Bajo mis pies, adoquines mojados y decenas de hojas que iban muriendo a mi paso. Pisándolas, me sentía como Othar. Orgulloso. Cada gota de lluvia contaba y se empeñaba en ser analogía de mi particular clepsidra. Era otoño, pero no un otoño cualquiera. Era esa clase de otoño que se gusta en las tardes lluviosas de Bruselas.
La vista perdida por las sábanas todavía calientes pero clarividencia en el pensamiento. No había llegado hasta allí para echarme atrás: iba a ser infiel.
Durante mucho tiempo sus fotografías me habían hecho compañía en la cama, ahora iba a conocerla. Miradas indiscretas, sensuales anhelos, eróticos sueños a los que por fin dar forma. Allí estaba ella. Sí, ella. Femenino singular.
Repasando las diferentes corrientes arquitectónicas nunca he tenido claro con cuál de ellas podría establecer paralelismo con el hombre. Quizás el románico. Tosco, duro, pero capaz de albergar en su interior la belleza de un Pantocrátor. También la frialdad de una cripta. Lo que sí tengo claro es que la mujer sería puro Art Nouveau. Belga para más señas. Había conocido a otras de las que apenas recuerdo sus nombres pero sí sus caras. Bajo diferentes lenguas y seudónimos se escondieron; Sezession, Floreale, Liberty, Modernismo, Jugendstil. Pero ninguna denotaba esa sensualidad en el nombre, menos aún en el porte. Víctor Horta decía que el arte debía tocarse. Acariciarse digo yo. Convertir ese encuentro, ese bis a bis, en una experiencia sensitiva, sensorial.
Ella me acepta. Su barandilla se desliza entre mis dedos mientras mi cuerpo responde. Sus ojos policromados me miran fijamente. Tiemblo. Gustav Klimt me había presentado a mujeres parecidas, pero ella las superaba a todas. No supe que decir. Ansiaba llegar a ese monte con nombre de diosa, pero me faltaban las palabras. Los hechos, el tacto, hicieron el resto. Me dio su amor sin condiciones a sabiendas de que era efímero. Cuando ella murió no se volvió a crear belleza. La llegada del Art Decó supuso el principio de la decadencia del arte. No volvió a haber mujeres como ella después de los inicios del siglo XX. Por las noches, entre mis libros, melifluos recuerdos de enamorado se duermen conmigo.
MARRUECOS ME LLAMA
La semana que viene salgo para Marruecos donde pasaré las próximas semanas hasta que me recoja el de El almendro para volver a casa. Alex Webb (tuve el privilegio de ser su alumno) me contaba que la primera vez que fue a Cuba sintió algo especial, la necesidad de volver una y otra vez a la isla. A mi me pasa lo mismo con Marruecos. Cada vez que visito el país descubro cosas nuevas y me sigo emocionando con las conocidas; el canto del almuédano, la música gnawa, sus medinas, los artesanos, todos sus olores, los cuentos bereberes, el té a la menta…
Me atrae descubrir que poco o nada ha cambiado el país que conocieran Ali Bey, el Moro vizcaíno, Foucauld y tantos otros.
Tengo la costumbre de documentarme cada vez que hago las maletas. Quiero saber que hay, quién ha estado antes o las leyendas del lugar. En definitiva, obtener datos que enriquezcan el reportaje, la sal y la pimienta e incluso tirar de un hilo que acaba formando una nueva historia. Para este viaje a Marruecos he consultado apuntes, mis propias fotos de anteriores viajes, repasado libros y también he leído alguno nuevo. Alguno de ellos un poco tostón pero con datos interesantes (omitiré título y autor/a), otro fascinante: Viaje a Marruecos de Charles de Foucauld y otro hilarante. De este último comentaré. Se trata de los Recuerdos marroquíes del Moro vizcaíno de José María de Murga. Citaré textualmente un apunte al inicio del libro y una nota sobre Erratas.
El apunte
“El autor renuncia generosamente a la propiedad de su obra y, por lo tanto, no perseguirá con todo el rigor de las leyes al que la reimprima; antes bien, si alguno tiene tal humorada, promete protegerle comprándole unos cuantos ejemplares.”
La nota sobre Erratas
“Este libro las tiene garrafales, pero no me tomo el trabajo de indicarlas, pues tengo mis razones para ello. Primera (y basta y sobra) porque he visto constantemente que nadie las corrige antes de empezar una lectura, sino que lo va haciendo a medida que el sentido o el conocimiento del lenguaje se las dan a conocer. Si esto sucede aun con los libros científicos o con aquellos cuyo contenido es de lo más interesante, ¿podré yo esperar que suceda otra cosa con el mío?
Mis lectores de aquende y allende el Estrecho tomarán en cuenta ésta y otras razones, que me han ahorrado un trabajo inútil y engorroso, y no pensarán en pedir peras a un olmo que no las podría dar.
¡Que la Cruz y la Media Luna los protejan!”
