Ha arrancado #AcademiaTailandia -campaña orquestada por Blueroom, la agencia de comunicación del turismo tailandés en España- con una fuerza arrolladora. La respuesta de la gente a través de las redes sociales está siendo masiva, hay ganas de Tailandia. Ya os he explicado cómo podéis participar para conseguir venir de viaje conmigo, tan solo entrando en este enlace y escogiéndome como compañero de viaje. Durante los próximos días iré publicando algunas fotos de Tailandia junto a una pequeña reflexión: por qué me gusta Tailandia, por qué quiero volver y, lo más importante, por qué creo que tienes que venir. A su vez, iré desgranando detalles del programa Thainess, el modo de vida tradicional. Empezamos con una foto del budismo, que siempre genera buen rollo. Quiero volver a Tailandia para volver a despertar a un grupo de jóvenes novicios de su siesta. Esperar sentado junto a ellos a que den el primer bostezo, a que flipen porque un farang ha aparecido de repente; cuando se acostaron no estaba. Quiero que veas la paz que se contagia al ver un grupo de monjes entonando sus rezos, caminando entre los templos. ¿Te vienes?

Bueno, ha llegado la hora de la verdad. A todos aquellos que alguna vez habéis dicho: “¿Y no necesitas a nadie que te lleve el trípode o la maleta?”, ha llegado vuestra hora.
¿Te quieres venir conmigo a Tailandia?
Empieza Thailand Academy, el desafío europeo de los viajeros sociales. Desde hoy y hasta el próximo día 5 de febrero, voy a ir a buscar a mi acompañante ideal. Os voy a estar dando la tabarra a través de las redes sociales: Facebook (Perfil y Fan Page), Twitter e Instagram. Optar a ser mi acompañante no requiere de ninguna habilidad especial: no tienes que cantar, ni hacer el payaso, ni siquiera enviarme una pata de jamón. Bueno, si el jamón es de pata negra podemos hablarlo. Ahora en serio, lo del jamón no va ayudar en absoluto, pero sí que tengas un perfil social activo, que te manejes como pez en el agua por el Facebook y todo eso. Así que te vas a este enlace de Thailand Academy y me escoges a mí, dices que quieres viajar conmigo a Tailandia. Yo soy el de la derecha, el de la izquierda es Ángel Martínez Bermejo, el otro periodista español que participa en el desafío. Nuestro viaje va a ser espectacular, iremos en busca del modo de vida Thai. Durante los próximos días iré desgranando detalles del programa.
A partir de ahí, vamos a darle caña al hashtag #AcademiaTailandia en Twitter. Una vez en Tailandia, a donde viajaremos del 30 de marzo al 6 de abril, competiremos con otros viajeros europeos para ver quién se maneja mejor en las redes sociales, quién cuenta mejor el destino a través de Facebook, blogs, Twitter, Instagram…
Durante los próximos días iré publicando una serie de fotos en el blog para hablar de los motivos que me llevan a querer volver a viajar a Tailandia. Así que lo dicho, ¿te vienes?
Esto es lo que incluye el premio:
Billete aéreo en clase económica con la compañía Thai Airways Madrid-Bangkok-Madrid (30 de marzo 2013 – 06 de abril 2013)
Todos los gastos de desplazamientos internos en Tailandia, hoteles y desayunos durante el viaje entre el 31 de marzo de 2013 y el 5 de abril de 2013
Thailand Academy
Empecé el 2012 como acabé el 2011: viajando por África. El día 2 de enero llegó uno de los mejores momentos de mi trayectoria viajera, cuando pasé una hora junto a los gorilas de montaña en Ruanda. Y despido el 2012 tras haber regresado de un viaje por el Fin del Mundo, navegando con el Stella Australis por el canal Beagle, el estrecho de Magallanes, hablando con el farero del Cabo de Hornos y pasando unos días en el Parque Nacional Torres del Paine viviendo la experiencia Explora. Han sido, como de costumbre en los últimos años, muchas más de doscientas noches en camas ajenas, viajando por cuatro continentes. Pese a todos los viajes, no ha sido un año fácil. De la situación de la prensa para qué vamos a hablar. Pero el ánimo está muy alto, va a empezar el 2013 con un nuevo proyecto que me ilusiona como no lo ha hecho nada en mi carrera, una carrera que empieza a tener cierto peso en mi ciclo vital, quince años dedicado a contar el mundo marcan. Y no sólo eso, tienen que servir para algo. Así que aquí os dejo mi año en fotos.
Uganda. Campos de té en Fort Portal.
La Coruña. Torre de Hércules.
Aurora boreal en Finlandia.
Fiestas de San Patricio en Dublín.
Circumpolar en La Palma.
Monasterio budista en Koh Chang.
Marruecos. Gargantas del río M’Goun.
Estambul. Puestos en Eminönü.
Oviedo en silla de ruedas.
Una visita a Lourdes.
Faro de Saint-Mathieu en Bretaña.
Noruega. Camino de Nidaros.
Camin Reiau por el Valle de Arán.
