Echo mano del diccionario de la RAE para encontrar nueve acepciones de la palabra flamenco. Entre aves, bailes e insolentes encuentro lo que busco: Natural de Flandes. Esa es la que me interesa. Allá vamos.
Podría decir que la primera vez que visité Flandes era apenas un imberbe que, sediento de mundo, se subió a un tren para recorrer Europa en un mes. Hoy, mi barba no tiene más de tres pelos pero tengo por certeza que a Flandes había empezado a viajar mucho antes.
Mi primer acercamiento vino a través de los ladridos de Patrás, el perro de Flandes, y el niño al que le gustaba Rubens. Dichosas tardes de pan con Nocilla y excusas para los deberes. Luego, entre el rosa-rosae de la primera declinación y la tabla periódica de elementos aparecieron los libros de Historia del instituto. Con ellos llegarían Felipe II, el IV, el duque de Alba, el conde-duque de Olivares y el ruido de tizonas y arcabuces de los que pagaron el pato expansionista de aquella España en la que no se ponía el sol: los tercios. Tuvieron que pasar varios siglos para que Flandes, ya Bélgica, se tomara la revancha ganando a los tercios en los cuartos de final del Mundial de México’86.
Mi sed viajera y una pizca de curiosidad me llevarían hasta los flamencos (los pintores) del Prado y mi sed lectora de nuevo a los tercios entre las páginas de Alatriste, un capitán que no era tal, resucitado por Pérez-Reverte. Un tiempo después, documentando un tema de Delibes, vino El hereje con Cipriano Salcedo para trasladarme, después de cruzar el puente Mayor de Valladolid cargado de lanas, hasta la lejana Flandes. Tras los antecedentes los hechos. De nuevo tuve la oportunidad de viajar a Flandes: Brujas y Gante iban a ser las ciudades escogidas, así que cambié el morrión por una de esa gorras patrocinadas y el jubón por la chaqueta tejana, para lanzarme a la conquista.
Haciendo un somero repaso, podríamos decir que Brujas se hizo rica gracias al asunto de la lana y, más tarde, bajo el auspicio de la Liga Hanseática cuando su salida al mar se fue cerrando no quedando más que un canal. Hasta que llegaron los franceses a Flandes para poner todo patas arriba. Una vez llamados estos a maitines y desprovistos de sus espuelas, la ciudad continuó con su expansión económica hasta que los sedimentos le cerraron definitivamente el canal en el siglo XVI. La lana, el dinero, le llega ahora de haber sabido conservar la ciudad para mostrarla al mundo.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.
