Viene de la primera parte

Acueducto de Segovia 02 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

El barrio judío, lo que queda de él, está reservado para los viajeros más curiosos. La historia de esas callejuelas sigue el esquema de otras juderías: un grupo de judíos quería cometer perjurio con la sagrada forma pero la hostia adquiere a tiempo una extraña habilidad voladora, léase milagro, y escapa por una de las rendijas del templo. Curiosamente, los encargados de consagrar la hostia, por tanto testigos del episodio, fueron los nobles que tenían cuentas pendientes con los comerciantes hebreos. Hasta aquí la primera parte. En la segunda ya intervienen los Reyes Católicos dictando edictos y llenando de flechas y yugos la ciudad.

Segovia Antigua Sinagoga Mayor 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Segovia Plaza Mayor 02 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Segovia Plaza Mayor 01 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Sirva la reina Isabel I de Castilla para que lleguemos hasta la plaza Mayor. En un rincón aparece la iglesia de San Miguel, donde fue coronada contra el viento y marea de La Beltraneja. Ser hija bastarda no ayudaba demasiado en aquella época. La plaza Mayor es la de más acento castellano, una plaza que pertenece a los segovianos. En todos sus defectos reside su encanto. Balcones y ventanas desiguales, como desencajadas; dudosa verticalidad de algunos de sus edificios, muchos de ellos apoyados en el vecino como para no caerse; un concierto de piano en Negresco 25 como apetecible contrapunto a los cánticos de un grupo de imberbes que buscan vivir una noche memorable. La plaza también fue de toros, todos tenemos un pasado. Ya por la mañana es de los niños, que corren entre las acacias y juegan a conquistar el templete que a sus ojos es castillo.

Segovia Teatro Juan Bravo 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Si seguimos dando la espalda a la Catedral -una vez nos enfrentemos a ella no veremos otra cosa- encontraremos el edificio del Ayuntamiento, como guinda de todo el pastel de soportales que sostiene a la plaza. Como Dama de la Catedrales conocen al principal templo de la ciudad. Dama por lo coqueta, con los pináculos bien peinados, la piel dorada y el estilismo de los Gil de Hontañón. El interior alberga generosas raciones de luz segoviana convenientemente teñida por las vidrieras policromadas y el que pasa por ser el primer libro impreso en España: el Sinodal de Aguilafuente de 1472.

Segovia Plazas de San Martin y Medina del Campo 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Segovia Palacio de los Condes de Alpuente 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Segovia Parroquia de la Trinidad 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)
No convienen las prisas al pasar por el barrio de las Canonjías, ya habrá tiempo de llegar al Alcázar. En la calle de los Desamparados vivió durante una mayoría de edad Antonio Machado. En su estancia en la ciudad formó parte de la Universidad Popular y su Patronato de Misiones Pedagógicas, que iba por los pueblos con reproducciones de cuadros de El Prado, libros y música para educar a la gente. El cuarto que ocupó el poeta era el más frío de la casa, allí dejó la frase “Blanca Hospedería, celda de viajero, con la sombra mía”. En otra de las estancias de la casa encontramos libros que el régimen consideró disolventes, pesimistas, liberalizantes, escépticos, además de anarquistas y antipatrióticos: Baudelaire, Goethe, Kant y Aristóteles fueron algunos de los autores denostados. Al salir de la casa me encuentro con la deliciosa librería de viejo Torreón de Rueda. Escondido entre muchos libros aparece César para enseñarme las curiosidades que hay en las estanterías.

Segovia Pension de Antonio Machado 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

Segovia Libreria Torreon de Rueda 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (2 de 3)

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Acueducto de Segovia 01 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Érase una ciudad a un acueducto pegada. Indisolubles, sin saber muy bien cuál es el apéndice, si la ciudad o el monumento. Tan alargada es la sombra que mucha de la gente que llega a Segovia apenas pasa de sus arcos, quedándose en la piel de esa postal resultona. Desgranamos los motivos por los que merece la pena quedarse en Segovia.
Haciendo la habitual recopilación de notas tras la visita a una ciudad, llego a las páginas de Segovia y me encuentro con una interesante judería, pinturas románicas, algunos de los mejores artesonados conservados en España. También hay un concierto de piano en un café, recuerdos de Antonio Machado y una Nariz de Oro emprendedora. Por último un trozo de papel aparte que dice: “Insistir en la calidad de la luz en este rincón de la piel de toro”. Se me olvidaba. Muy al final también aparecen un acueducto, el Alcázar, la Dama de las Catedrales y el cochinillo: tetralogía monumental (incluido el cochinillo) para el recorrido iniciático de las escapadas breves.

