y nosotros les dejamos. Se oyen voces. Vienen de un pub irlandés cercano. Hay partido y el interior escupe elocuentes faquinmoder y otras lindeces, supongo que referidas al arbitro.
¿Y yo? Un bendito en viaje de trabajo. ¿Algún voluntario para la hagiografía?
¿Causa del óbito? Mañana vuelvo a Benidorm.