Hace algunos meses, me encontraba realizando un encargo para la revista Descobrir. Tenía que hacer las fotografías para el dossier central de la revista, un amplio reportaje de 50 páginas sobre la comarca de l’Alcoià (Hoya de Alcoy). Estuve durante un par de semanas dando vueltas por la comarca, fotografiando castillos, paisajes, alojamientos rurales, gente conocida vinculada a la comarca. Mis dos últimos días coincidían con la fase de luna nueva, por lo que me planteé hacer unas fotos nocturnas, de largas exposiciones, para jugar con las estrellas. La localización ya la había hecho meses antes en otro encargo que me llevó a recorrer toda la provincia de Alicante. El lugar escogido era la Cava Arquejada o Cava Gran de Agres (aunque hoy pertenezca a la comarca de El Comtat, el territorio fue parte del Alcoià histórico), un antiguo pozo donde almacenaban nieve para luego extraer hielo para la conservación de los alimentos. El nevero, de la segunda mitad del siglo XVIII, es el más interesante de los muchos repartidos por la provincia porque conserva los arcos de la bóveda. Desde el Santuario de Agres parte el sendero PR-CV-27 que lleva hasta el refugio del Montcabrer y de allí a la cava. No es una distancia demasiado larga, pero el ascender por el interior de la montaña hizo necesario librar un desnivel de casi 600 metros. Era el mes de febrero y, pese a que el día había sido soleado, había que preparar bien la noche. Las temperaturas, aunque no estaba previsto, podían bajar hasta la parte negativa del termómetro. En el ascenso me acompañaba el equipo fotográfico, el trípode, la tienda, el saco, ropa térmica y de recambio para sustituir la ropa sudada del ascenso. También algo de comida y agua. Al llegar al nevero, un elemento inesperado casi me hace desistir: habían cubierto toda la estructura con una red para una próxima rehabilitación. Nada que una subexposición no pudiera arreglar. Me quedé. El tiempo desde que cayó el sol, sobre las 6 de la tarde en esa época del año, hasta las 10 de la noche que tenía previsto empezar a hacer las fotos, se hizo un poco largo. Paseos para entrar en calor, un poco de pan con atún para cenar, montar la tienda y marcar los encuadres. Las exposiciones iban a ir entre 45 minutos y 1.30 horas. Entre disparo y disparo me metía en la tienda, envuelto en el saco, con una alarma por si me dormía. Debían ser las 3 de la madrugada cuando escuché un ruido de piedras chocando y de movimiento de tierra, como si estuvieran excavando. Al momento ya se escuchaba el inconfundible gruñido del jabalí, de los jabalíes. Probablemente el miedo, el silencio y la noche acortaron las distancias, pero hubiera jurado que no estaban a más de 15-20 metros de mi tienda. Mi reacción fue la de ponerme el frontal, conectar también la linterna y hablarles. Mi Ipod no tenía altavoces, si no les hubiera puesto música como hizo el amigo frikosal con el zorro. Vamos a llevarnos bien, no mováis el trípode y un poco más lejos también hay comida, fueron las frases utilizadas para ahuyentarlos. Funcionó. La revista, sin conocer la historia, tuvo a bien publicar una de las fotos a doble página.
ago 152011



Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.

