miércoles 18 de febrero de 2009

CANTOS DE SIRENA EN CAPRI


Cuentan que el día del Juicio Final los habitantes de Capri que alcancen el paraíso apenas notarán la diferencia. Musa de literatos y cineastas, la isla es meca de los que convierten el arte de ser vistos en modus vivendi y tan sólo Ulises pudo escapar a los cantos de sirena de este laboratorio del lujo. Hoy las sirenas esperan a su Ulises bebiendo champagne en la terraza del Hotel Quisisana. Sirenas que, como decía Kafka, poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.

Cuando las puertas del funicular se abrieron mi impaciencia se tradujo en empujones para salir corriendo hacia un objetivo claro. Como alma que lleva el diablo, mis piernas desobedecían a la razón y se apresuraban en llegar a la casa de Curzio Malaparte. La decepción fue mayor que la carrera. Vacío. El tejado estaba vacío. La imagen que siempre había asociado a Capri se desvanecía de repente. Brigitte Bardot ya no tomaba el sol en el tejado como lo hiciera en El desprecio de Jean-Luc Godard. Tampoco estaba el libro. Siempre quise saber que letras eran las que apenas tapaban aquel terso culo, culmen de las ensoñaciones eróticas de mis generaciones precedentes. La filmografía clásica ha tenido gran parte de culpa en la promoción de la isla. La piel de Liliana Cavani arranca con un Burt Lancaster que no se fía de la tranquilidad de Capri y donde los soldados sólo ven uvas, el cree adivinar teutones escondidos. Y en Capri, Clark Gable convirtió en memorables algunas de sus intervenciones. Su sentencia sobre la vida en pareja ha quedado para siempre en el Manual del perfecto canalla: «Cuando un hombre ha sido soltero tanto tiempo el matrimonio no es de conveniencia, ni una necesidad. Es sólo un medio para desgravar impuestos».

EL MONSTRUO DE CAPRI

El primero en descubrir las bondades de este enclave en el Golfo de Nápoles fue Tiberio. El Monstruo de Capri, como lo llamó Suetonio, no fue el único apodo que se le conoció al gobernante que hizo de la lascivia bandera. Su plebe cambió la inicial para conocerlo como Biberius (borracho). No faltaban en sus habitaciones ejemplares del Elefántide y los jóvenes spintrias, maestros de la voluptuosidad, correteaban a sus anchas por sus dominios. Cual no sería el grado de degeneración que puso a Tito Cesonio Prisco al frente de una suerte de Ministerio de los Placeres. De su pasado por la isla quedan Vila Jovis y Vila Damecuta, dos de las doce villas que hizo construir.
La bandera que dejó plantada Tiberio la recogió el barón Jacques d´Adelswärd-Fersen. Huyendo de juicios pendientes en París da con sus perversiones en Capri donde construye Villa Lysis, guiño al diálogo platónico entre Sócrates y el joven Lisis que versaba sobre la amistad. Amori et dolori sacrum reza la entrada del lugar en el que se celebraron tardes de absenta y opio que dejaron en anécdota el episodio de Oscar Wilde en el Hotel Quisisana. Fiestas que siempre acababan en la sala de opio con bronceados efebos paseando desnudos entre columnas dóricas. Era una época en que a la muerte no le faltaba fantasía y le sobraban drogas, como la cocaína que acabó con la vida de Fersen y con su empeño de hacer de esa vida una obra de arte.
Pero antes hubo una tiempo en la que la isla no contaba siquiera con un embarcadero y las personalidades que llegaban a Capri eran llevadas a hombros hasta la orilla. Eran las postrimerías del siglo XIX, cuando Capri recibía el último y definitivo impulso que la colocó en el primer lugar de las preferencias de intelectuales y millonarios que saciaban su sed en el mítico Café Zum Kater Hiddigeigei. El nombre respondía a un homenaje al gato filósofo que maullaba como un violín, protagonista de El trompetero de Säckingen de Victor Scheffel.
Todos los personajes que fueron llegando a Capri lo hicieron bajo sus reglas. Es la única explicación que encuentro a la partida de ajedrez que jugaron Lenin y Gorki. Dicen que jugó tratando de convencer al subversivo, pero no deja de ser paradójica la visita de un comunista al lugar donde el capitalismo alcanza ese grado de opulencia que tan bien describió Alejandro Dumas: «En esas villas… todas decoradas de columnas de mármol coronadas por capiteles de oro y terminadas por frisos de ágata, había estanques de pórfido en los que nadan peces plateados del Ganges». ¿Hipérbole o moderación? Hay de todo.

