En la anterior entrada hablaba de ese sueño recurrente que nos lleva a pensar en dejarlo todo, en cambiar de vida. Hay gente que no sólo hace de ese sueño un plan sino que lo lleva a cabo. Alfredo Ruiz y Lourdes Campos son de Tijuana. Llegó un momento en que la ciudad se llenó: edificios, hoteles, almacenes. Pensaron que ya no cabían o que no los necesitaban. Se subieron a un carro para recorrer México. Nada más paraban para comer y dormir, querían conocer a la gente. Llegaron a la conclusión de que todos somos lo mismo haciendo las mismas cosas en todas partes. Hasta que fijaron su vista en un terreno entre Cabo San Lucas y San José del Cabo, donde habían pasado épocas de vacaciones. ¿Y si no regresaban? Vivían de vender sus pinturas, por lo que no estaban ligados a un domicilio.

El dueño del terreno les dice que tiene un problema, que está sucio. ¿Y si me lo rebaja y lo deja sucio? -le dijo Alfredo. Pese a que llueve durante un minuto al mes, dice que acaban llegando las mariposas, las flores, los colibríes, y que ese momento es mágico. Como tocaban música, deciden abrir un bar para hacer conciertos y recibir gente al ritmo del blues, el jazz, progresivo o new age.
Alfredo se define como más fresa (pijo), su mujer es más dura. A él le gusta la música de los años 40-50, los boleros, toca el piano. Su mujer es la ruidosa, toca la batería.
Llevan catorce años en el Art & Beer y, a sus 58 años él y 51 ella, piensan que quizá sea la parada final en su viaje. Como colofón, me cuentan una bonita anécdota de lo que puede ser una preocupación por esas latitudes. Cuando abrieron el bar, no encontraban limones en las tiendas. Es tradición que al llegar a vivir allí te regalen un limonero, como la gente tenía en sus casas, no llegaban a las tiendas.

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