¿Cuánto vale una foto?-Se preguntan el perro y su amo.
(Gracias a Elliott Erwitt por la inspiración para la foto que ilustra este post)
Vamos a intentar aclararlo para todo fotógrafo que se encuentre ante la tesitura de explorar el apasionante mundo de la fotografía con intenciones profesionales. Para la lectura de este post recomiendo tararear mentalmente la canción “Ain´t no mountain high enough”. Si quieres ser fotógrafo tendrás que ser capaz de hacer dos o más cosas a la vez y, efectivamente, creer que no hay montaña suficientemente alta ni río suficientemente ancho.
Os voy a poner en situación para que entendáis en que consiste un día de trabajo. El despertador suena a las cinco de la mañana. Quiero llegar al lugar a primera hora de luz para trabajar en condiciones óptimas. Tras subir la montaña de la canción, amanece nublado. Otra vez será. Durante el camino de vuelta llueve, tropiezo, resbalo y a mi cámara le da por ir unos metros por delante de mi. Cuando la alcanzo, tras una minuciosa revisión, vuelve la sangre a circular al comprobar que todo funciona. Cada vez que tengo algún percance con el equipo, mi mente se traslada a Toledo, cuando a mi flamante objetivo 35 f2, la joya de la corona, le dio por hacer un puenting de cuarenta metros y se dejó las cuerdas. Tras un largo, largo, largo día de hacer fotos, localizaciones y comer poco y mal, llego al hotel. Hace unos años, la llegada al hotel suponía el momento de tomar una relajante ducha (cuando disponías de ella), leer un rato o dormir. Ahora hay que descargar fotos, hacer una primera revisión y muchas veces empezar a editar el trabajo. Mis amigos hablan de la buena suerte que hemos tenido con la fotografía digital y lo que ha facilitado nuestro trabajo. Menos mal que puedo sustituir el calor de hogar por el de la batería del móvil y hablo con mi hija, que está a miles de kilómetros de distancia, como si estuviera a mi lado (entender esta frase con la ironía con la que he escrito anteriores entradas y seguir tarareando el Ain´t no mountain high enough)
Tras la vuelta a casa llegarán días de ciber encierro, que no es una versión digital de los Sanfermines, sino maratones de edición. Pero todo habrá merecido la pena, al acabar espera el cliente. El que va a dar solución a todos nuestros problemas, el que por fin nos hará ver que ha merecido la pena trabajar durante todos y digo todos los días del año, haciendo fotos, escribiendo, trabajando en nuevas propuestas, editando, cargando pesados equipos valorados en varios miles de euros que convierten al fisio en uno de nuestros buenos amigos, siempre por problemas en la espalda y ahora también en el dedo índice por el efecto del ratón. Ese cliente que encarga sin encargo, pues atrás han quedado los tiempos en los que mis fotógrafos mayores disponían de dinero para producir historias. Pues bien, con un poco de suerte el cliente estará representado por la figura de un editor gráfico. En algunos casos será un redactor-jefe y en los cada vez más frecuentes me atenderá un editor gráfico-redactor jefe-director. En cualquier caso todos expondrán lo mismo. Tras escudarse en que haces lo que te gusta, que todo el día viajando y sonreír de medio lado, se pondrán serios para contar que la crisis en el sector publicitario nos obliga a bajar las tarifas en un tanto por ciento (quedan a niveles anteriores de hace doce años), que los pagos ya no serán a treinta días y que ya sabes que siempre habrá alguien dispuesto a tirar la pastilla de jabón al suelo.
Con la cabeza gacha, me voy a Casanova Foto con la intención de renovar mi equipo y, como es natural, le expongo la nueva situación. Le digo que el precio de la cámara no era correcto y que sufría un recorte del 30 %, que le pagaría a noventa días pero que podían ser doscientos por culpa de la crisis y que si las condiciones no le parecían razonables me iría a otra tienda donde me darían el equipo gratis, con tal de que su nombre, el de la tienda, apareciera pegado en mi frente mientras trabajaba. Y en Casanova me dicen que sí, que me lleve la cámara.
Pero que no cunda el desánimo. Cualquier día de estos me levantaré y les contaré a los clientes que todo es mentira, que hago esto por obligación, que de verdad es un trabajo y que hacienda somos todos y entonces seguro que se arreglan las cosas.
Mientras, seguir todos haciendo fotos.
Post Scriptum: Estoy intentando hacer una fórmula que me dé como resultado el precio final de una foto, que era de lo que iba el post. Calculando todas las variables posibles, amortización del equipo, horas empleadas y demás, llego a la conclusión de que me da vergüenza el resultado. Además, yo sólo sé hacer fotos.

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Prueba con esta fórmula:
Fotón de putamadre(10) x reconocimiento del fotógrafo(0)- incremento de tarifas del último lustro (0)+ respecto derechos de autor(0) = precio final de la foto (0).
Creo que se acerca bastante a los precios en este país.
Y tu sigue haciendo fotos, que no van a ser ellos más que nosotros, ¿o, a lo mejor si?
Suerte!
alfons rodríguez.
yo tengo otra fórmula:
sentirme feliz y agradecido por tener este "trabajo tan bonito" que no "se paga con dinero".
Lástima que a la cajera del Carrefúr se la pela y no puedo salir con el carro de la compra.
¿que habré hecho mal? si todo el mundo dice que me envidia por mi trabajo.
Igual soy demasiado exigente y debería de bastarme con gozar de mi fabuloso trabajo y dejarme de pamplinas como comer o comprar cosas. Eso es muy mundano.
Pues en esas estamos…
Y calla, calla, que como los que te envidian se enteren que aunque poco, cobramos, ya la tenemos liada.
Me parece muy triste (aunque yo no soy fotógrafo profesional, en realidad no se que "soy", este verbo siempre me ha creado problemas al conjugarlo en primera persona). Yo creo que la gente vivirá de otra cosa y acabará pagando por publicar sus fotos en revistas prestigiosas.
frikosal,
creo que la solución pasa por "emigrar" profesionalmente. Empiezo a pensar que aquí es causa perdida el pretender que valoren tu trabajo como sí hacen en otros países.
Y lanzo una pregunta:
¿La valoración de nuestro trabajo es directamente proporcional al nivel cultural del país o lectores?
Témome que en muchos casos es así.