SALÓN DE EUROPA

La Parisienne todavía abre sus puertas en la Plaza Umberto I. La tienda que ha vestido con las sandalias caprese y los Capri pants a Audrey Hepburn, Clark Gable o Jackie Onassis, consiguió que en Hollywood acuñaran la definición «a la moda de Capri». La Parissiene ha sido testigo directo del paso de todos los famosos que algún día se asomaron al Salón de Europa. Salón al que también se asoman los turistas que regurgitan los aliscafi. Turistas que durante un breve espacio de tiempo buscan guardar en su tarro un poco de esa esencia que destila el que ha nacido para lucir palmito por Capri. Algunos tratan de emular en el porte y el vestir a la mismísima Jackie, que hizo de la sencillez elegancia, pero se quedan en una especie de estilo remordimiento europeo. Y rápido, de vuelta al barco. Pernoctar en Capri ya es otra historia. La mayor parte de sus camas se encuentran en establecimientos de cuatro y cinco estrellas. La calma que sigue a toda tempestad me permite asomarme de nuevo a la Piazzetta, como llaman cariñosamente a la Plaza Umberto I, transformada ahora en una especie de Babel del ocio, en una Arcadia sin sencillez donde los adictos al papel cuché miran por encima de enormes gafas de sol. Desde allí fluye la Via Vittorio Emanuelle III seguida de Via Camerelle, los lugares donde las grandes firmas del lujo se dan codazos para plantar su logo. Algunos de los magnates de esos imperios del lujo han sucumbido a la calma de la isla y han remodelado casita, es el caso de Diego della Valle. Dejando atrás el Hotel Quisisana, ese lugar donde se da cobijo a la profusión, se camina tras los pasos de Neruda que encontró en la isla inspiración y a Matilde Urrutia, su última musa y esposa, aquella a la que la poesía del chileno dio forma en La pasajera de Capri, la anónima mujer con sabor a una flor que conocía. En Punta Tragara las letras de su poema Cabellera de Capri han cincelado una piedra para recordarnos como fue su tiempo en la isla: «Capri reina de roca,/ en tu vestido/ color amaranto y azucena/ viví desarrollando/ la dicha y el dolor...». Intentando saber un poco más sobre la isla llega a mis manos la novela Capri de Alberto Savinio y a mis oídos el preludio Las colinas de Anacapri de Debussy. La descripción que hizo Savinio de la isla en 1926 no sólo sigue vigente sino que es, probablemente, la que más justicia le hace. En cuanto a la música, me suena a la improvisación de aquellos pianistas que marcaban el ritmo en las películas del cine mudo y que intentaban alojar el suspense entre el público. En el momento en que se cruzan las letras con el monótono sí mayor, Savinio cuenta: «…llegan a mi oído las notas perladas de un preludio de Debussy. ¡Qué música de cementerio!,¡qué música de pequeños ahogados flotando, hinchados, sobre un mar putrefacto!». Perdónenme los adeptos al compositor que dormía a los faunos, pero consiguió que el libro se escurriera entre mis dedos. El desayuno servido en la terraza de la habitación del Hotel Punta Tragara me concede la mejor vista del icono de Capri, los farallones. El hotel en el que metió mano Le Corbusier sirvió de cuartel general de Eisenhower y Churchill.
Contemplando las pétreas formaciones, convertidas en marca de Capri, se aprecia como el gran escultor, ese tiempo al que se refería Yourcenar, ha ido cincelando las protuberancias marinas más reconocidas del Mediterráneo.

