Como colofón a la semana de La Coruña en el blog -uy, parezco El Corte Inglés-, vamos con una ración de dama atlántica cortesía del experimento que estoy haciendo con el iPhone 4. Ahí seguimos, intentando hacer cosas interesantes con un aparato simple para demostrar que la fotografía no son pixeles ni antes haluros de plata, que esto es otra cosa. He montado las fotos hechas en esos días en un multimedia, con el tema Fillos do celtas del grupo Breogán. Seguimos explorando.
Por cierto, el lunes llega un nuevo concurso al blog. Estad atentos. Buen fin de semana.

Si necesitas más información sobre la ciudad, visita la página de Turismo de La Coruña

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Estos días atrás he dejado por aquí, un poco ordenadas, las impresiones que fui anotando durante mi visita a La Coruña. Pero hasta ahora no había hablado de la verdadera razón de haberme acercado hasta la ciudad. El último fin de semana de enero abría sus puertas el Ágora, un centro cultural para el progreso social. Ahí es nada, menudo órdago. La apuesta es arriesgada, pero ¿no es un reto bonito? Creo que todos tenemos claro que inyectando cultura en las bases, el edificio crece con sólidos cimientos y es mucho más difícil manipular su estructura. Es el camino correcto.

La inauguración estaba prevista para el sábado día 31, pero se suspendieron todos los actos debido a la tragedia de la playa de Orzán. El domingo fue jornada de puertas abiertas, inauguración oficiosa pero de la que pude extraer mejores impresiones que de la oficial de haberse producido. La respuesta por parte de los coruñeses fue masiva. Llenaron cada sala, cada actuación prevista para ese día. Es, en definitiva, un espacio para ellos y de ellos dependerá su buen funcionamiento.

Datos os daré los justos. El edificio sale de un concurso de ideas que convoca el Ayuntamiento de La Coruña y que tiene como ganador al proyecto “La montaña mágica”, de los arquitecto Luis Rojo de Castro, Begoña Fernández-Shaw Zulueta y Liliana Obal Díaz. Es un edificio que tiene en cuenta el valor paisajístico de la zona, adaptado a la topografía, de arquitectura diáfana, blablabla… Eso sí, para no perder el Norte, el NE al que está orientado, en los alrededores todavía podemos ver alguna vaca pastando. El día que encendió sus luces, el Ágora programó una serie de actividades para todas las edades. Pero como lo que importa es el futuro, vamos con algunas de las más originales que vendrán próximamente:

Descubrir Coruña. Jueves de 17 a 18.30. Para conocer la ciudad desde diferentes puntos de vista: el histórico, a través del arte o de las curiosidades.

A vueltas con las palabras. Martes de 10.30 a 12. Técnicas de escritura.

Arte a tu alcance. Martes de 17 a 18.30. Para que no puedas volver a decir que no entiendes una obra de arte.

Días de cine. Lunes de 19 a 20.30. El mejor cine de ayer y de hoy, con especial atención a las películas que no llegan a los circuitos tradicionales. Lástima que me pille lejos, si no me apuntaba seguro.

Descubrir la música. Martes de 17 a 18.30. Historia de la música, audiciones… Para melómanos en potencia.

Bajo un manto de… Martes de 19 a 20.30. Un acercamiento a las estrellas, los planetas, el universo en definitiva, mediante experimentos y actividades dinámicas.

La cocina de la abuela. Jueves de 18.30 a 20.30. Taller para aprender a cocinar las recetas de toda la vida.

Desenmascárate. Martes de 19 a 20.45. Técnicas y habilidades para saltar a escena.

Las actividades se asignarán por sorteo en caso de superar las plazas asignadas a cada una. Tendrán precios populares, de tan solo 25 euros por cada taller que se desarrollará entre los meses de febrero y mayo.

En el auditorio del Ágora se van a celebrar conciertos. Algunos de los más interesantes son:

Russian Red, el próximo sábado 11 de febrero. Última hora: Me cuentan que las entradas para Russian Red están agotadas. Menudo éxito.

Nacho Vegas el sábado 2 de marzo.

Coruñeses, no sabéis la suerte que tenéis de disponer de un espacio como el Ágora. Disfrutad y haced buen uso. De ello depende el futuro.

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Cuentan los gallegos, también Alfonso X el Sabio, que Hércules preguntó por el fin del mundo al serle encargados los doce trabajos. Iba en busca de Gerión y su ganado. El Chuck Norris de la mitología echó a andar, pero llegó a Libia cansado y tuvo que quitarle la barca a Helios. Se puso a remar y acabó enterrando la cabeza de Gerión bajo la Torre de Hércules. Los irlandeses, muy suyos con lo celta, tienen al lugar donde pudo estar la torre de Breogán como la versión gallega de su colina de Tara.