Con una sonrisa y en magnífico estado de ánimo emprendo el viaje. Quiero compartir mi almuerzo en un desvencijado bus camino de Tánger donde buscaré la ciudad canalla que vivieron escritores como Bowles, quiero comer pescado en Essaouira, tomar un té en Meknes mientras los lugareños disfrutan de un partido de la liga española o francesa o perderme en la medina de Fez. Pero sobre todo quiero ir a Marruecos para sentirme fotógrafo. Para que mis fotos vuelvan a moverse y que luego me pueda decir la gente que esa foto está movida.
UN TRABAJO PARA MARILÓ
Una persona busca trabajo. Tiene amplia experiencia en diferentes campos administrativos (RR.HH, comercial, producción), así como 10 años de experiencia en una empresa de servicios informáticos. Amplio dominio del inglés.
Con este CV no debería ser difícil para alguien encontrar trabajo. Pero ese alguien se llama Mariló, por lo tanto mujer, y recién termina un tratamiento contra el cáncer.
Se ha hablado en diversas ocasiones de la empatía y la humanidad del fotógrafo Tino Soriano. Los que conocemos a Tino sabemos que esas dos cualidades están incluso por encima de su trabajo fotográfico. Tino ha trabajado en ocasiones anteriores y sigue haciéndolo en reportajes sobre el cáncer. Y ayer nos presentó a toda la blogosfera a Mariló y su hija Ámber.
Recientemente se ha hablado del poder de difusión de los blogs y las redes sociales. Seguro que hay alguien con un trabajo para Mariló, que se encuentra ya en condiciones de incorporarse. El mail de Mariló es [email protected]
Para conocer más de cerca a Mariló, por favor, enlazar con la entrada en el blog de Tino Soriano.
EL RELATO EN UN DIENTE DE AJO
Hoy he leído el libro Los cínicos no sirven para este oficio de Ryszard Kapuściński. El libro está estructurado en tres partes, pero por interpretación, cuando no alusión directa, es la tercera la que aplico a la fotografía o al fotoperiodismo más concretamente. En El relato en un diente de ajo se establece un diálogo entre el periodista polaco y el escritor John Berger, autor de los ensayos Mirar y Modos de ver, dos de los próximos libros que leeré. Antes, la elección de los títulos de mi biblioteca respondía a impulsos o apetencias. Desde hace algún tiempo dejo que sea el propio libro el que me conduzca al siguiente. Pero vayamos al grano. O al diente de ajo. En la última entrada del blog Enfocant, Maria Rosa Vila habla de dilemas morales en el ejercicio del fotoperiodismo. En este libro se habla del relato, de la crónica del periodista. Pero aplicado a la fotografía tendríamos que lo contrario de ese relato fotográfico no sería el silencio, sino nada; el olvido. Esos relatos constituyen un altavoz permanente para aquellos que viven en un mundo sordo o ciego en el caso de las imágenes. Pero donde pone el dedo en la llaga, en este caso Kapuściński, es en que por regla general se ignoran las fotografías, normalmente por exceso de ellas. Para comprender las fotografías es imprescindible la participación activa, la figura del creador activo. Cada historia necesita dos componentes: el autor y el observador, la bilateralidad del arte. Y ahora viene el quid de la cuestión y no puedo estar más de acuerdo. La crisis en el fotoperiodismo no viene determinada por la crisis de los fotógrafos sino por la de los lectores. No hay lectores-observadores a la altura de los magníficos trabajos que se realizan en todo el mundo. Sin un lector a la altura el fotoperiodismo no puede existir. Aquí habría que extenderse en la manipulación de los medios de comunicación, especialmente los televisivos, pero eso da para otra entrada. Otra de las conclusiones del capítulo nos invita a hacer caso cuando una fotografía nos habla. La fotografía exige de nosotros un plus de atención, de concentración, no en cuanto a la técnica, menos en cuanto a la biografía del autor. Simplemente atención a lo que se ve en la foto, a lo que nos cuenta. Sólo con la debida atención podemos conseguir que la experiencia del autor vuelva a la vida a través de nuestros ojos. Ponen como ejemplo una fotografía de August Sander comentada en el ensayo Mirar de Berger. Es la foto de unos campesinos húngaros vestidos de domingo. El ojo que no escucha hablar a la fotografía ve simpleza en la imagen. John Berger hizo una disquisición para obtener un interesante análisis. Mediante la relación entre el cuerpo y los trajes llegó a la conclusión de la incomoda situación para los campesinos, con un cuerpo no adecuado a esa vestimenta.
La única relación entre esta fotografía y la entrada es la de que gran parte de la carrera de Kapuściński se desarrolló en África en torno a la situación política en el continente. Sirva la burla de la cabra (click para ampliar) al dictador gambiano Yahya Jammeh como mi humilde y discreto homenaje al trabajo del gran periodista polaco fallecido en el año 2007.

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