Segovia Catedral Dama de las Catedrales 01 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Alcazar de Segovia 01 332x500 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)Alcazar de Segovia Trono Reyes Catolicos 332x500 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Del Azoguejo hacia arriba, por la calle Real sin detenerse apenas, si acaso para asomarse a alguno de esos escaparates tradicionales que se dan codazos con las franquicias encargadas de vestir a las Lolitas de hoy. Una vuelta por la Catedral y de un salto hasta el Alcázar, que se está haciendo tarde y Cándido ya ha sacado el cochinillo del horno. Una leve impresión de esta elegante ciudad castellana. Si detenemos la película, rebobinamos y bajamos los frames por segundo, empiezan a aparecer los detalles.
La plaza del Azoguejo tiene un cierto deje de la época en que la picaresca era un arte. Lejos quedan los tiempos en que Lope de Vega decía que corría más vino por abajo que agua por arriba. A la plaza entras pasando entre los arcos del acueducto, mirando hacia arriba de reojo y acelerando un poco el paso, como cuando pasas por debajo de una escalera. Sin argamasa, le oigo decir a una guía mientras los más incrédulos se acercan a tocar la piedra y buscar entre las rendijas.

Segovia. Casa de los Picos 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Tienda de souvenires en Segovia 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Plaza de San Martin con la estatua de Juan Bravo 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

No sé qué pensarían hoy los romanos al ver convertida una de sus mejores obras de ingeniería en la leyenda de una muchacha que tentó al diablo. Pero bien es sabido que entran mucho mejor ese tipo de historias bien condimentadas por los guías que el aceite de ricino de pesos, medidas y leyes físicas. Son tres los segmentos que hacen falta para dar enjundia a la calle Real: Cervantes, Juan Bravo e Isabel la Católica. Antes de desembocar en la plaza Mayor nos topamos de frente con la casa de los Picos, ornamento utilizado para requerir la atención del transeúnte y condenar al ostracismo al judío y al verdugo que habían dado nombre a la propiedad con anterioridad.

Segovia Valle del Eresma y Casa de la Moneda 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Lucio del Campo en Segovia 332x500 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)

Los diferentes tramos de la calle Real utilizan las plazas a modo de bisagras. Las siamesas de San Martín y Medina del Campo son buenos ejemplos. Bajo la atenta mirada de Juan Bravo, el comunero que plantó cara al rey dual junto a Padilla y Maldonado, monta su chiringuito Ángel Román Allas, el último minutero de España. Ahora ya, los años pasan, sólo sale algunos sábados y los domingos, un rato, cuando hace buen tiempo. Hoy en día que cualquier artilugio está cargado con una cámara de fotos, él se empeña en seguir midiendo distancias y encerrándose bajo el paño a revelar como se ha hecho siempre.

Segovia Vista desde Zamarramala 500x332 Segovia. Un paseo sin prisas (1 de 3)
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Merida  Puente romano sobre el Guadiana Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (3 de 3)

A Santa Eulalia se le atribuye la niebla que cubre la ciudad en diciembre y que no deja ver a tres pasos. Uno de los trece martirios de la santa la obligaba a pasear desnuda por la ciudad. Pero claro, el Altísimo no podía permitirlo y cubrió la ciudad con un espeso manto. Aunque si le preguntas a un meteorólogo probablemente te cuente otra cosa.
El circo romano de Mérida es uno de los pocos en los que podemos apreciar toda la planta. Quintuplicaba el aforo del teatro y los espectáculos eran financiados, con frecuencia, por el político de turno que aprovechaba los espacios entre carrera y carrera de cuadrigas para introducir sus mensajes electorales. Otros espacios que merece la pena visitar son el mosaico de las Medusas en la Asamablea de Extremadura y la casa del Mitreo, que conserva un espectacular mosaico cosmológico.

Merida  Mosaico de las Medusas en el antiguo hemiciclo de la Asamblea de Extremadura Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (3 de 3)

Aunque la diversión formara una parte esencial de la vida romana, también tuvieron que hacer de Mérida una ciudad de provecho. Los pantanos de Proserpina y Cornalvo, aún en funcionamiento, traían el agua a través del acueducto de los Milagros. La mayoría de piezas importantes de la época romana encontradas en Mérida y alrededores, tienen un digno espacio donde lucirse en el Museo Nacional de Arte Romano, un edifico obra de Rafael Moneo. En el interior, la luz va cambiando a lo largo del día.

