jun 112010


En unos días, tras una fugaz visita a Cerdeña, estaré de nuevo en Marruecos visitando Tetuán y Tánger. La entrada de hoy no la escribo yo. Ya lo hizo Ali Bey hace algo más de doscientos años. En su libro Viajes de Ali Bey hablaba sobre la música en Tánger. Pese a lo que cuenta, creo que volveré a emocionarme con el canto del almuédano.
Aquí os dejo con sus palabras:

«La música de Tánger tiene poco que halagar, aun a los oídos menos delicados…
Compónese la música de un tambor grosero… y dos músicos groseros armados de dos dulzainas más groseras aún que sus personas, que queriendo tocar a un dísono con instrumentos desacordes, toman cada cual su movimiento diferente.
Es imposible que estos dulzaineros puedan contar con larga existencia, atendiendo lo que gastan las fuerzas al tocar sus instrumentos: sus carrillos se hinchan extraordinariamente; y a pesar de un cerco que los cubre 2 ó 3 pulgadas alrededor de la boca arrojan mucha saliva; el vientre está tirante y duro por la forzada y violenta expansión del viento que emplean, lo cual indica cuánto deben fatigarse.
Ya he dicho que los tales instrumentos van siempre acompañados de un tambor, cuyo ronco sonido se deja oír cada cuatro o cinco minutos, pero más ordinariamente de minuto en minuto…
Los músicos acompañan casi siempre los casamientos, circuncisiones, cumplidos de felicitación y fiestas de pascua; pero no son admitidos en las mezquitas, y su profesión para nada entra en los actos del culto. Tal vez temerán, como decía un viajero, hacer despertar al Eterno sobresaltado.»

Un par de entradas del blog para el que quiera saber un poco más de anteriores visitas al país:

LOS SUEÑOS DEL TEATRO
CONCLUSIONES DE UN VIAJE AL MAGREB

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Ha muerto Antonio Vega. Y con él un poco de ese Peter Pan que se resiste a abandonarme, un poco de esa idealización que tendemos a hacer de tiempos pasados.
Aún recuerdo (cada día) aquellas sudorosas noches en las que calmábamos la sed de mundo en horteras barras de discoteca. Tras infundirnos hepatológico castigo, cuando ya nos habíamos bebido hasta el agua de los floreros, sonaba La chica de ayer. Era el momento de bailar y saltar en corro, jurar amistad eterna, escupir cuanto te quiero y berrear uno de nuestros himnos de juventud.
Luego llegarían tiempos en los que realizar aquellas cosas para las que se suponía, era mucho suponer, que debíamos sentar la cabeza. Aquellas pausas llenaron de enormes espacios los encuentros con aquel puñado de amigos, borrachos ahora de nostalgia y con promesas de encuentros todavía por cumplir. Y llegada una edad ya se sabe. Esos encuentros se reducen a bodas y más tarde a funerales. Con la llegada de las nuevas tecnologías y esos miles de canciones en un Ipod, las palabras de Antonio Vega ocuparon lugar destacado. Sin ser un gran cantante, pero dándolo todo componiendo, se convirtió en uno de los compañeros de viaje que me ayudaban a llenar esas horas muertas en un hotel. Sus canciones me han hecho disparar una foto más, subir un poco más alto, en definitiva, luchar por lo que siempre creí. Yo no pude ser compañero de viaje, tampoco de viajes, de Antonio Vega. De viaje por imberbe. De viajes quizá por lo mismo. Las drogas que marcaron la vida de Antonio lo fueron de las generaciones precedentes. Era una época en la que se crearon las condiciones idóneas para que la heroína viajara por las venas y se apropiara de los sueños de tantos.
Tras su muerte, escuchando sus canciones, es la nostalgia la que me lleva a escribir. Nostalgia iluminada por la tenue y puñeteramente verdosa luz de un fluorescente. Atrás quedaron aquellos brillantes neones puestos a nuestras ganas de comernos el mundo. O por lo menos otra de pulpo y ribeiro en Galicia. Es verdad, hay que aceptar cambios beneficiosos con el paso del tiempo. Cronos no es tan hijoputa. Si bien son cambios que buscamos nosotros, generalmente en el ámbito del hedonismo. La hamburguesa de cerdo que te comías antes se ha convertido en presa de ibérico a la esencia de tomate raf, pincelada de mostaza Dijon y cebollita chalota glaseada, sabemos que la Cabernet Sauvignon hace un coupage fantástico con la Shiraz y no con cola para hacer calimocho y corre peligro la yugular del camarero que ose servir garrafón en nuestra copa. Bueno, corre peligro hasta las tres de la madrugada cuando ya todos los agujeros son trincheras y se mata a Epicuro para rendir pleitesía al de Opá, voy a hacer un corral.
En fin, tiempos de Carpe Diem que, parafraseando a Antonio Vega, son días que no volverán. Pero por favor, vamos a reírlos a menudo.
A través de la ventana, siempre de un hotel, se pierde la mirada. Quizás algún día haya chica de ayer. Quizá sean ellos, los chicos de ayer. Y por fin podamos vernos todos.

Post Scriptum
Oye, una ocurrencia en plan cabrón, ¿alguno ha pensado que nuestras niñas serán las chicas de ayer del mañana? Pero eso es otra historia de la que ya hablaremos.

Un abrazo a todo el que quiera.

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