Dados los últimos acontecimientos, he decidido aparcar algunas entradas previstas y dar prioridad a Ecuador, un país simpático, con una biodiversidad como pocos en el mundo: uno puede desayunar en la selva, comer en un volcán e ir a bañarse por la noche en la playa. Un país tan atractivo como para que algunos hayan decidido emigrar allí. En las próximas tres entradas contaré, en palabras y con imágenes, mi experiencia en La Avenida de los Volcanes.

 ECUADOR – LA AVENIDA DE LOS VOLCANES (1 de 3)

Han pasado doscientos años desde que Alexander von Humboldt bautizara a una parte de los Andes ecuatorianos como Avenida de los volcanes. Sus palabras de entonces todavía tienen vigencia: «En las montañas está la libertad. El mundo está bien en aquellos lugares donde el ser humano no alcanza a turbarlo con sus miserias».
El maletero de la terminal terrestre se había despedido con un inquietante «buen viaje, que tengan suerte». Nada más salir de Quito supe a que se refería. Los retrovisores del bus estaban forrados de lana roja, color a juego con el desvencijado cuero de los asientos. El elevado volumen del reggaeton dio paso al más elevado volumen de las películas de artes marciales. Mientras Jackie Chan repartía hostias, no paraba de subir y bajar gente ajena a los abalorios que colgaban de todas partes: rosarios, adhesivos del comando paracaidista y la foto de la nieta emigrada a España vestida de sevillana. En Ecuador, la parada del bus está donde alguien alza la mano y cuantos más viajeros, más ingresos. Echan a los pasajeros con el bus en marcha y sólo aminoran si el que solicita parada es anciano o lleva niños a la espalda. Mientras, el cobrador no para de decir: «Atrás hay sitio, no me sean malitos». Entre cestas de huevos, un orondo culo aplastado contra mi brazo y un chaval sentado en su estéreo, llego a Otavalo. Cuando el bus comienza a alejarse el mensaje escrito en su parte trasera llama mi atención: Si me pasas dile a tu ñaña (hermana) que ya vengo.

A las seis de la mañana ya están puestos los gallos y demás bestias en el mercado de animales.

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Los gritos de los chanchos hacen de despertador y el vigor matutino de alguno de los animales pone la nota graciosa mientras los indígenas, venidos desde toda la provincia, observan con indiferencia más pendientes de los volcanes Imbabura y Cotacachi que del espectáculo erótico vacuno. Al rato, el olor a comida me recuerda que no he desayunado. Los vendedores llaman la atención al grito de caserito para los locales y un condescendiente «a la orden amigo» para el extranjero. Compro unos buñuelos hechos de harina y un nosequé naranja (sic) en palabras del chico que me los vende. Están ricos. 
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El mercado de artesanía de Otavalo, a base de aparecer en las guías, se ha convertido en un desfile de extranjeros vestidos de último superviviente y que compran productos que algunas veces son ecuatorianos. Cuando está a punto de vencerme el sueño veo un alacrán en mi habitación. Si fuera Bear Grylls me lo hubiera despachado de cena, pero tan solo nos prometemos mutuamente tener una noche tranquila y no molestarnos. Por la mañana, los dos seguimos en el mismo sitio donde nos acostamos. Desde Otavalo hay un par de excursiones que merecen la pena: tras un agradable sendero entre eucaliptos se encuentra la Cascada de Peguche y a los pies del volcán Cotacahi tenemos la Laguna de Cuicocha, también conocida como Laguna de los Dioses.

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6 Comentarios a “ECUADOR – LA AVENIDA DE LOS VOLCANES (1 de 3)”

  1. Tengo pendientes muchas cosas de Ecuador. Me están entrando ganas de ir.

    Me encanta la de la novia en el "tejado de concreto".

    Impaciente por leer la segunda parte.

  2. ¡Qué bueno Rafa! Las fotografías y el texto no tienen desperdicio. Me quedo con la de los cirios en la iglesia por el contraste de luces.
    Parece que la situación en Ecuador se normaliza, como era de suponer. A ver los próximos días.

  3. Jordi, a mí me entran ganas de volver. La novia es una niña de comunión.

  4. Sí, Valentí, parece que todo se normaliza. Se lo merecen, es un país impresionante que en buenas manos…
    Recibe mucho menos turismo que Cuba y su embargo, tiene narices. Un buen proyecto de desarrollo de turismo sostenible haría de Ecuador un lugar mucho más prospero y los ecuatorianos a lo mejor buscarían las oportunidades en su propio país.

  5. mmmmmmmmm demasiado tarde me di cuenta de lo mucho que me gusta viajar, yo se que vuestra vida es dura y que aguantáis cosas que yo no quisiera o no podría resistir pero al ver las fotos y leer lo que contáis, tu y los que han comentado antes que yo, la verdad es que la imaginación se me dispara y me dan ganas de salir con lo puesto a correr mundo. tarde me pilla, con la vida ya más que a medias, una salud regular, responsabilidades etc etc de modo que por lo menos seguiré leyendo y así me da la impresión de que ya estoy corriendo por el planeta. Esto debe ser un largo circunloquio para decir que se me come la envidia, pensará alguno, y es cierto, pero también la sincera admiración.
    Un abrazo, Rafa.

  6. frikosal, supongo que es parte de la función de estas bitácoras virtuales, ayudarnos a viajar un poco. No sé si alguna vez podré ir a la Isla de Pascua, pero cada poco tiempo recurro a sus fotos y escritos de su breve experiencia allí. Son unos minutos en que tengo la plena sensación de sentir la brisa marina, la magnanimidad de los moais y la belleza de la Vía Láctea.
    A mí también me pilla tarde para hacer otras muchas cosas, pero procuro buscarlas para satisfacer a mis pantagruélicas ganas de aprender. Es entonces cuando me tropiezo con espacios como el suyo.
    Así que no se haga mala sangre. Al final, supongo que buscamos complemetarnos con lo que otros tienen o han vivido. ¿No es una maravillosa forma de compartir?

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