Viene de la primera parte
El barrio judío, lo que queda de él, está reservado para los viajeros más curiosos. La historia de esas callejuelas sigue el esquema de otras juderías: un grupo de judíos quería cometer perjurio con la sagrada forma pero la hostia adquiere a tiempo una extraña habilidad voladora, léase milagro, y escapa por una de las rendijas del templo. Curiosamente, los encargados de consagrar la hostia, por tanto testigos del episodio, fueron los nobles que tenían cuentas pendientes con los comerciantes hebreos. Hasta aquí la primera parte. En la segunda ya intervienen los Reyes Católicos dictando edictos y llenando de flechas y yugos la ciudad.
Sirva la reina Isabel I de Castilla para que lleguemos hasta la plaza Mayor. En un rincón aparece la iglesia de San Miguel, donde fue coronada contra el viento y marea de La Beltraneja. Ser hija bastarda no ayudaba demasiado en aquella época. La plaza Mayor es la de más acento castellano, una plaza que pertenece a los segovianos. En todos sus defectos reside su encanto. Balcones y ventanas desiguales, como desencajadas; dudosa verticalidad de algunos de sus edificios, muchos de ellos apoyados en el vecino como para no caerse; un concierto de piano en Negresco 25 como apetecible contrapunto a los cánticos de un grupo de imberbes que buscan vivir una noche memorable. La plaza también fue de toros, todos tenemos un pasado. Ya por la mañana es de los niños, que corren entre las acacias y juegan a conquistar el templete que a sus ojos es castillo.
Si seguimos dando la espalda a la Catedral -una vez nos enfrentemos a ella no veremos otra cosa- encontraremos el edificio del Ayuntamiento, como guinda de todo el pastel de soportales que sostiene a la plaza. Como Dama de la Catedrales conocen al principal templo de la ciudad. Dama por lo coqueta, con los pináculos bien peinados, la piel dorada y el estilismo de los Gil de Hontañón. El interior alberga generosas raciones de luz segoviana convenientemente teñida por las vidrieras policromadas y el que pasa por ser el primer libro impreso en España: el Sinodal de Aguilafuente de 1472.

No convienen las prisas al pasar por el barrio de las Canonjías, ya habrá tiempo de llegar al Alcázar. En la calle de los Desamparados vivió durante una mayoría de edad Antonio Machado. En su estancia en la ciudad formó parte de la Universidad Popular y su Patronato de Misiones Pedagógicas, que iba por los pueblos con reproducciones de cuadros de El Prado, libros y música para educar a la gente. El cuarto que ocupó el poeta era el más frío de la casa, allí dejó la frase “Blanca Hospedería, celda de viajero, con la sombra mía”. En otra de las estancias de la casa encontramos libros que el régimen consideró disolventes, pesimistas, liberalizantes, escépticos, además de anarquistas y antipatrióticos: Baudelaire, Goethe, Kant y Aristóteles fueron algunos de los autores denostados. Al salir de la casa me encuentro con la deliciosa librería de viejo Torreón de Rueda. Escondido entre muchos libros aparece César para enseñarme las curiosidades que hay en las estanterías.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


