En la anterior entrada nos habíamos quedado en una especie de introducción a una isla de Tenerife sin toalla. Como sé que si no os explico algo de las alternativas al sol y playa, vais a salir corriendo con el bote de bronceador, aquí vamos con lo que fue mi última visita a la isla. La primera cruz en el mapa la iba a marcar cerca de Icod de los Vinos, en la Cueva del Viento. La cueva es la quinta mayor del mundo en terreno volcánico. Si tenemos en cuenta que las otras cuatro están en Hawai y nos queda poco a mano, se puede considerar a la Cueva del Viento como la única joya geológica de estas características a nuestro alcance. La cueva abrió al público hace tres años, pero se formó un poco antes. Concretamente hace 27.000 años (perdonad que no anotara el día) como producto de las primeras erupciones del Pico Viejo. El recorrido se hace en grupos de un máximo de catorce personas y está limitado el número máximo de visitas.
Para preservar las características de la cueva y de las más de 190 especies animales, invertebrados en su mayoría, no hay luz artificial instalada en el interior de la misma, por lo que proveen de frontales a los visitantes. Uno de los momentos más impresionantes de la visita es cuando te invitan a apagar el frontal y quedarte unos segundos en silencio.
De Icod de los Vinos me fui hacia el acantilado de Los Gigantes, en esa parte de la isla que casi garantiza el sol durante todo el año. Porque ese es otro de los mitos de Tenerife, debido en parte al hombre del tiempo. Y en Canarias buen tiempo. Con esa frase acababa siempre “el parte” y se quedaba tan ancho. Pues eso, que saliendo de ese sur nos encontramos con la panza de burro, esa nube que llega empujada por los alisios y va dejando poco a poco esa lluvia horizontal que tan bien le sienta a la laurisilva. Pero estábamos en Los Gigantes, donde había quedado con la gente de El Cardón para navegar en kayak junto al acantilado y luego subir al barco de apoyo para ir a avistar cetáceos.
Hubo suerte con el delfín mular. Varios ejemplares, con una cría, pasaron varias veces por debajo de la embarcación y nos acompañaron en parte de la navegación. Me quedé con ganas de probar otra opción muy interesante: llegar haciendo senderismo por el barranco de Masca y recoger al final los kayaks para navegar por la zona. Por la tarde llegó la ruta en BTT.
Un descenso de 17 kilómetros hacia el volcán Chinyero. He visto bicicletas de muchas clases, hubo una época en la que tenía tiempo de salir en bicicleta de montaña y alguna cosa me quedó. Las máquinas que MTB-Active puso a mi disposición -no es del todo cómodo viajar con tu propia bicicleta en avión- son las mejores que he montado.
La ruta tuvo de todo: sol, lluvia, niebla al adentrarnos en el mar de nubes, lavas negras de la erupción del Teide, un bosque en el último tramo con una alfombra de flores amarillas (no conozco el nombre de esa flor que aparece en una de las fotos. Si alguien lo sabe que lo deje en un comentario).
El último tramo del descenso fue a degüello, intentando demostrar que el que tuvo retuvo, hasta que llegó una curva que casi se me indigesta. Al final, descarga brutal de adrenalina y ganas de volver a hacer ese recorrido o cualquier otro de los ¡más de 40! que tienen identificados. No hubo tiempo para más, por lo menos de día. Empezaba a caer la noche y esperaba una de las actividades que todo el mundo debería hacer de vez en cuando. El próximo día os cuento.
Os dejo los datos de las empresas con las que fui realizando las actividades por si necesitáis más información.
Web de la Cueva del Viento
Kayak y avistamiento de cetáceos: El Cardón
Ruta en BTT: MTB-Active
Más información de la isla de Tenerife en el siguiente enlace.




















Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


