La Praga que vivió Kafka fue convulsa, inquieta, febril, a ratos crítica; una ciudad en constante transformación que le dio la vuelta a la tortilla del dominio cultural alemán. A su vez fue poética, pintada, hecha cubos, mil veces soñada. Condiciones que en esa época daban como resultado una efervescencia creativa imparable, de altísima calidad. Pocas ciudades en el mundo tuvieron tan buen resultado de tan mal caldo de cultivo. O bueno, según se mire. Qué poco podemos esperar, en cambio, de la actual crisis que nos ha tocado vivir, que esencialmente es de valores.
Contra lo que se pueda pensar al leer su obra, Franz Kafka fue un tipo eminentemente divertido con sus amigos, especialmente con los que conformaron el Círculo de Praga. Otra cosa es con el padre, al que sólo supo contestarle por carta. Los ismos de las vanguardias entraron sin freno, cualquier cosa era válida: futurismo, dadaísmo, cubismo.
El Jugendstil vistió de romanticismo parte del barrio judío -fue en parte una medida de limpieza- y la cara que se asoma al Moldava, por donde el escritor solía dar largos paseos y baños de comunión en sus torrentes. Decía que sólo se puede tomar posesión de un paisaje a través de la relación física con la naturaleza consistente en bañarse en los torrentes. El baño como acto de amor.
Los literatos eran verdaderos malabaristas de la palabra, los poetas eran capaces de que las chicas de Praga durmieran con sus poemas bajo la almohada. Se vivió con vértigo dionisíaco, unas veces debido a la absenta, la mayoría por la borrachera de creatividad que corría por sus calles, por los cafés donde veían bailar a las musas. Hoy las musas compran en las lujosas tiendas de la calle París y esperan que Apolo las recoja en un descapotable (nuevo palo a nuestros días, no puedo evitarlo).
No hay una ruta específica de Kafka, pero por toda la ciudad se intuye su aliento. Por los callejones de la Ciudad Vieja a los que llamaba “escupideras de luz”, por la ruta que seguía Josef K., que aunque no se especifica sabemos que le llevaba de la Ciudad Vieja a Malá Strana, cruzando el puente de Carlos, y desde allí ascendiendo al Castillo. Praga fue el fondo insinuado en la mayoría de sus libros. Otros escenarios no hace falta imaginarlos, nos podemos plantar ante ellos: el palacio Kinsky donde su padre tuvo el negocio, la casa donde nació Kafka, el café Louvre o el Arco, el hotel Europa, la sinagoga, la ribera del río por la que paseaba, el número 22 del callejón del Oro donde tuvo casa.
Ya lo dije en una entrada anterior, la relación de Kafka con Praga fue un ni contigo ni sin ti, la ciudad no le dejaba, le tenía atrapado. En la época final de su vida, cuando la tuberculosis era más fuerte que su ingenio, fue el único momento en que se quejó amargamente, en que tuvo miedo. Pero más que de la enfermedad y sus consecuencias, le dio pánico verse reflejado en otro tipo de gente: “Empiezo a pertenecer a las personas que no tienen tiempo”. El aforista de la prosa nos dejó el 3 de junio de 1924, con un testamento que Max Brod se saltó a la torera. Gracias a eso nos llegaron algunas de las mejores obras de la literatura universal, con El proceso en los primeros puestos. ¿Creéis que Max Brod hizo bien al desobedecer a Kafka?
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.

