El vuelo procedente de Tenerife me había dejado en Barcelona bien entrada la noche para pasar apenas unas horas en casa. El ritual, no por conocido resultaba menos agotador: una maleta deshecha de madrugada para dejar espacio a la ropa limpia, un despertador que suena a las tres horas de haberme acostado, el Cercanías con salida a las 05.55 con destino Barcelona, la incertidumbre de una parada más larga de lo normal para dejar paso a un convoy de mercancías, el Ave con destino Madrid Puerta de Atocha que no espera, pero consigo llegar dos minutos antes del cierre del control de acceso; un metro a Barajas y el vuelo de EasyJet que tenía que llevarme a Lyon, punto de llegada para recorrer la vecina región de Auvernia. El Speedy Boarding, sistema de embarque rápido de EasyJet, me evita la tediosa cola. Mientras sigo las mil veces vistas instrucciones de seguridad, pienso si todavía habrá alguien que quiera llevar la maleta de un freelance. Sin una idea clara de si aeropuerto o estación, si norte o sur, llego puntualmente a Lyon donde me doy de bruces con otro de esos ataques de megalomanía de Calatrava, que ha dejado firma y onerosa factura en la estación del TGV anexa al aeropuerto.
Pero todo ese ajetreo iba a tener su recompensa al final del día. Si acabamos la semana pasada viendo cómo se vivía en un castillo en la región del Tarn, empezamos una nueva dando un salto en el mapa de Francia para dormir en un castillo de estilo Luis XVI en la región de Auvernia. El Château la Canière fue construido para que la familia Bérard de Chazelles conservara las colecciones de Antoine Lavoisier, padre de la química moderna. Tras morir el señor de la casa, toda la instrumentación y los libros de Lavoisier fueron llevados a diferentes museos. Aunque uno quiere pensar que se dejaron olvidado algún tomo entre los cientos de libros de la biblioteca, algunos muy interesantes sobre astronomía.
Esa noche el cielo estaba precioso, con la luna en fase creciente e iluminada por la luz cenicienta. La poca contaminación lumínica del lugar me permitió ver a Orión en su esplendor a primera hora y, ya muy avanzada la madrugada, a las preciosas Altair y Vega. El castillo está situado (casi) a los pies de la cadena volcánica que sesga Auvernia. La propiedad ha ido cambiando de manos, estando en algunas tan dispares como las de un centro de acogida para jóvenes con problemas con las drogas que realizaron la mayor parte de las pinturas que decoran el castillo, o una asociación que resultó ser una secta. Su actual propietario, Marc Monier, certificó el uso como establecimiento hotelero cuando le concedieron la cuarta estrella. Como allí también estaban Drymartinez, laviajeraempedernida, laloliplanet, Viajablog y misviajesporahi, por un instante me sentí el dueño del castillo esperando invitados. Con el batín y las pantuflas, el vino recién decantado y música clásica en el gramófono.
Tengo que reconocer que cené con cierta prisa, quería disfrutar de esa habitación de un tamaño cercano a la felicidad que me habían asignado. Y además estaba la bañera, reservada para la mañana siguiente como escenario para esa manía que tengo de ver siempre amanecer. Mientras se llenaba la bañera, se empezaba a intuir el perfil de la cadena volcánica, con el Puy de Dôme, conocedor de épicas tardes a pedales, como cumbre más reconocible. Con una mezcla de prudencia por la temperatura del agua y placer según iba introduciendo el pie, me disponía a vivir un momento que todos sois capaces de imaginar. Así que play en el Ipod y off en la crónica.
El precio no debe ser un obstáculo para visitar la región de Auvernia. La compañía easyJet tiene vuelos a Lyon (aeropuerto en la región vecina) desde Madrid y Barcelona a partir de 22,99 euros por trayecto.
Más información sobre Auvernia y Francia en los siguientes enlaces:
Atout France









Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


