Durante muchos años, La Coruña ha jugado un papel ¿conveniente? de ciudad de provincias que no le correspondía. Me explico. Hablamos de una ciudad que tuvo su época de esplendor cuando fue puerto del Imperio antes incluso que Sevilla. Felipe II dio algunos paseos a sus anchas por la ciudad, junto al actual hotel Finisterre, donde hoy juegan al paddle mozos de moreno persistente y cuello vuelto en la camisa.
Desde la ventana de la habitación puedo ver el lugar donde los barcos de la Armada casi Invencible hicieron escala, cuando andábamos a palos con los ingleses. No llegaron muy lejos. Algún siglo más tarde, aquellos ingleses que persiguieron a nuestros barcos fueron aliados contra la causa napoleónica y enviaron a John Moore para echarnos una mano. En su retirada, el escocés que no inglés, pierde la vida en el barrio de Elviña sin llegar hasta los barcos de la Royal Navy que le esperaban en puerto. Los barcos han vuelto, ahora son cruceros cargados de ingleses que llegan hasta el jardín de San Carlos para encontrarse con el fantasma de Lady Hester Stanhope, aquella versión femenina de Indiana Jones que pudo ser novia del héroe enterrado en el jardín. En la tumba de Moore nunca faltan las ofrendas, coronas inglesas, españolas y hasta francesas, de perfectas flores de plástico, para que nunca vuelva a sentirse solo como le dejó escrito Charles Wolfe: “We left alone with his glory”.
De ahí pasamos al regreso de los indianos que, al contrario que sus vecinos asturianos, siempre trataron de pasar desapercibidos. Aquí no había escuela, ni dispensario, ni siquiera un triste bronce sobre el que se cagaran las palomas en memoria del filántropo de turno. Excepto al acabar la calle Real, donde la ciudad se pone abrigo y sombrero, elegante, altiva, con algo de soberbia en el aliño. Por allí nos encontramos con el edificio del Banco Pastor, uno de esos mamotretos de cemento construidos por imperativo, como se solía hacer en pretéritas épocas de dudoso esplendor. Hasta la Segunda República, fue el edificio más alto de España y todavía hay señoras que se paran mirando hacia el cartel, suspirando como quien mira al actor de moda, pero soñando en realidad con un yerno que trabaje en el banco. Las burguesías decimonónicas que llegaron de América dejaron un bonito legado en los alrededores de la plaza de Lugo: el modernismo gallego, preciosista, pero sin grandes alardes como seña más identificable del coruñés.
Otro buen ejemplo de esa discreción es la Marina, ahora la cara más reconocible de la ciudad. Sus clásicas galerías con ventanas de guillotina fueron siempre la parte de atrás de la casa, el lugar donde almacenar trastos. Hoy son cotizados palcos de la melancolía en los que ver amanecer y atardecer con más frecuencia de lo que la gente cree. No siempre llueve en Galicia. Y cuando lo hace, muchas veces cae ese orballo que tan estupendamente sienta por estas tierras. Porque si hay una tierra con mitos, tópicos, leyendas y meigas, esa es Galicia. El próximo día desmitificamos al gallego.
Si necesitas más información sobre la ciudad, visita la página de Turismo de La Coruña

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