ANACAPRI, EL ÁLTER EGO

La vida fluye a otro ritmo en Anacapri. Sin llegar a lo flemático de Debussy, las imágenes parecen creadas al gusto de Kar-wai, donde las mujeres lucen vestidos con la misma sutileza mostrada por la que deseaba amar. Anacapri no tiene nada que envidiar a la vecina y quizás Capri mire con cierta envidia la menor afluencia de la troupe en chanclas con el preceptivo calcetín blanco.
Buscando su templo griego inundado de luz por todas partes, Axel Munthe imaginó Villa San Michele. A la entrada me reciben dos Post-It de teselas, el que advierte Cave canem y el que recuerda Memento mori. En el haber de este sueco polifacético queda La historia de San Michele y un refinado gusto a la hora de coleccionar arte. Efigies egipcias, antigüedades romanas, arte etrusco y alguna que otra reproducción, como el Amorcillo abrazando a un delfín, copia de aquel de Verrocchio en el Palazzo Vecchio de Florencia, conforman la artística plétora. De la necrológica se encargó Indro Montanelli, destacando en el titular que Axel Munthe murió con un pasaje para Capri en el bolsillo. El propio Montanelli diría de La historia de San Michelle que en sus páginas se escondía el secreto de la literatura, aunque dada la magnitud de ilustres visitantes ese secreto debe estar escondido en la isla. La lista, que semeja letanía, nos cuenta que de la A a la Z allí estuvo toda la pléyade literaria; Andersen, Cerio, Conrad, Greene, Lawrence, Moravia, Neruda, Rilke, Shelley, Wilde, Yourcenar, Zweig… Algunos nunca quisieron irse. De hecho, hasta hace poco, Marguerite Yourcenar seguía recibiendo correspondencia en la casa que habitó en Via Matermania.
Desde Anacapri se puede acceder a la Gruta Azul, aunque es mejor el acceso por mar. Ante la entrada, feroces Carontes esperan a la muchedumbre que, óbolo en mano, espera a ser conducida al Hades. Lo único que estropea el interior de ese Elíseo azul es la insistencia de los barqueros por berrear el O Sole mio. Lo que queda claro es que sea por Cerbero, sea por Caronte, nadie entrará gratis ni aún vagando cien años.
Los lujosos hoteles del vecino de enfrente encuentran respuesta en el Capri Palace. Su concepto Beauty farm convierten su spa en uno de los más innovadores de Europa.
A la hora de regresar me ocurre lo que a los lotófagos de Somerset Maugham. Pero en mi caso no es la ingesta de loto alucinógeno lo que me hace perder el deseo de volver a casa, sino una droga azul. Zafiro en la Grotta Azzurra y el cobalto de ese mar unido al celeste cielo por las escaleras que construyera Krupp, el magnate del acero.
Cantaba con cierta pena Hervé Vilard, al no poder volver a la isla con su amada, que Capri c´est fini. Lejos de haberse acabado, ahí seguirá Capri. Esperando a visitantes a la altura de su mito.

DATOS PRÁCTICOS

CÓMO LLEGAR

Clickair tiene vuelos de Barcelona a Nápoles desde 35 euros por trayecto.
Más información en www.clickair.com

DESDE NÁPOLES A CAPRI

Desde el muelle Beverello en Nápoles hay salidas a Capri.
Las principales compañías son Caremar y SNAV. Más información y horarios:
CAREMAR - www.caremar.it
SNAV - www.snav.it

La empresa SAM ofrece el traslado a la isla en helicóptero. Más información en www.capri-helicopters.com

DÓNDE DORMIR

Muchos hoteles de Capri cierran sus puertas durante el invierno, por lo que conviene consultar las fechas de apertura de cada establecimiento. La mayoría de la oferta hotelera es de alta categoría.

HOTEL QUISISANA - Via Camerelle, 2 (Capri) - TEL. +39 081 8370788
www.quisisana.com

HOTEL PUNTA TRAGARA - Via Tragara, 57 (Capri) - TEL. +39 081 8370844
www.hoteltragara.com

HOTEL CAPRI PALACE - Via Capodimonte, 2b (Anacapri)
TEL. +39 081 9780111 - www.capripalace.com


DÓNDE COMER

L´OLIVO - Via Capodimonte, 2 (Anacapri) - TEL. +39 081 9780111
www.capripalace.com

DA PAOLINO - Via Palazzo a Mare, 11 (Marina Grande) - TEL. +39 081 8376102
www.caprinet.it

RENDEZ-VOUS - Via Camerelle, 2 (Capri) - TEL. +39 081 8370788
www.quisisana.com

MÁS INFORMACIÓN

Oficina de Turismo de Italia
Gran Vía, 84
28013 Madrid
TEL. 91 559 97 50
www.enit.it

La página web de Turismo de Capri contiene completa información sobre la isla.

www.capritourism.com

Más fotos de Capri:

http://www.rafaperez.com/ITALIA/CAPRIindex.html

miércoles 4 de febrero de 2009

VIENA FUERA DE CARTA


El imperialismo y la época de Sissí son las primeras cosas que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en Viena. Pero, recurriendo al tópico, Sissí es ese árbol que no deja ver el bosque. Frente a la ciudad de rancio abolengo hay propuestas que muestran una urbe fresca, con ganas. Para entendernos, se trata de preferir la Viena que finaliza aplaudiendo al compás de la Marcha Radetzky a la que comienza cariacontecida la audición del Concierto de Año Nuevo.

