
“La heroica ciudad dormía la siesta…” Así empieza La Regenta de Clarín, a la que una y otra vez volveremos en nuestra visita a Oviedo. Seguro que en la actualidad, Clarín opinaría bien distinto de su Vetusta. Lejos de echarse a dormir la siesta, la ciudad lleva mucho tiempo con las pilas puestas, y si a Avilés le han traído un Niemeyer, la capital asturiana ha plantado un Calatrava en el lugar donde estuvo el campo de fútbol.


Un titán blanco que va a dar mucho juego en el posicionamiento de Oviedo como ciudad organizadora de congresos. Desde Santa María del Naranco, la obra asoma como un Gulliver entre liliputienses, aunque bien pudiera hacer sombra al gigante la arquitectura de siempre; sobria, de rancio abolengo.


Tenemos el prerrománico, el gótico de San Salvador, cuya torre es poema romántico de piedra para Clarín; la ciudad elegante de la calle Uría, con sus edificios de principios del XX edificados con cimientos de confianza y prosperidad. Muchos de los cafés de la época en la que se vivía sin planes han desparecido, pero todavía queda alguno. Aunque sobre todo permanecen las confiterías como Rialto y sus Moscovitas o Camilo de Blas y sus carbayones.

Paseando por delante, inevitablemente echará la vista atrás el viajero, señalará su presa y entrará a por una unidad, mejor dos, que un día es un día y la operación bikini se está haciendo muy larga. Para el paseo el Campo de San Francisco, más ornamental que necesario. Recurrir al tópico de que el parque es el pulmón de la ciudad me parece casi ridículo, el verdadero pulmón es Asturias. No hay más que alzar la vista por encima de los edificios para que llegue verde de todas partes.



La entrega de los premios Príncipe de Asturias han traído a la ciudad fama, un alto nivel cultural, y los respetos de Woody Allen (algún desaprensivo ha roto las gafas de la estatua con la que Oviedo le devolvió admiración). Los galardones se entregan en el teatro Campoamor, al que ya no hace falta acudir con abrigo -otra vez Clarín- por la entrada que se daba gratis a todos los vientos.


Pero si hay un rincón que me gusta de Oviedo es la plaza del Fontán. Tras el obligatorio paso por el mercado, hay que buscar sitio en las tabernas y mesones, a los que les han dado una mano de lifestyle y ahora son sidrerías que llenan sus terrazas con la gente guapa de Oviedo. Días de sidras y risas, para que aquel antiguo poema quede en copla graciosa:
Adiós plaza del Fontán,
consuelo de mi barriga,
donde por dos perras dan
buenas fabes con morcilla.
Quedan muchos más rincones: la plaza Trascorrales, la del Paraguas, la conocida calle Gascona con ese eterno olor a suelo mojado de sidra… Pero para eso os aconsejo que os pongáis un buen par de zapatos, pidáis un mapa en la oficina de turismo y vayáis a descubrirlo por vuestra cuenta.



Más información sobre Oviedo y Asturias en el siguiente enlace:
Asturias, lo dice todo el mundo

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