Calle de Florencia.
Torre de Pisa.
Honduras. Iglesia de la Esperanza.
Guatemala. Lago Atitlán.
Nicaragua. Río Indio en San Juan del Norte.
Chile. Pingüinos en isla Magdalena.
Chile. Parque Nacional Torres del Paine.
Ni profecías mayas ni gaitas. Ayer, como era de esperar, no se acabó el mundo. DryMartinez y un servidor os lo confirmamos desde Tikal.
El capítulo 10 del Estambul de Orhan Pamuk me parece uno de los mejores de los que he leído en literatura de viajes. Aunque el libro también cuadra en el género autobiográfico. El autor hace una de las cosas más difíciles que hay en literatura (también en fotografía) de viajes: hablar de su propia ciudad, de lo que le es familiar. El capítulo se llama Hüzün y en él se encuentra la esencia del qué sé yo de Piazzola, privilegio reservado a unas pocas ciudades en el mundo.
El autor traduce Hüzün como amargura, aunque también habla de aflicción, y nos va conduciendo desde un pasaje del Corán en el que aparece la palabra hasta el estado emocional que define la vida en la ciudad. Hay un momento en que habla del sufrimiento desde el mismo punto de vista que lo hizo Santa Teresa de Jesús, ese vivo sin vivir en mí y muero porque no muero lo aborda desde la perspectiva musulmana: sufrir porque no se sufre lo suficiente. La amargura es un término fundamental en la música, dice Pamuk, y en la poesía estambulita. La amargura como modo de ver la vida, una actitud mental, algo que la ciudad ha escogido libremente.
En algunos párrafos la amargura tiende a confundirse con la melancolía, aunque para Pamuk se trata del número: mientras que la amargura es un sentimiento instalado en toda la ciudad, la melancolía es cuestión individual. Es esta última con la que me quedo, ya que como extranjero no puedo pretender apropiarme de un sentimiento que no me corresponde y que no he conseguido encontrar donde vivo. Vamos entonces con la melancolía. En ocasiones, nos ponemos alguna determinada canción porque nos sume en un estado melancólico pero cómodo al mismo tiempo. Otras nos ayudamos de fotos o recuerdos para provocarlo. Burton identifica la melancolía con la alegría porque da lugar a una gozosa soledad, bien de modo racionalista, como Montaigne, o emocional como Thoreau. También Victor Hugo habló de ello antes de enredarse demasiado con los asuntos esotéricos: “La melancolía es el placer de estar triste”. Toma ya, en una sola frase consiguió resumir lo que llevo intentando explicar toda mi vida, los motivos que me llevan a viajar, la búsqueda de ese estado que hace que un destino pase a ocupar un lugar destacado en tu proceso vital.
Desde luego no me refiero a la melancolía que deriva hacia procesos autodestructivos, sino todo lo contrario. Hago un uso positivo de ese estado como hicieron Boudelaire, los románticos y los decadentes. Es algo que jamás podré explicar con palabras, tampoco con una foto (aunque la de la madre agarrando el vestido de su hija para protegerla quiera intentarlo). No se puede pero lo sientes en el té que tomas entre el humo del narguile, en los olores de la ciudad a especias y agua estancada, roscas de pan y pescado ahumado, verdura fresca y neumático; lo intuyes en el gesto del tendero, te sientes cómodo callejeando por los barrios de Fener y Balat, no te cansas de ver a los pescadores de Galata y te sigue emocionando la llamada a oración.
Pero si hay un lugar donde es más evidente esa sensación, es en Santa Sofía. Y no hablo de viajeros con epónimo, de Stendhal ya me ocuparé otro día, que le tengo ganas. Cada vez que he entrado en Santa Sofía he conseguido aislarme por completo, pese al elevado número de visitas que recibe. Es ese momento en que la soledad provoca un sentimiento muy cercano al éxtasis. Sólo entonces puedes percibir detalles que se te escapan en otros sitios, momentos que únicamente puedes vivir cuando existe un diálogo con el lugar que visitas. El diálogo con los que pasaron por allí antes que tú, el diálogo con la luz. Qué especial es la luz en el interior de Santa Sofía. Crea sombras y brillos que te marcan el camino, que te hacen retroceder para detenerte una y otra vez en los mismos sitios, que pasan a controlar el tiempo. Nunca he podido fotografiar Santa Sofía como la he sentido y pretender hacerlo con Estambul no sería pretencioso sino estúpido. En ese limitado número de lugares, dueños de la melancolía -Patrizia Runfola escribió a Praga como El palacio de la melancolía-, sólo puedes dejar que todo fluya. Es inútil provocarlo, de ahí que tenga pendiente hablar de Stendhal y del mal uso que hacen hoy algunos viajeros de su teoría. No son los mismos lugares para todos, pero sí las mismas sensaciones. Seguramente no me habré explicado bien, simplemente sé que los recuerdos de Estambul son casi dolorosos. Pero de un dolor bonito.










































Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


