Voy a tratar de argumentaros la solución al 2º ejercicio de edición gráfica. Como os comentaba en la entrada con la propuesta, el reportaje se hizo durante un taller de edición con Alex Webb. Tras discutir sobre fotografía durante cinco días, los dos coincidimos en las fotografías que debían formar parte de la selección final, que son las 20 fotos que mostraba. Ahora bien, llegado el punto de hacer la edición definitiva y ordenar las fotos para que la música sonara, mi propuesta difería de la que Alex Webb planteaba. Yo os dejo la selección que él hizo y los argumentos que dio. Al final he añadido alguna foto más que me funcionaría en una selección un poco más amplia.
Para la primera foto había que escoger una imagen que presentara la playa. Creo que la que mejor lo hace es la nº10. A partir de aquí nos metemos de lleno en uno de los grupos para conocer el tipo de gente que frecuenta La Caleta (foto nº14). A continuación, la acción de la niña corriendo (foto nº5) nos saca del grupo y nos lleva a otros lugares de la playa.
Empezamos con esos elementos comunes que nos llevan a una transición suave de una foto a otra. Con las fotos 19 y 13 tenemos la pelota roja y mostramos una de las principales actividades de los chavales en la playa: realizar espectaculares piruetas.
Ahora vamos con el tono pastel de una pared en la que se desarrollan muchas acciones. Fotos 15, 20 y 17. Además de el color, tenemos en las dos de abajo una diagonal común y juego de luces y sombras.
Ha llegado el momento de romper con la amabilidad y para eso escogemos la foto del chico con el perro tatuado (foto nº1) que de paso nos introduce en otro de los temas de la playa: la gente que acude con sus perros a pasear por los alrededores de La Caleta (foto nº6). También podríamos continuar con la 11 pero quedamos en dejar doce fotos en la selección final. Si hubiera más espacio, en el taller se hablaba de la maquetación de un libro o de un proyecto para presentar a un editor como la situación ideal, tendríamos una selección más amplia.
El tema se cerraba con la foto de los niños jugando en la fuente (foto nº7) y una imagen en la que aparecía la propia fuente (foto nº3).
El hecho de la argumentación de la edición gráfica, más allá de elucubraciones son elementos que establecen un ritmo en la lectura, un saber que algo está funcionando. O como decía Alex Webb el conseguir que un editor gráfico (gente muy ocupada) te pueda comprar un tema con tan sólo echar un vistazo.
Yo mismo he vuelto a hacer este ejercicio y la selección me sale igual, pero la ampliaría un poco. Tras la foto de la niña corriendo me surge la pregunta: ¿Dónde van los niños cuando corren en la playa? La respuesta es obvia, van al agua. Por lo tanto meto después de la foto nº5 la nº8.
Y al final cierro con la imagen de los gemelos tocando la guitarra y en la bici (foto nº12), como despedida de la playa y la divertida imagen del chico poniéndose la camiseta al lado del anuncio de la chica en ropa interior (foto nº9). La escena al anochecer me cierra un intenso día de playa.
Hasta el próximo lunes tenéis tiempo de hacer el ejercicio de edición gráfica. Mientras, os dejo un extracto de un artículo que hice para el suplemento Viajes de El Mundo. León es una de las ciudades en las que siempre me he encontrado a gusto, uno de esos lugares sin el suficiente tamaño para la autodestrucción.León es noble y bella como sólo las ciudades de largos inviernos pueden serlo. Su historia está ligada a una época en la que un sonoro nombre era requisito indispensable para reinar. Entre Ordoño, Ramiro o Sancho y mujeres precedidas de un Doña de solemnidad como Berenguela y Urraca, forjaron el dicho de que León tuvo reyes antes que Castilla leyes.