En mi primer viaje a Viena tras visitar sus palacios, un buen puñado de iglesias y la Ópera surgió la pregunta. ¿Y ya está? No podía ser, esa no era la ciudad efervescente y ávida de cultura de finales del XIX y principios del XX. Algo tenían que haber heredado de la filosofía freudiana, del erotismo puesto en escena de Schnitzler o del desvelo de las emociones humanas de la cautivadora prosa de Stefan Zweig. Los trazos de la obra de Klimt, Schiele o Hundertwasser debían aparecer en otros lugares al margen de los museísticos. En mis sucesivas visitas a Viena dediqué mi tiempo a buscar cualquier indicio de aquello. Para empezar, sólo tenía una fecha. No quería saber nada de la Viena anterior al 10 de septiembre de 1898, día en que Sissí fallecía en Ginebra. Sí, es verdad, alguno de los personajes citados desarrolló parte de su obra con anterioridad a esa fecha, pero alcanzaron la cualidad de eximios en la senectud, esa excelencia intelectual que sólo otorga el paso de los años. Menos en el caso de Schiele, la excepción que confirma la regla, pero su prematura muerte no nos privó de altas dosis de genialidad. Mi objetivo era trazar una suerte de ruta cronológica que me fuera acercando a la Viena de hoy, la hedonista, la que marca tendencias en lifestyle y se mueve con soltura entre las ciudades con mayor calidad de vida del mundo. Un recorrido que pretendía a su vez ubicar las idiosincrásicas huellas que legaron aquellos genios.

LA CONSTRUCCIÓN DEL XX

El paso del siglo XIX al XX y la rebeldía de un puñado de jóvenes frente al avance de la industrialización en Inglaterra dio lugar al Jugendstil. Derroche de imaginación que tuvo representación en diversos lugares de Europa bajo los nombres de Modernismo o Art Nouveau. Así fue destacando la sexualidad que emanaba de la pintura de Gustav Klimt, que pintaba señoritas de alta sociedad pero buscaba musas por arrabales y prostíbulos, la arquitectura de Otto Wagner y su evolución del sobrio clasicismo a la arquitectura moderna que imponía la época, donde como cuenta en su libro «nuevas tareas y perspectivas humanas exigían un cambio o reconstitución de formas preexistentes» o las teorías y arquitectura de Josef Hoffmann, fundador del Taller de Viena, del movimiento de la Sezession y precursor del modernismo. En contraposición a los chicos de la Sezession, encontramos el racionalismo de Adolf Loos. Fuera las flores, todo ornamento le resulta superfluo y busca la perfección, la pureza en las líneas exteriores. Cual no sería su rivalidad con el estilo de los Wagner, Klimt y compañía que tituló uno de sus artículos de opinión «Ornamento y delito».
Tras encontrarme con lo mejor de unos y otros exponentes del inicio del siglo XX, toca un salto en el calendario para reconocer la Viena que Stefan Zweig plasmó en sus libros. Unas veces mencionada directamente y otras por intuición, la ciudad austriaca es el fondo de muchos de sus relatos y tiene un lugar destacado en El mundo de ayer, sus memorias. Los barrios estudiantiles, los libreros de viejo como el entrañable Mendel, el primaveral paseo de la prostituta Lise por el parque del Prater, los edificios que desearían tener una habitación donde una desconocida escriba su carta y cafés como el Gluck, todos forman parte de la literatura del escritor al que le asustó el mundo y no pudo soportarlo. Todos los lugares, sin excepción, siguen en Viena. Buscando ese café Gluck doy una y otra vez con mis huesos en el Café Hawelka. Da igual hacia dónde vaya, de dónde venga, pero cada vez que visito Viena acabo sentado en una de las mesas del Hawelka. Y como siempre (deseo que todavía,) el señor Leopold sigue sentado en su mesa, donde siempre lo encuentro desde hace una docena de años, aunque me consta que él lleva allí muchos más. Esta vez sólo cambia su semblante, la mirada perdida hacia el lugar donde se encuentra la compañera de su vida. Lamentablemente, Josefine ya no saluda a los clientes uno por uno al llegar la noche y relevar a su marido. Sí saluda Leopold. El ritual no por mil veces visto deja de ser entrañable. Se le acerca algún muchacho con fotográficas intenciones, el señor Hawelka arrima la bandeja con su perenne vaso de agua y sonríe. He aprendido a disfrutar de la soledad en este lugar que parece escuela de lobos esteparios. Parte de mis sueños viajeros se han gestado allí, bajo el entramado del techo y su característico tono conferido por el humo de miles de cigarrillos, humo al que sólo allí consigo acostumbrarme. Todo el que quiso ser algún día, el que fue, el que es, ha pasado por el Hawelka. Y lo seguirán haciendo.
Uno de los hijos se acerca a Leopold para besarle. Le admira. Mientras, el padre ríe, cómplice, pensando quizá que es un pesado, pero en el fondo encantado de que la gente le devuelva una parte del cariño que él lleva dando gratis, como el segundo vaso de agua, toda la vida. Mientras, otro cliente pide un buchteln, ese bollo esponjoso del que el argot ha tomado prestado el nombre para significar algo falso, carente de consistencia.