Voy con otro secreto más de Brigantia. En Francia ya le hubieran dedicado una ruta, pero en La Coruña apenas te cuentan que Picasso vivió allí desde los diez hasta los catorce años, cuando su padre obtuvo plaza en el instituto de la ciudad. Ya a esa temprana edad, garabateó una serie de personajes populares. Algunos piensan que siguió haciendo garabatos el resto de su vida, pero oiga, a qué precios. Su hermana Concepción está enterrada en el cementerio de San Amaro, una suerte de necrópolis de ilustres que lo fue de los alemanes hasta su traslado. Una esvástica escondida entre la vegetación lo recuerda.


Riazor es el barrio que no se acaba de atrever a ser grande, parece que siga el ritmo del equipo de fútbol. Cuando está en Primera, aún. Ahora que le cuesta llenar el estadio, no se lo acaba de creer, se esconde, discreto, fiel al carácter gallego. Otras ciudades con menos fachada y peor balcón al mar, gritan mucho más alto. Uno de lo tópicos que mejor se ha sacudido la ciudad es el del marisco y el tazón de ribeiro como banderas de la buena gastronomía. Que no digo que unos percebes no entren bien, pero mi propósito en este pasado viaje era dejarme sorprender por otras cosas. De entrada, que te planten en la mesa unas vistas como las del restaurante Domus, predispone. Pero luego hay que cumplir en el plato. Lo hacen con creces y como muestra una vieira.

Impecable también la ternera de la vinoteca Entrecopas, buena merluza en el Augamar, croquetas para repetir en el Novo, restaurante del hotel Hesperia Finisterre; y cocina clásica en La Penela, pero qué clasicismo. Su tortilla de patata guarda los secretos de todas las madres de España. Para ver caer la tarde, ponerse el sol que tantos motivos ha dado a la mitología celta, hay distintas opciones. Desde la explanada conocida como jardín de Hércules, viendo como el cielo muta en rosáceo junto a los menhires (son actuales); al pie de la Torre de Hércules o desde el monte de San Pedro, donde vemos bien definida la forma de la península. Al monte podemos subir en coche o caminando, pero es mucho más interesante hacerlo en un ascensor futurista, con forma de bola para hámster, fabricado en acero y cristal. Corre un hashtag por Twitter que cuenta que #coruñasemueve. Está claro que corren otros tiempos para la ciudad. Hay ganas y eso se nota. La Coruña vive un momento de permanente inauguración y se ha quitado la sábana tras la que se ha ocultado años pasados. Ahora se ha propuesto tratar de tú a tú a ese Santiago que la ha tenido a la sombra. El último en llegar, para dar a la ciudad el empujón que necesita y merece, ha sido el Ágora. Os lo cuento el próximo día.

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Vamos con el coruñés, por extensión al gallego. A primera vista podría parecer lacónico, casi finlandés en el trato. Pero de repente te suelta un hasta lueguiño o un graciñas y te desmonta. Otero Pedrayo decía que en las cristianísimas Irlanda y Galicia, los druidas se convirtieron en obispos. A falta de iglesias, eso se lo dejaron a Santiago, es en el teatro Rosalía de Castro donde se pasa lista: miradas de soslayo, intereses fingidos y medias sonrisas, comentarios sobre los abrigos y qué estirón se ha dado en la cara. Es la Coruña fiel al chocolate en la Fe Coruñesa y los dulces en La Gran Antilla. Por suerte, algunos comercios de toda la vida todavía empujan con los codos a las impersonales franquicias, entre ellas las del empadronado Amancio Ortega, que llenan las calles de todas las ciudades europeas.

Los hijos prefieren hacer el tour por calles que saben a vino y frecuentan La Mantelería, El Charrúa, La Bombilla o la Pulpería de Melide. Estamos en la parte baja del casco viejo, la que sale de la plaza de María Pita por la rúa da Franja. Antes de abandonar la plaza, un repaso al cómo y al porqué. Claras ínfulas austrohúngaras en el edificio del ayuntamiento, terrazas acristaladas con el fin de ser vistos durante el café de la tarde, soportales para todo lo contrario y la estatua de la heroína María Pita, rotunda, como la patata gallega. Al grito de “Quien tenga honra, que me siga” le dio estopa a las tropas de Drake y se ganó merecido sitio en el centro de la plaza.