Asomado a la ventana de San Marcos veo el río Bernesga fluir bajo el puente romano. A la plaza van llegando peregrinos que hoy en día han sustituido fe, capa y sandalias por reto, impermeable y un par de buenas botas. Lo que no ha cambiado es el ritual de visitas a la ciudad y de cura de ampollas en el albergue.Nadie conoce los entresijos de San Marcos como Salustiano, el conserje, hombre sabio y apasionado de unas tareas que viene desempeñando desde hace más de cuarenta años. De su boca salen palabras como románico, gótico o plateresco, pero también literarias frases: «Vestigios que detienen el tiempo como polvo amohecido de buhardilla». San Marcos ya no es el lugar más frío de España como dijera Quevedo. El irreverente poeta fue enviado allí en una época en la que molestar al conde-duque de Olivares se pagaba, como poco, con la cárcel. Quevedo tuvo claro que no saldría bien parado de su cautiverio: «Ya no es vida la mía sino prolijidad de la muerte» o «Vivo en conversación con los difuntos y escucho por los ojos a los muertos» son algunas de las frases que nos dejó escritas. Creo ver un cierto deje de nostalgia, de tempus fugit, cuando el conserje me cuenta que en los bajos de San Marcos estuvo La Galaxia, la mejor sala de fiestas de León hasta que abrió Tropicana.Si la fotografía es capaz de congelar un instante, los monumentos de la ciudad han detenido épocas enteras. El románico, el gótico o el plateresco se comprenden mucho mejor al traspasar las puertas de esos libros de piedra, ahorrándonos la lectura de cientos de páginas de todos esos delicuescentes tomos que cuentan historias de catedrales.
Los alrededores de la catedral tienen el aire de las intrigas y misterios de la época regia. En la calle de las Cien Doncellas, junto al Hospital de Nuestra Señora de Regla, se intuye el ruido de espadas de aquellos duelos de honor que se celebraban entre las brumas del alba.
Después de visitar Santa María, la iglesia de la Real Colegiata de San Isidoro sabe a poco, pero para compensar están el museo y el Panteón Real. La anécdota la encuentro en el arca labrada en plata de las reliquias del santo. En uno de los laterales aparece la representación de Adán y Eva con la curiosidad de que tienen ombligo. La guía del Panteón Real cuenta la historia del lugar dictando la lección a los visitantes: la capilla fue mandada construir por Fernando I y es la prolongación hacia occidente de la iglesia. En el panteón, que nunca ha sido restaurado, están enterrados reyes del viejo reino de León. Tras el expolio sufrido en 1808, por parte de los soldados de Napoleón, hubo que recurrir a los códigos genéticos para devolver los huesos a sus tumbas. Sólo interrumpe su discurso para decir:
- Señora, no se siente ahí por favor, que esa es la tumba de Doña María.A León le suelen sobrar motivos para ponerse la ciudad por montera y salir a celebrar a la calle. Durante la Semana Santa, al margen de las celebraciones oficiales, se rinde culto a un famosillo dipsómano que acabó sus días bajo el primer camión de la basura que tuvo la ciudad. El entierro de Genarín recorre en etílica procesión las calles del barrio Húmedo, uno de esos lugares donde las calles saben a amistad y promesas de una última copa que nunca lo es. Entre callejones con nombres de viejos oficios llegan olores de pincho de morcilla, de encuentros, de miradas furtivas y de algún que otro buen abrigo a la salida de misa que se pasea entre los gestos de eternos aspirantes a un doctorado en nihilismo y sonrisas de anuncio de cerveza en época estival. El barrio es esencia del bendito arte del tapeo, donde hasta el café del desayuno viene acompañado. Arte que se extiende, como un contagio, por el León romántico o por la cercana Plaza del Grano, ensabanada de piedras que marcan el paso de los peregrinos que entran en el albergue. Sentado en una terraza escucho el tañido de las campanas de Santa María del Camino, punto obligado en la ruta jacobea. La suave brisa mece las hojas de los árboles. Me gusta, me quedo. Otro vino, por favor.