LA DESTRUCCIÓN DEL XX

En 1949, se cumple por lo tanto el sexagésimo aniversario, se rodó en una Viena de posguerra la que es probablemente la mejor película del cine británico. El tercer hombre, de Carol Reed, deja en el haber del espectador algunas de las imágenes y diálogos más conocidos de la historia del cine. La cítara de Anton Karas todavía resuena en la memoria colectiva y, milagro de las nuevas tecnologías, como señal de llamada en mi móvil. Una ruta recorre los lugares claves de la película. Es posible recorrer la Viena del subsuelo en un corto paseo por las alcantarillas o plantarse ante la noria para recordar aquella mítica frase que Harry Lime le dice a Holly Martins: «En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz. ¿Y que tenemos? El reloj de cuco». Welles se arrepentiría a posteriori de la frase, improvisada durante el rodaje, al conocer el origen alemán del reloj de cuco. La ruta también permite llegar al portal donde se rodó la aparición más famosa de la historia del cine o ir tras los pasos de Alida Valli en el cementerio, donde su paseo final hizo del despecho belleza. A la pregunta sin formular, unos ojos y ese eterno pasar de largo por respuesta. El museo que el coleccionista Gerhard Strassgschwandtner ha dedicado a la película le rinde merecido homenaje. En su interior podemos ver la cítara original, carteles del estreno y un amplio surtido de recuerdos para satisfacer al más fetichista.

LA ECLOSIÓN DEL XXI

De modo inevitable nos plantamos en la Viena actual, que propone mucho y muy bueno. ¿Herencia del febril movimiento cultural mencionado? Quiero pensar que sí. El enlace del Modernismo a la salvaje vanguardia de los años sesenta necesitaba de un eslabón en la época actual que comienza a forjarse en la década final del pasado siglo. Polémicos proyectos, siempre los son cuando se habla de arquitectura moderna, colocan a Viena en la cabeza del monstruo cultural generado en Europa tras la caída del muro. El proyecto de viviendas Fábrica de ataúdes, la deconstrucción de los tanques del gasómetro para convertirlos en centro comercial y apartamentos o el Barrio de los Museos son algunos de los ejemplos que han situado de nuevo a Viena en los manuales de arquitectura de todo el mundo. Y luego está la loable utilización de estos espacios. Sirva de ejemplo el empeño de acercar la cultura a los niños en el Museo Zoom, donde están convencidos de que en la buena base educativa reside la clave para que podamos seguir hablando de Viena y la cultura en el futuro. Y para asociar definitivamente la palabra diseño al nombre de Viena la ciudad cuenta con semanas, foros, museos y palacios dedicados al diseño y a la moda.

