Si algo he aprendido desde la primera vez que tuve una cámara en las manos ha sido a no ser conformista. También a saber cuando tengo la foto, sin necesidad de mirar al visor igual que hacía en los viejos tiempos. Es el momento de darse la vuelta con esa media sonrisa del que sabe que ha atrapado un momento. Lo ilustro con dos ejemplos. Había viajado a Düsseldorf con un encargo para el suplemento Fuera de Serie. Uno de los puntos obligados para incluir en el reportaje era la torre en la Burgplatz, junto al Rin. Las fotos hechas por la mañana, a primera hora, no me funcionaban. Necesitaba volver por la tarde cuando hubiera un poco de acción. La primera imagen del artista callejero con las pompas de jabón fue de aproximación. En la segunda estaba más cerca pero no me acababa de convencer. Finalmente, la pompa de jabón envolviendo al niño me da la foto que necesito.
En el caso de la ciudad de Safi, buscando referencias españolas, me encontré con un grupo de niños jugando a las cartas. En este caso fui variando el ángulo de la escena y los protagonistas. La primera foto vuelve a ser de aproximación, la foto necesaria para ir introduciéndome en la escena. Buscaba el momento en que el más travieso de ellos entrara en cuadro. Los cruces de mirada bastaron para provocar su aparición y que me encontrara con la imagen final, la última que hice, donde todo cuadra.