Aún queda mucho. Un León de pasiones y odios familiares entre los Guzmanes y los Quiñones, otro en la discreta elegancia de la calla Ancha, el de la imaginación de Gaudí y la Casa Botines en una de sus pocas salidas arquitectónicas de Cataluña, el de la Plaza Mayor con sus guiños castellanos, las terrazas y su amable abolengo; un León que le dice a los califas musulmanes que las doncellas son suyas echando a la calle a las Cantaderas durante las fiestas de San Froilán. Mis despedidas de León son siempre de atribulada melancolía. De una ciudad a la que te unes sentimentalmente nunca te acabas de ir y cada vez que la visito se queda un trocito de mí entre sus piedras.
Tras el interés demostrado tanto en mi anterior entrada sobre el tema como en la reciente de Paco Elvira, vuelvo a plantear un ejercicio de edición gráfica. Las fotografías corresponden a un reportaje de la playa de La Caleta, en Cádiz. Una de las playas más populares, con más sabor a barrio del litoral mediterráneo.
Son 20 fotografías y, como en la anterior ocasión, es sencillo: nos quedamos con las 12 que mejor funcionen y las ordenamos.
Para el ejercicio hay dos noticias, como en los chistes, una buena y una mala. La buena es que os dejo algunas pistas que os pueden ayudar:
-Para la primera foto vamos a escoger una imagen que presente la playa.
-Recordar hacer buen uso de las transiciones, para que un objeto, un color dominante, una línea nos lleve a la siguiente.
-Vamos a intentar que se note el sabor de barrio y a presentar la playa como un espacio lúdico donde la gente deja atrás su rutina diaria. La playa como vía de escape.
La noticia mala es que el listón está muy alto. La solución a este ejercicio la dio Alex Webb. Las fotos están hechas durante el taller que impartió en Cádiz sobre edición gráfica y al que tuve oportunidad de asistir.
Para no hacer la entrada muy larga, las he agrupado en 4 fotos por hoja. Podéis hacer click para verlas más grandes e incluso tenéis mi bendición para que las descarguéis con el exclusivo uso de facilitar su visionado para el ejercicio.


El pasado viernes estuve acreditado en la III Regata Puig de Vela Clásica Barcelona.
En años anteriores había tenido la oportunidad de fotografiar la MedCup 2009 en Alicante. Las maniobras de los Fórmula 1 del mar eran espectaculares. En cada giro en las boyas parecía que iban a volcar y era el contrapeso ofrecido por una tripulación que pasaba por la báscula de las reglas lo único que mantenía a la embarcación en su sitio. También fue muy espectacular ver la final de la Copa América entre el Alinghi y el Emirates Team New Zealand en el año 2007. Había publicado algunos reportajes sobre Ginebra y la oficina de turismo me invitó a ver la final en el barco perseguidor. Pero lo del viernes fue diferente. La fragilidad aparente de los barcos de época hace que la navegación sea mucho menos agresiva y más de cara al lucimiento de los materiales nobles que visten los veleros. El xaloc que soplaba traía aromas de inversiones, de herencias, de dinero en definitiva. Si el mantenimiento de un barco es caro, el de estas joyas de la tradición debe ser proporcional al año de construcción. Alguno de los barcos ronda el siglo de navegación, de una época en que los veleros no cortaban el mar sino volaban…
Con la llegada del calor siempre apetece un rico y refrescante helado. Volvemos a escuchar el grito de "al rico helado, señora" o nos comemos uno en casa como lo hacíamos cuando eramos niños: nuestra madre decía que no mordiéramos el cono por abajo y era lo primero que hacíamos al quitarle el papel. Helados de nuestra infancia con forma de pie, fríos como Drácula y obscenos como el Calipo. Helados que según fuimos creciendo necesitaban de un nombre extranjero y una tarrina grande para satisfacer a nuestro yo más sibarita. Aunque siempre se encuentra el momento de volver al clásico corte de Contesa tras el menú de ensalada y paella. Si hacemos memoria, nuestras vidas, nuestros veranos, están llenos de helados.
Durante años ha habido todo tipo de conjeturas, de teorías conspirativas. Hasta ahora había guardado silencio, pero creo que ha llegado el momento de que una fotografía venga a decir lo que muchos saben pero no pueden demostrar: Elvis vive. El día de su funeral, mientras todos lloraban su muerte, Elvis se escapó del coche fúnebre y hoy se dedica a hacer imitaciones de sí mismo visto el filón de las bodas en Las Vegas.
