EL CAFÉ HAWELKA
Viena es Stefan Zweig y viceversa. Unas veces mencionada directamente y otras por intuición, la ciudad austriaca es el fondo de muchos de sus relatos y tiene un lugar destacado en El mundo de ayer, sus memorias. Los barrios estudiantiles, los libreros de viejo como el entrañable Mendel, el primaveral paseo de la prostituta Lise por el parque del Prater, los edificios que desearían tener una habitación donde una desconocida escriba su carta y cafés como el Gluck. Todos forman parte de la literatura del escritor al que le asustó el mundo y no pudo soportarlo. Todos los lugares, sin excepción, siguen en Viena. Buscando ese café Gluck doy una y otra vez con mis huesos en el Café Hawelka. Da igual hacia dónde vaya, de dónde venga, pero cada vez que visito Viena acabo sentado en una de las mesas del Hawelka. Y como siempre (deseo que todavía), el señor Leopold sigue sentado en su mesa donde siempre lo encuentro desde hace una docena de años, aunque me consta que él lleva muchos más allí. Esta vez sólo cambia su semblante, la mirada perdida hacia el lugar donde se encuentra la compañera de su vida. Lamentablemente, Josefine ya no saluda a los clientes uno por uno al llegar la noche y relevar a su marido. Sí saluda Leopold. El ritual no por mil veces visto deja de ser entrañable. Se le acerca algún muchacho con fotográficas intenciones, el señor Hawelka arrima la bandeja con su perenne vaso de agua y sonríe. He aprendido a disfrutar de la soledad en este lugar que parece escuela de lobos esteparios. Parte de mis sueños viajeros se han gestado allí, bajo el entramado del techo y su característico tono conferido por el humo de miles de cigarrillos, humo al que sólo allí consigo acostumbrarme. Todo el que quiso ser algún día, el que fue, el que es, ha pasado por el Hawelka. Y lo seguirán haciendo. Uno de los hijos se acerca a Leopold para besarle. Le admira. Mientras el padre ríe, cómplice, pensando quizá que es un pesado, pero en el fondo encantado de que la gente le devuelva una parte del cariño que él lleva dando gratis, como el segundo vaso de agua, toda la vida. Mientras, otro cliente pide un buchteln, ese bollo esponjoso del que el argot ha tomado prestado el nombre para significar algo falso, carente de consistencia.
Extracto del artículo “Viena fuera de carta”

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


No he estado nunca en Viena, pero leyendote dan ganas de ir.
frikosal,
Viena es una ciudad que he visitado no menos de diez veces. La primera visita, durante un interrail, me decepcionó profundamente. Fue un primer contacto superficial con la Viena Imperial.
Cada vez que he vuelto a Viena ha aumentado mi fascinación por esa ciudad. Sus cafés, su CULTURA (Klimt, Schiele, Zweig, Hundertwasser… la lista es interminable), su oferta enogastronómica y unos precios muy interesantes. En resumen, mimos para ese punto hedonista que todos tenemos.