
El Valle del Jerte tiene que ser precioso durante la floración de los cerezos. Lo desconozco, no me he pasado nunca por allí en esa época. Pero casi apostaría a que está aún mejor cuando la cereza está en su punto, insinuándose, provocando desde el árbol. Con la intención de ponerme morado de cerezas, para qué vamos a engañarnos, me pasé unos días por el Jerte durante la celebración de la Cerecera, la puesta de largo del valle durante la campaña de recolección.


En el Valle del Jerte hace más de un siglo que apostaron por plantar cerezos. Hoy todo el mundo tiene cerezos, más o menos árboles pero todos los habitantes del valle están ligados de un modo u otro a la cereza. Gracias al particular microclima del valle, allí se recogen algunas de las mejores cerezas del mundo, en especial de la variedad picota, la estrella del Jerte. Pero ojo, no es picota todo lo que reluce. La picota se presenta sin rabo o pedúnculo, y aunque hay quien se lo quita a otra variedad de cereza, hay que ver la marca que deja el rabo, la picota no sangra por ahí, queda una cicatriz perfecta. Tiene un color precioso, incluso cuando hablamos de la belleza del color de un buen vino, hablamos de intenso color rojo picota.



El microclima del Valle del Jerte, que tantas alegrías da en una año benévolo, es un arma de doble filo. Las nubes que quedan enganchadas en las montañas que circundan el valle dejan un punto de humedad interesante para el crecimiento de la cereza, pero si esas nubes descargan el agua que llevan, se echa a perder la cereza, rajándose y quedando descalificada para su puesta directa en el mercado. No digamos si le da al granizo por aparecer. Cuando se huele la lluvia, cuando se intuye que se van a romper las nubes, todo se torna en prisas, hay nervios por los pueblos, la gente acude rápidamente a los campos para tratar de salvar todo lo posible. Una vida pendiente del cielo. Por esa razón y para tener al campo productivo todo el año, en el Jerte tienen un calendario de cosechas bien completo. Frambuesa, arándano, higo, castaña; las particulares estaciones del valle. Y del campo a la cooperativa. Mientras nadie diga lo contrario, el cooperativismo ha funcionado a la perfección desde hace décadas. Si se comparten las alegrías, por qué no las pérdidas.



En los días en que se recoge la cereza es difícil ver un coche en el garaje. Del árbol al cesto y del cesto a las mesas de tría instaladas en los garajes de las casas. El hombre en el campo, subido al árbol. La mujer escogiendo, seleccionando las cerezas por tallas, como la ropa, para poner en la caja la etiqueta correspondiente. Pero al contrario que en la moda, aquí la alegría es llevar una XL. De hecho, durante la celebración de la Cerecera hay un concurso que premia con 100 euros al cerezón, a la cereza más grande, también a la caja de dos kilos que se complete con menos piezas. Cada año, en el mes de junio, se celebra la Cerecera, alternando el papel de anfitrión entre los pueblos. Este año le tocó recibir a El Rebollar.


En los últimos años le han buscado otros papeles a la cereza, incorporándola a la cocina, metiéndola en alambiques o poniéndola a flor de piel. Las jornadas gastronómicas de la Cerecera han ido aumentando de calidad con el paso de los años, con recetas cada vez mejor maridadas. Este año pude disfrutar de un salmorejo de cereza y unos estupendos chipirones en la casa rural Garza Real y de un buen risotto y un tiburón, ambos por supuesto con cereza, en el restaurante Pico Negro del Balneario del Jerte. Pero no se acaba aquí el affaire del balneario con la fruta. Han introducido la cerezaterapia, una hora de absoluto relax con tratamiento exfoliante y masaje con productos derivados de la cereza. Y tras el postre, un licorcito. Un puro aguardiente y un licor de cereza, algo más dulce y con 25 grados menos, para los menos valientes.

Otra de las consecuencias directas del tema de la cereza ha sido el aumento del turismo rural de calidad, con casas de trato muy familiar y buena oferta gastronómica. Dos direcciones recomendadas son la casa rural Garza Real en Valdastillas y la casa rural Antigua Posada en Tornavacas, localidad en la que todavía se toca la esquila a diario, durante el toque de ánimas.
También la oferta de turismo activo se ha incrementado en los últimos años con actividades como el senderismo y el barranquismo, para que nadie diga que una cereza puede ser aburrida.







Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


