El día 27, el grupo tenía el día libre y se marchó a ver el fiordo de Geiranger, uno de los más espectaculares de Noruega. Òscar y yo decidimos hacer dos etapas más del camino, las que cruzan una parte del Parque Nacional Dovre. El primer día empezó un poco torcida la cosa. El bus que llevaba a los peregrinos hacia los fiordos nos dejó en el pueblo de Otta a las 9 de la mañana, donde debíamos coger otro bus hasta un punto cercano al inicio de la etapa prevista. Hasta las 12.25 no había ninguno. Hubo un intento infructuoso de hacer dedo, pero no debe llevarse demasiado en este país eso de coger a dos pobres en la carretera.
Una vez en el bus, no conseguimos que funcionara ninguna de nuestras tarjetas para pagar (en Noruega puedes pagar hasta el café con tarjeta), así que carrera al cajero para sacar efectivo. Total, que llegamos a Busjord para empezar la etapa a las 3 de la tarde. La distancia prevista era de unos 20 kilómetros, más un par extras de subir desde la gasolinera donde nos dejó el bus hasta el albergue de Busjord. Los desniveles que acumulamos fueron de 904 metros en ascenso y 422 en descenso.
Una vez iniciada la etapa, se nos olvidaron todos los contratiempos. Un ascenso hasta los 1200 metros de altitud, nos metió en el Parque Nacional Dovre, un precioso paisaje de tundra. Las montañas todavía permanecían con grandes clapas de nieve y el agua de los diversos ríos que tuvimos que atravesar bajaba helada. La temperatura durante todo el recorrido fue de unos 10 grados, con rachas de viento que bajaban varios grados la sensación térmica. Hago un inciso para lanzar un aviso a navegantes: la temperatura en la zona del Dovre, en los meses de julio y agosto, suele rondar los 8-10 grados, por lo que conviene salir a caminar con la ropa adecuada. La vez anterior que estuve recorriendo parte del Camino de Nidaros, en septiembre del 2010, nevó copiosamente.
Además, una vez coronado el punto más alto de la ruta empezó a llover con ganas de diluvio. Parte del camino de bajada se convirtió en un entretenido barrizal. Llegamos a Fokstugu chorreando, con una tiritera importante, y nos dieron la mala noticia de que no tenían alojamiento para esa noche. No sé qué sucedió a continuación, pero acabamos metidos en una pequeña capilla con un grupo de alemanes entra bastante y muy católicos, rezando las novenas en noruego con un libro de salmos en las manos. La sacerdotisa, de riguroso negro y alzacuello, no acababa de conciliar un ojo con el otro. Durante segundos que se hacían eternos, cerraba los ojos y se sumía en un estado de duermevela para abrirlos de repente. Argumentos para novela de Stephen King.
Al acabar el asunto nos acercaron a Furuhauglie, el siguiente albergue del camino a escasos cinco kilómetros, donde pasamos la noche con la estufa puesta intentando entrar en calor y secando la ropa para el día siguiente. La cabaña de madera era ciertamente acogedora, con capacidad hasta para cinco personas. Y el precio sobre los 60 euros, lo que no está nada mal. La cena rápida, a base de sobres de salmón, filetes de caballa y pan. Y pronto a dormir que había que madrugar para la etapa del día siguiente. Mañana os cuento.
Las fotos de esta entrada están hechas con una Fuji XS-1 que estoy probando estos días. Son JPEG directos, sin tocar nada. Las foto con paisaje otoñal las hice en un viaje anterior, en septiembre del 2010. En este caso están hechas con una Nikon D700.















Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



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Que buen treking que te “pegaste” eh! … un fantástico lugar con un paisaje precioso!
Gracias por compartirlo!, un saludo.
Alfonso, ha sido una experiencia impresionante. Al caminar por la naturaleza, establecemos relaciones muy particulares con ella.
Como me hubiera gustado acompañaros!! Tal como lo cuentas y con las fotos en como un reencuentro con la libertad….
David, han sido días muy duros, pero también emocionantes. La naturaleza noruega bien vale el esfuerzo.
puedo preguntarte qué mochila has usado para que no te calara el agua?, saludos!