Otro bus folclórico me lleva hacia el sur. La obligada parada en Quito me sirve de excusa para visitar el casco histórico de la capital, de estilo colonial. Una placa en la Plaza de la Independencia recuerda que fue de Quito desde donde había partido la expedición de Orellana en busca del País de la Canela y que acabó dando nombre al río Amazonas. La ciudad, crecida a la falda del Pichincha, está acostumbrada a dormir al borde del precipicio. La última erupción del volcán, hace apenas una década, llenó de ceniza toda la ciudad. Por suerte, la lava se fue por la otra ladera.
Algunas de las haciendas tradicionales del país se han convertido en agradables alojamientos rodeados de algún volcán o de cuatro, como en el caso de la Hacienda Umbria en Machachi. Entre los volcanes Corazón, Cotopaxi, Illinizas y Rumiñahui iba a pasar los próximos días. Desde que había llegado a Ecuador me levantaba temprano, más que de costumbre. El día en Ecuador tiene, invariablemente, doce horas y otras tantas la noche, por lo que antes de las seis de la mañana hay que amanecer. Al rato espera mi anfitrión Álvaro que, cesta en mano, me invita a recorrer los terrenos de la hacienda en busca de las setas para el risotto de la comida. Tras el ágape es Abril, una de las yeguas de la cuadra, la que me lleva hasta un campo de orquídeas junto al volcán Corazón. Por la noche llega el momento de compartir emociones y un estupendo pinot noir chileno junto al fuego. Las historias y leyendas sobre los chagras pusieron el punto final a un día memorable.
Cuando en otro de los buses de colección llegué a Latacunga estaba amaneciendo en Moscú. Por tanto, era hora de cenar: un plato de guatita (callos), un par de empanadillas de verde y un delicioso jugo de tomate de árbol. Al día siguiente esperaba la Ruta Quilotoa. La mayor parte de la ruta que llega hasta la laguna en el cráter del volcán se puede recorrer en vehículo. Por encima de las nubes aparecen, como puntas de iceberg, las cimas del Cotopaxi y Los Illinizas.
Mi chófer, Gustavo, me va contando la historia de las comunidades vecinas y leyendas en torno a ellas. Gustavo es maestro de escuela y además maneja un taxi. O el pluriempleo o la emigración y ya fue a despedir a demasiados me cuenta con la vista puesta en la carretera. El descenso a pie hasta la laguna no lleva más de treinta minutos. El ascenso es otra historia. A más de 3.900 metros de altitud cada paso se piensa. Existe la posibilidad de subir en burro, pero tras ver al famélico animal decido regresar a pie no vaya resultar que sea yo el que acabe cargando con el équido. La última parada de la ruta, en la pequeña localidad de Tigua, me da la oportunidad de conocer a Alfredo Toaquiza, el más famoso de los pintores naïf.
La primera parte aquí.



Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Decididamente tengo que volver. Conozco algunos de estos lugares, pero no la parte de los volcanes Cotopaxi e Illinizas.
La fotos, estupendas.
Totalmente recomendable, Jordi. Yo tambiém tengo ganas de volver.
Rafa!
… encantado de re-asomarme y mebershippearme a tu blog
Un abrazo
Miguel
Un abrazo, Miguel. Nos iremos cruzando por estos caminos virtuales.