El viaje a Islandia toca a su fin. Esta noche, tras veinte minutos menos de vuelo que a la ida porque hace bajada, aterrizaré en Barcelona. El parte meteorológico ya lo conocéis. Tras los dos primeros días de sol a intervalos, llovió, hizo viento y hubo niebla durante diez días con apenas unos minutos de sol en total y los dos últimos ha habido una tarde y una mañana de sol, la de ayer en Reykjavík. Ahora vuelve a llover. Pero como positivo por naturaleza, vamos con el sol.

La capital de Islandia nada tiene que ver con el resto del país. El 70 % de los habitantes de Islandia se concentra en una ciudad de carácter alegre. Al mínimo rayo de sol se convierten en usurpadores de lo mediterráneo y se lanzan a ocupar plaza en esos altares del hedonismo que son las terrazas. Ese toque mediterráneo también se deja ver en la picaresca de la mercadotecnia: venden aire de Islandia enlatado a la nada desdeñable cantidad de 7 euros y también ceniza del volcán para contribuir, dicen, a las tareas de limpieza de las granjas.
Caminando por las calles de Reykjavík he podido comprobar la querencia de los habitantes por sus mascotas, como mecen a los niños para dormirlos o que Europa entera está con la Roja.
En una de las entradas anteriores sobre Islandia os dije que no iba a abundar en nombres impronunciables sino en cruces en un mapa. Pero no he podido resistirme a dejaros este ejercicio de dicción con el nombre del volcán.
Islandia tiene alma de agua y corazón de fuego. El fuego se deja notar de tanto en tanto, aunque se advierte, se refleja en el punto salvaje de su belleza. El agua sin embargo es omnipresente, siempre te acompaña. En estado sólido, líquido y gaseoso. Durante los últimos días la he encontrado en glaciares, ríos y en el vapor de las piscinas termales. Pero sobre todo la he tenido sobre mí. Ha llovido a intervalos durante los últimos nueve días, con un mínima tregua ayer por la tarde. Pero he seguido aprendiendo cosas. Como que estar encima de una roca en la playa no te libra de una buena mojadura, que hay caballos fans de los Sex Pistols y que las señales de tráfico te señalan los principales puntos de interés geográfico.


En mi vuelta a la isla conocí un mar, en Reynisdrangar, que asustaría incluso a los aguerridos remeros santanderinos, he estado en lugares en los que a uno le gustaría ser un poco bohemio para dejar de depender de los ingresos e irse a refugiar a una casita para pintar o escribir, que lo de la fotografía es una ruina. Casitas con esos buzones a pie de carretera que esperan a su cartero con café, pastas y aguinaldo en época navideña. He comprobado los efectos del poder de sugestión: tras el ataque de miles, millones de moscas, un largo trago de zumo de naranja y vuelta a conducir, Ainhoa sueña que los insectos gobiernan el mundo pero que ella coge el planeta Marte, lo exprime y acaba con ellos.
Conduciendo por el sur de la isla, la carretera nº1 pasa en suave transición de feliz Arcadia con prados verdes y cascadas al averno de Vatnajökull y el lago Jökulsarlon, donde enormes bloques de hielo van a morir tras millones de años de existencia. Una lenta muerte de meses, quizá semanas, sólo acelerada por energúmenos que tiran piedras más grandes que su cabeza para tratar de hundir a su particular Titanic. La radio en Islandia merece capítulo aparte. Las pocas veces que se sintoniza lo hace con mala intención. Cuando más llovía, suena What a beautiful day de U2. ¿Qué sabrá un irlandés cantado en Islandia sobre días bonitos? Menos mal que luego llega el tema Umbrella, el de Rihana pero en su genial versión por parte del grupo The Baseballs. Al final, una sonrisa con el último tema: suena la versión islandesa del ¿Qué será, será?
Para la entrada de hoy, fotos un poco más curiosas. Los paisajes para otro día.