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Merida Museo Nacional de Arte Romano 05 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (3 de 3)

Merida Museo Nacional de Arte Romano 04 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (3 de 3)

Hay visitantes que destacan la arquitectura, otros que buscan un lugar donde hablar del último (otro más) partido del siglo y al salir no saben muy bien dónde han estado, otros que necesitan apoyarse en columnas para hacerse una foto o meter sus manazas en lo alto de un friso. Los vigilantes les llaman la atención y bien llamada. Ya se sabe la destreza que tenemos en cargarnos obras milenarias en apenas un segundo. La cabeza de Augusto, una de las joyas del museo hecha en mármol del bueno, tiene las orejas de soplillo bajo la percepción de un visitante anónimo.

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El museo consta de varias plantas, con protagonismo destacado para los galácticos de la época en lo que al culto se refiere, la conocida como triada capitolina: Júpiter, Juno y Minerva. Pero también hay sitio para el culto imperial y, a escondidas, un poco de sincretismo con Diana, Marte o Mercurio.
Si hay saturación de Roma, podemos dar un paseo por lo que dejaron visigodos y árabes: el museo de Arte Visigodo, en la antigua iglesia del convento de Santa Clara, y la Alcazaba árabe. Desde la parte alta de la muralla se tiene una de las mejores vistas del puente romano y del de Lusitania, obra de un Calatrava que también derramó ego por estas tierras. Tras el esplendor, vino la época en que Mérida no fue más que un puente por el que cruzar el Guadiana, hasta que llegó el ferrocarril para devolverle el papel de nudo de comunicaciones que había tenido con los romanos. De Mérida partía la Vía de la Plata, que conectaba las dos Augustas: Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga), también salían rutas hacia Córdoba, Lisboa, Zaragoza y Valencia.

Merida Museo Nacional de Arte Romano 08 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (3 de 3)Merida Museo Nacional de Arte Romano 09 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (3 de 3)

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Merida Teatro romano 02 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

El teatro de Mérida es el único de los espacios romanos que ha recuperado su función primigenia. En su momento abandonó las representaciones porque el cristianismo, que fue ganando adeptos, consideraba las representaciones inmorales. De aquellos polvos estos lodos, así que en esas estamos. No hay más que ver el cristo que se montó el pasado verano con la foto de un cartel del Festival de Teatro Clásico, foto que puso en marcha el contador de las horas que le quedaban a Blanca Portillo al frente del evento. Junto al teatro, acabado pocos años más tarde, se encuentra el anfiteatro. Éste sí, de mayoritaria aceptación por el pueblo. Las luchas entre gladiadores, entre animales o de los unos con los otros, tenían mucho más morbo que los que recitaban a Ovidio. Y en esas seguimos estando.

Merida Anfiteatro romano 01 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Merida Anfiteatro romano 02 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Una de las habitaciones del anfiteatro pudo estar dedicada a la diosa Némesis, a la que los gladiadores, cual toreros, se encomendaban antes de saltar a la arena. Hoy las preferencias han cambiado y es Santa Eulalia la que genera más simpatías entre los emeritenses. A la santa le levantaron capilla, con la sorpresa añadida de la cripta que se encontraron al hacer las últimas reformas. Santa Eulalia también tiene romería y la principal calle de la ciudad.

Merida Cripta de Santa Eulalia 01 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Merida Cripta de Santa Eulalia 02 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

La calle Santa Eulalia coincide en trazado con el Decumanus e incluso conserva un pedazo de la antigua calzada romana y los restos de las correspondientes tabernae, visitables en el interior de la sala Decumanus hecha con aportaciones del proyecto Mecenas, que implica a los ciudadanos en la conservación del patrimonio a cambio de entradas a los monumentos o descuentos en viajes entre otras ventajas. Si comercial fue el uso de esta calle en época romana, en eso se ha quedado.

Merida Calzada romana en la calle Santa Eulalia Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Merida Restos de tabernae romanas en la calle Santa Eulalia Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Por la calle Santa Eulalia bajaban las mujeres vestidas de domingo para que les tiraran los tejos. El piropo, como el comercio tradicional, tiende a su desaparición con la proliferación de las franquicias que se empeñan en hacer de nuestras vidas fotocopias. Aunque si se rasca un poco todavía nos encontramos con la heladería Los Valencianos o con Feliciano Becerra e hijos, que fue la antigua tienda de ultramarinos Zancada y aún conserva mosaicos de marcas comerciales en la fachada.

