¿Por qué nos empeñamos con tanta frecuencia en visitar siempre los mismos sitios? El viaje que me ha llevado por Auvernia ha servido para tener una primera impresión de esta región francesa. Al viajar sin prejuicios, ni ideas preconcebidas -siempre debe ser así, pero si se tiene poca información de un sitio aún es más latente-, cada lugar visitado es una nueva sorpresa; la de Puy-en-Velay fue mayúscula. Mientras escribo sobre esta localidad, incluida en la lista de Le plus beaux villages de France, escucho el CD Le son de l’Auvergne, vol. 3, que me traje de allí. Una recopilación de música vinculada de un modo u otro a la región. Bien porque los músicos han nacido allí, viven, o se sienten inspirados de alguna manera por esas tierras. Más sorpresas en cada corte.
Cuando tuvieron lugar las últimas erupciones en la región, quedaron repartidas por toda la zona una serie de chimeneas volcánicas, hoy protuberancias coronadas por iglesias. La capilla de Saint-Michel es la representación más perfecta de esos pasteles con guinda. Le Puy-en-Velay, concretamente la place du Plot, es el punto de partida de la vía podiensis, uno de los caminos que llevan a Santiago. La localidad respira peregrinaje, se nota en las fachadas, se ve en los gastados adoquines de la calzada. Siendo muy diferentes, encontré algunas similitudes con otra localidad jacobea en Francia: Saint-Jean-Pied-de-Port.
Como lugar importante en la ruta a Santiago de Compostela, no podía faltar una iglesia que estuviera a la altura. Nunca mejor dicho. Llegados a la rue des Tables, donde las encajeras salen al olor del visitante para hacer demostraciones de la complicada artesanía del encaje de bolillo, la calle se pone cuesta arriba.
Tras 134 peldaños, la puerta de la catedral de Notre Dame du Puy. Se lo tomaron con calma, más de 200 años empleados en construirla. Eso sí, les quedó muy bonita, muy románica. Antes de cruzar la puerta, una curiosidad. En la puerta de madera lateral, de más de 800 años de antigüedad, hay una inscripción que dice Alá es grande. Para rebatir la herética inscripción, se trajeron la mesa volcánica de un dolmen, la llamaron la Piedra de las Apariciones, y empezaron a contar que sobre ella apareció la Virgen. Aunque los peregrinos le hacen más caso a la estatua de Santiago.
Al mínimo rayo de sol, las terrazas de la localidad presentan overbooking. Las de la antes mencionada place du Plot, son casi un escaparate donde mostrar modelos de gafas, camisas o zapatos, donde la gente ensaya poses nihilistas a la hora de pedir una cerveza. Un poco más tranquila es la place du Martouret, antaño ocupada por una activa guillotina.
En el restaurante de François Gagnaire, tras probar las lentejas de la región, pasadas por el acertado estilismo de un cocinero con estrella Michelin, llega el turno de un curioso queso, elaborado con partes iguales de leche de vaca y de cabra. Para la maduración se utilizan unos bichitos llamados artisous (lo correcto es decir microorganismos, pero bichos es más sensacionalista) que se pueden observar con una lupa, retozando a sus anchas. Si les dejaras acomodarse, en seis meses no habría queso.
El colofón a la cena lo pone la Verveine, que no es ningún baile popular, ni siquiera una zarzuela, sino el licor extraído de una hierba de la que William Faulkner dijo que era el único olor con el que los caballos no perdían un rastro. Sidoine Apollinaire lanzó un órdago en el siglo V al decir que cuando los extranjeros llegan a Auvernia pierden el recuerdo de su patria. Yo creo que eso pasa a menudo cuando viajas con billete de vuelta. Y Auvernia no es mal sitio para perderlo.
El precio no debe ser un obstáculo para visitar la región de Auvernia. La compañía easyJet tiene vuelos a Lyon (aeropuerto en la región vecina) desde Madrid y Barcelona a partir de 22,99 euros por trayecto.
Más información sobre Auvernia y Francia en los siguientes enlaces:
Atout France















Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


