Tenía una deuda pendiente con Irlanda, mayor todavía con su capital. En la época en que pintar en la mesa del instituto era considerado como algo necesario, sin más, ya que no se había generalizado el término cool, siempre había hueco para U2 e Irlanda. De aquellos años me quedaron el odio por el amoniaco con el que te hacían limpiar la mesa y la promesa de que algún día visitaría el país de aquel grupo de irreverencias estudiadas. Durante los años, se fueron añadiendo motivos que hicieron la carga cada vez más pesada: James Joyce, Oscar Wilde, Roddy Doyle y las películas que de sus trilogía se hicieron (The Commitments, The Snapper y The Van).
Han tenido que pasar veintidós años para que por fin me quitara ese peso de encima. Así que durante las pasadas fiestas de San Patricio me planté en Dublín. El 17 de marzo, temprano, me encontré por la calle con un tipo mitad Robert de Niro mitad Carlos Fabra inaugurando aeropuertos, que dijo ser el susodicho santo. Me saltó con el rollo del trébol que no es uno sino trino, diciendo que llegó con su cristianismo para hacer ver su error a todos los adoradores de ídolos o cosas sucias y que, hoy en día, le profesan más devoción al barman del garito del barrio. Las horas previas al desfile, la tozuda lluvia irlandesa amenazó con deslucir el gran día. Aguantó. Aunque he podido conocer la ciudad superficialmente, ya que una gran fiesta le da un aspecto muy diferente a cualquiera, me atrevo a decir que Dublín rara vez se pone la máscara de gran capital.
La gente paseaba desde primera hora con grandes ramos de flores, los músicos afinaban los instrumentos y se ensayaban una vez más las coreografías. Los primeros en desfilar fueron los miembros de la policía con sus perros adiestrados, con el mismo porte que nuestra cabra, enhiestos, orgullosos. Luego llegaron las bandas de música con su orden obsesivo y, por último, los que prefieren llamar performance a los desfiles. Para romper la marcialidad y acabar con el desfile, ni siquiera un rompan filas. Se acaba y punto. El si bebes no desfiles pierde todo su sentido cuando el rumbo es tu bar preferido. Ahí empezaba el caos. Chicas con shorts asfixiantes, cigarros a escondidas y bailes junto a un músico empeñado en las versiones de U2; vagos por deporte con los codos del jersey gastados, señores que empezaban a beber como bohemios sabiendo ya desde el primer sorbo que la resaca iba a ser de vuelta a casa a tientas. Menos mal que la luz del amanecer trata a todos por igual: al borracho y al workaholic, al montón de basura y al arte contemporáneo. Luego ya vendrá la luz del mediodía a joderlo todo y poner a cada uno en su sitio.
Y luego están los que estamos de paso, los que hacen gasto en el Temple Bar, uno de eso barrios que poco a poco han ido cambiando el olor a orines por cupcakes con chocolate de fresa. Aunque en asuntos de pintas, el Temple Bar no admite medias tintas. La Meca de los estudiantes de Erasmus con ambiciones es la barra más grande de la ciudad, donde la dignidad se va aparcando a medida que van cayendo las pintas de cerveza y aumentan las visitas al excusado. Aunque tal como explicaba en el Decálogo para un correcto uso de San Patricio, hay que ir con los deberes hechos y las marcas de cerveza estudiadas. Voy a poner un ejemplo de diálogo de un periodista cualquiera que no hubiera aprobado el examen:
Una cerveza, por favor.
¿De qué marca?
Esa misma. (señalando con el dedo)
Era sidra. Me la bebí.
Doy fe que también lo intenté con la Guinness, visitando incluso el museo. Un asunto nacional al nivel de la propia bandera, no podía quedarse fuera de la charla con el taxista de camino al aeropuerto. Me preguntó si había probado la Guinness y, yendo más allá, si me había gustado. Como Farrington, uno de los dublineses de Joyce, le respondí: “No creo que sea justo que usted me pregunte eso a mí”.

Si queréis ver más fotos de San Patricio, podéis visitar esta galería.














Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Saint Patrick! Que buenos recuerdos! la “parade” la vi pocas veces pero las fiestas en casa y pubs inolvidables!
La próxima en Irlanda a la costa oeste! de lo más bonito y sincero que he visto por el viejo continente!
Una gran fiesta, Quique
Muy, pero que muy divertidas Rafa
Gracias, Pau
Dublín tiene un mucho de español. Más de una vez lo he pensado después de descubrir que acudir solo a los pubs no era ningún problema. Al otro lado de la barra o en perpendícular a mi codo siempre había alguien deseando entablar agradable y educada conversación. Si no fuera por sus excesivos precios, sería una buena ciudad para vivir.
Otras recomendaciones made in Ireland:
-La pelicula Once de John Carney.
-El libro Dublinesca de Vila Matas.
Un abrazo.
Muchas gracias por las recomendaciones, JR. Les echaré un vistazo
Precioso blog con unas magníficas fotografias.
Saludos.
Muchas gracias, Juan
Lo mismo, Rafa, todavía recuerdo cuando salio “the Joshua Tree” y las carpetas forradas de U2…suerte buscada la tuya, yo todavía tengo pendiente la visita.
Por cierto, la tradición de Saint Patrick me ha pillado en Viena y por aquí también todos de verde
David, creo que es una de las fiestas que celebran en más lugares del mundo.