Merida Comercio tradicional Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Merida Casa Benito Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

Metidos ya en la plaza de España, escondida bajo unos pequeños soportales, está la confitería Gutiérrez. Desde el año 1827 envuelven los caramelos a mano y preparan tartas, sin aditivos ni conservantes me insiste la dependienta. Hay tradiciones que no deberían perderse. Santiago Carrasco, el último de la peña del Tutú, se empeña en mantener viva la de pinchar la pitarra. Antiguamente, una rama de olivo señalaba el lugar donde servían vino con alguna cosa para picar. El día de la patrona vuelven a servir ese vino clarete con algún que otro grado de más, acompañado de todas las cosas que prohíben los médicos. Pese a que Santiago sólo invita al alcalde, sea del partido que sea, cada año se acercan hasta su propiedad más de doscientas personas.

Merida Pinchar la pitarra Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (2 de 3)

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Merida Plaza de Espana Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Antes, mucho antes de que se inventaran nuestras costas como soleado asilo para jubilados de media Europa, Mérida acogió a los soldados eméritos que habían contribuido a hacer grande la Hispania romana. Eran tiempos en que ubérrimas tierras podían más que promesas de sol, playa y espetos de sardinas. Los distintos escenarios romanos hacen que hoy sea posible darse un paseo por Roma sin salir de Extremadura.
Fundada en el año 25 a.C. por el emperador Augusto, la ciudad, como otras romanas, se planteó como un damero. La idea del Ensanche barcelonés de Cerdà no es invento reciente y ya lo romanos construían sus colonias como quien dibuja una cuadrícula, creciendo alrededor de sus dos calles principales: el Decumanus Maximus y el Cardo Maximus. Si Mérida no hubiera sabido conservar el patrimonio que le legaron los romanos, sería una ciudad insulsa, incluso tirando a fea.

Merida Circulo emeritense Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Merida Ayuntamiento Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Merida Rio Guadiana Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Pese a que los visigodos y los musulmanes también dejaron su huella, las generaciones sucesivas se encargaron de ir desmontando lo que hacían las anteriores hasta que la ciudad se puso a crecer descontroladamente. Los restos de otras culturas no eran sino material para edificar las nuevas, hasta que llegó el sentido común y la Unesco para ponerles freno. Mérida es una ciudad que se visita de salto en salto en el mapa, pero pasear por uno solo de los escenarios donde se vivieron tragedias, comedias, luchas y pasiones, ya hace que merezca la pena acercarse hasta la capital extremeña. Y luego está el Museo Nacional de Arte Romano, al que poca gente le dedica el tiempo que merece, y que por sí solo compensa con creces una visita a la ciudad.

Merida Museo Nacional de Arte Romano 01 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)Merida Concatedral de Santa Maria la Mayor Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Pero vayamos por partes. Cuando encargan la fundación de la colonia a la avanzadilla de pensionistas, buscaron el mejor lugar para ello, al abrigo de dos ríos como barreras naturales: el Guadiana y el Albarregas. Lo siguiente fue la construcción de una muralla, que los sucesivos pobladores se encargaron de adaptar a sus necesidades. Una vez instalados, eran necesarios todos los espacios que daban sentido a una ciudad romana en condiciones: había que darle al pueblo el pan y el circo que hiciera más llevadero su día a día.

Merida Alcazaba arabe Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Merida Cisterna de la Alcazaba arabe Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)
Menéndez Pidal, el arquitecto que dirigió la reconstrucción del teatro, lo llamaba “Príncipe de los monumentos emeritenses”. Bajando las escaleras que se dirigen hacia la escena es complicado hacerse una idea precisa de la época de esplendor. Ya no llegan los aplausos desde la cavea de miles de almas entregadas a la propaganda y el autobombo del gobernante de turno. El graderío, con capacidad para 6000 personas, estaba dividido en tres zonas en función de la clase social, aunque la plebe era más de circo y anfiteatro. El frente de la escena es la parte más espectacular y mejor conservada, con todos los elementos necesarios para la facilitar la verborrea de los guías: sillares recubiertos de mármol, columnas de perfecto corintio, capiteles, arquitrabes, friso y cornisa rematando. Las esculturas que podemos ver hoy en día son réplicas de las originales que se pueden ver en el MNAR. Representan a Proserpina, Plutón y Ceres, que llevaba asuntos tan dispares como la agricultura y la fecundidad.

Merida Teatro romano 01 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

Merida 10 Mérida. Un paseo desde Roma a Moneo (1 de 3)

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