De sobras es conocido el axioma que dice que en un cruce de caminos en África encontraremos un mercado. Es domingo, Farafenni está en mitad de la Transgambiana, blanco y en botella… mercado. Desde muy temprano llega gente de todas partes para vender sus productos en esta encrucijada de obligado paso entre una y otra parte de Senegal. Orondas mujeres lucen sus mejores batiks que parecen competir en estridencia cromática. Venden mangos, pescado ahumado, cuerdas y telas. Entre mil cosas más.

En la ribera norte abundan los monumentos megalíticos, como los círculos de piedra de Wassu. No hay unanimidad entre los expertos acerca del significado de estas formaciones que adquieren el característico color rojizo debido al alto contenido en hierro de la laterita, el material empleado en su construcción. Una de las hipótesis más extendida, debido a la cercanía de cementerios, es la de su posible vinculación con ritos funerarios.

Por suerte, al llegar a Kuntaur el trayecto continúa en barco. Mis posaderas y mi estómago se quedan sin comprobar si es cierto que el segundo tramo de la carretera norte deja como autopista a la carretera sur. Un viejo velero y su ruidoso motor me llevan río arriba junto a una humeante taza de ataaya, ritual wolof para el té a la menta. El brebaje hace milagros en mi revuelto estado y la charla fluye animada con los tripulantes que me indican que debo beberlo en tres veces. Del primer vaso se dice que amarga igual que la muerte, del segundo que es dulce como la vida y el último, dulce como el amor. Todos reímos cuando el cocinero cuenta que hay amores más amargos que el primer trago.

Las frágiles cayucas que navegan por el río sirven para todo, desde el que la utiliza para pescar o llevar a la familia hasta el que transporta hortalizas o la bicicleta, pero siempre con el ojo puesto en la cercanía de los hipopótamos, el animal que más hombres mata en África tras el mosquito. El tañido de una kora, instrumento ya citado por Mungo Park, recibe nuestra llegada al campamento de Janjangbureh, la antigua Georgetown. Muy a lo lejos, el horizonte dibuja una tormenta tropical que tarda unos minutos en llegar y otros pocos en desaparecer. El calor tras la tormenta llama a los mosquitos para la cena, la de ellos y la de los murciélagos que los esperan en las ramas. Un djembé golpeado con frenesí avisa a las mujeres de Lamin Koto que comienzan a danzar extasiadas, hasta que con las últimas llamas se extinguen también sus ánimos.

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Hasta hace pocos años lo único que había oído del país es lo que Mecano cantaba en su Blues del esclavo: «…o esto cambia o “tos pa” Gambia». El país más pequeño de África lleva algunos años recibiendo turismo, principalmente del norte de Europa, y toda la vida vinculado a un río. Y es que Gambia es poco más que eso, unos pocos kilómetros de tierra a ambas orillas del río homónimo, que no van más allá de los ochenta en el punto más distante entre las dos fronteras con Senegal.

Los caprichos del colonialismo quisieron que Gambia estuviera bajo control británico hasta 1965. Los ingleses habían llegado tres siglos antes para instalarse en James Island y controlar desde allí el tráfico de esclavos hacia América. Hoy los afroamericanos llegan en peregrinación a la aldea de Juffureh en busca de sus Raíces, donde los reciben los supuestos descendientes del Kunta Kinte que inspiró el personaje de la obra de Alex Haley, aunque luego el autor achacara a un error de sus asistentes el tremendo parecido de la vida de su personaje con el protagonista de El africano de Harold Courlander.

En el puerto de Banjul, el trasiego de mercancías, animales y personas, no necesariamente vivas, es frenético. Cuando piensas que es imposible que carguen más el ferry que cruza hasta Barra, aún siguen empujando. Cabras que vuelan, una niña con una bandeja de fruta sobre su cabeza y un taxi con un féretro en la baca forman las últimas piezas del Tetris que, pienso, debe flotar de milagro. Ya en tierra, el primer tramo de la carretera que recorre el norte de Gambia no se parece en nada a la accidentada carretera sur, donde en temporada de lluvia lo que parece un charco puede ser en realidad un proyecto de piscina donde nade tu vehículo.

Al otro lado de la ventanilla se suceden las imágenes a modo de documental. En los campos de arroz, las mujeres ataviadas con llamativos pareos y sus hijos a la espalda, trabajan la tierra deseando que ésta sea un poco más benévola en la próxima cosecha. Quizá se lo pidan al baobab. En un país de inmensa mayoría musulmana también tienen cabida tradiciones ancestrales y ritos animistas como los que se celebran en torno al árbol invertido que parece luchar por alcanzar el cielo. Tras ver decenas de ellos me acuerdo de El Principito y su miedo a que el pequeño planeta estallara debido a las raíces del baobab.

Atrás ha quedado la pesada cantinela de los bumsters. Ese amigo, amigo sin amistad en busca de sacarle unos dalasi a los turistas. El asedio al que se ve sometido el viajero en las localidades costeras se atenúa a medida que avanzan los kilómetros, hasta que llega a desparecer. En una de las paradas del trayecto, otras palabras llegan a mis oídos, más agradables, más melódicas y más en otro idioma. Sin embargo, no consigo adivinar de dónde provienen las voces. De repente varios niños salen corriendo de entre los manglares, mojados y al grito de toubab, toubab… La entrada de agua salada en el río Gambia hace posible que encontremos manglares hasta doscientos kilómetros río arriba. Unos troncos hacen de improvisado trampolín donde los niños compiten para ver quien realiza la acrobacia más espectacular. Por supuesto, siempre pendientes de que el toubab (blanquito) capte el instante con su cámara, a la que acuden raudos tras el salto para verse congelados en tres pulgadas de tamaño. Los niños desaparecen bajo el agua y casi sobre ella. El mimetismo entre las turbias aguas del manglar y su piel hace necesario que unos ojos abiertos o una fila de blanquísimos dientes sonriendo balicen la posición del mocoso.

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