La parte alta de la ciudad vieja es un secreto de los que no me importa desvelar. Calles tranquilas, plazas que invitan a la lectura en tardes de otoño, casas que esperan inquilinos con gusto por la decoración. Motivos de sobra para construir la Marineda de Emilia Pardo Bazán. Cuánta buena pluma jugó con La Coruña. La propia Emilia, Wenceslao Fernández Flórez, Rosalía de Castro, Cela, Manuel Curros Enríquez y, ahora, Manuel Rivas. En sus cuentos, Emilia Pardo Bazán describía a Marineda como ciudad comercial y bastante culta, aunque demasiado pendiente de los laureles de Barcelona, donde la hermosura abundaba como antaño el dinero en La Habana y con excedente de muchachas frescas, guapetonas y airosillas a quien hacer guiños. No seré yo quien desdiga a doña Emilia.

Del casco viejo salimos hacia el Paseo Marítimo, cinturón de las dos de las tres Coruñas. Recordemos, la del Banco Pastor, la del casco viejo y vamos hacia la de Riazor. Empezamos por la ría de Coruña, con la vista puesta en las rías vecinas: Betanzos, Ares y Ferrol. Todas dan forma al golfo Ártabro. Las inconfundibles farolas rojas como mojones que indican el camino a seguir, serpenteando por la península en la que está asentada la ciudad. Al fondo se empieza a intuir la Torre de Hércules. A un lado de la torre, la tranquilidad de la ría. Al otro, la peligrosa belleza del Atlántico emitiendo dulces cantos como las sirenas de Ulises. Poder hipnótico para un mar complicado. En realidad océano, pero como mar lo tutean los marineros locales siempre con el respeto necesario para poder volver cada día a casa.

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Durante muchos años, La Coruña ha jugado un papel ¿conveniente? de ciudad de provincias que no le correspondía. Me explico. Hablamos de una ciudad que tuvo su época de esplendor cuando fue puerto del Imperio antes incluso que Sevilla. Felipe II dio algunos paseos a sus anchas por la ciudad, junto al actual hotel Finisterre, donde hoy juegan al paddle mozos de moreno persistente y cuello vuelto en la camisa.

Desde la ventana de la habitación puedo ver el lugar donde los barcos de la Armada casi Invencible hicieron escala, cuando andábamos a palos con los ingleses. No llegaron muy lejos. Algún siglo más tarde, aquellos ingleses que persiguieron a nuestros barcos fueron aliados contra la causa napoleónica y enviaron a John Moore para echarnos una mano. En su retirada, el escocés que no inglés, pierde la vida en el barrio de Elviña sin llegar hasta los barcos de la Royal Navy que le esperaban en puerto. Los barcos han vuelto, ahora son cruceros cargados de ingleses que llegan hasta el jardín de San Carlos para encontrarse con el fantasma de Lady Hester Stanhope, aquella versión femenina de Indiana Jones que pudo ser novia del héroe enterrado en el jardín. En la tumba de Moore nunca faltan las ofrendas, coronas inglesas, españolas y hasta francesas, de perfectas flores de plástico, para que nunca vuelva a sentirse solo como le dejó escrito Charles Wolfe: “We left alone with his glory”.

De ahí pasamos al regreso de los indianos que, al contrario que sus vecinos asturianos, siempre trataron de pasar desapercibidos. Aquí no había escuela, ni dispensario, ni siquiera un triste bronce sobre el que se cagaran las palomas en memoria del filántropo de turno. Excepto al acabar la calle Real, donde la ciudad se pone abrigo y sombrero, elegante, altiva, con algo de soberbia en el aliño. Por allí nos encontramos con el edificio del Banco Pastor, uno de esos mamotretos de cemento construidos por imperativo, como se solía hacer en pretéritas épocas de dudoso esplendor. Hasta la Segunda República, fue el edificio más alto de España y todavía hay señoras que se paran mirando hacia el cartel, suspirando como quien mira al actor de moda, pero soñando en realidad con un yerno que trabaje en el banco. Las burguesías decimonónicas que llegaron de América dejaron un bonito legado en los alrededores de la plaza de Lugo: el modernismo gallego, preciosista, pero sin grandes alardes como seña más identificable del coruñés.

Otro buen ejemplo de esa discreción es la Marina, ahora la cara más reconocible de la ciudad. Sus clásicas galerías con ventanas de guillotina fueron siempre la parte de atrás de la casa, el lugar donde almacenar trastos. Hoy son cotizados palcos de la melancolía en los que ver amanecer y atardecer con más frecuencia de lo que la gente cree. No siempre llueve en Galicia. Y cuando lo hace, muchas veces cae ese orballo que tan estupendamente sienta por estas tierras. Porque si hay una tierra con mitos, tópicos, leyendas y meigas, esa es Galicia. El próximo día desmitificamos al gallego.

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