PLACER POR VÍA EPICURAL (sic)

Fuera de esa carta de Schnitzel y Tarta Sacher la ciudad propone un apetecible puñado de sugerencias. En el Naschmarkt ya se pueden vender productos más allá de los llegados en carro, condición con la que se abrió el mercado en el siglo XVI. Comida oriental, vinagres que compra Ferran Adriá, restaurantes con música electrónica en vivo y esos puestos de fruta que semejan uno de esos retos del dominó, donde si tocas una sola pieza todas las demás se vendrán abajo. En definitiva, uno de esos lugares donde se sacia antes la vista que el estómago y en el que los Lohas, el acrónimo inglés que define una forma de vida preocupada por la salud, la sostenibilidad y el placer por igual, encuentran su sitio. La diversidad cultural reflejada en los puestos del Naschmarkt no es sino introducción a la que encontramos por el resto de la ciudad y la creatividad se expresa en todos los ámbitos y adopta múltiples formas. De chocolate con Pimiento de Espelette en Schokov, de mueble ornamental en Das möble, de original souvenir en wieWien o de curiosas recetas en la librería Babette´s, especializada en libros de cocina y donde cada día se cocina un menú extraído de los libros que allí se venden. La apuesta que la ciudad ha hecho por los vinos de calidad no tiene marcha atrás. Como en otras regiones vitícolas tuvo que ser el relevo generacional dando paso al enfant terrible el que creyera firmemente en las posibilidades de su vino. El grupo WienWein ha tomado como referencia el Gemischte Satz servido en los Heurigen y que llega a mezclar más de una decena de tipos de uva, para dar un nuevo impulso al panorama vitivinícola de la ciudad. Su trabajo ha servido para colocar al vino, no al consumidor, entre la lista de los productos Slow food. Sirva el vino para maridar todos esos platos que Viena ofrece fuera de carta. Con semejante oferta, ¿quién quiere quedarse con un simple menú?


DATOS PRÁCTICOS

CÓMO LLEGAR

SKYEUROPE tiene vuelos directos desde Barcelona a Viena.
Más información en www.skyeurope.com
IBERIA vuela desde Madrid a Viena.
Más información en www.iberia.com

DÓNDE DORMIR

THE LEVANTE PARLIAMENT - Auerspergstrasse 9 - www.thelevante.com
Hotel de diseño con el blanco como color predominante. Muy cerca del Barrio de los Museos.
RATHAUS WEIN & DESIGN - Lange Gasse 13 - www.hotel-rathaus-wien.at
En este hotel todo gira en torno al vino. Cada una de sus habitaciones está dedicada a un viticultor austriaco.

DÓNDE COMER

WEINGUT & HEURIGEN CHRIST - Amtsstrasse 10-14 (Viena-Jedlersdorf )
www.weingut-christ.at
Heurigen en las afueras de la ciudad gestionado por Rainer Christ, uno de los fundadores del grupo WeinWien, responsables del auge de los vinos vieneses.
BABETTE´S - Schleifmühlgasse 17 - www.babettes.at
Librería especializada en cocina donde cada día se prepara un menú en base a las recetas de alguno de los libros de las estanterías.
DIE HALLE - Museumplatz (Barrio de los Museos) - www.diehalle.at
Creativos, estudiantes y artistas del teatro son algunos de los clientes de este restaurante ubicado junto a la entrada de la Kunsthalle.

DE COMPRAS
La apuesta por la creatividad y el diseño que ha hecho Viena da como resultado un buen número de curiosas tiendas que dejaran satisfecho a los más exigentes. Algunas buenas direcciones:

SCHOKOV - Siebensterngasse 20 - www.schokov.com
Chocolatería en el Barrio de Spittelberg con variedades tan atractivas como la de algas, Pimiento de Espelette, sal marina o patata.
WIEWIEN - Kettenbrückengasse 5 - www.wieWien.at
Por fin una tienda que dota al souvenir de gusto.
LOMOGRAPHY SHOP - Museumplatz (Barrio de los Museos)
www.lomography.com
Tienda para los fanáticos del movimiento Lomo.
GEGENBAUER - Waldgasse 3 (Naschmarkt) - www.gegenbauer.at
Sus vinagres causan furor entre los máximos exponentes de la alta gastronomía, Ferran Adriá incluido.

MÁS INFORMACIÓN

Oficina Nacional Austriaca del Turismo
www.austria.info/es
TEL. 902 999 432
[email protected]

La página web de la Oficina de Turismo de Viena tiene completa información en español sobre la ciudad.
www.vienna.info